"Yo siempre le digo a todos que soy tres veces peruano: nací en los andes, en Huánuco; me crie en la selva del Amazonas; y luego vine a la costa y me formé en Lima. ¿Cuántas personas pueden decir lo mismo? Lo peruano no me lo quita nadie". (Diario El Comercio. Entrevista de Diana Quiroz).
Son muchos los años que conozco a Oswaldo Sagástegui Córdova (Llata, 1936), un rotundo día, compré un boleto y enrumbé a México DF. (CDMX) Llegué cerca a las 4 de la mañana al Aeropuerto Internacional de la Ciudad; en un papel en forma de paleta de pintor, estaba escrito mi nombre y como sucede en las aglomeraciones, esa seña se desplazaba entre otras. Divisé un personaje, distinto a los de la muchedumbre, me acerqué, nos miramos, nos reconocimos y nos dimos un abrazo entrañable e imborrable, como si hubiera sido ayer. Desde esta distancia kilométrica, rodeado de una espesa selva, como la de su infancia, recuerdo esa amanecida. Oswaldo, como un joven artista trasnochador, llegó al aeropuerto a recibirme; caminamos como dos adolescentes que se reencuentran, buscamos su auto. Amanecía, me señalaba lugares y calles de la colosal ciudad, rodeando el diario Excélsior, el periódico de la vida nacional, donde había trabajado incognito de la pintura, por muchos años. En el trayecto me confesó que era la primera vez que un paisano suyo le visitaba; me hospedó en su casa, viajamos a Querétaro, a conocer a sus hijos, a sus amigos coleccionistas, su taller de alquimista dentro de un hogar de vida metódica, rodeado de complejas historias donde sólo él podía conducirte. Escuché a Oswaldo, trepados en el tejado, observando la ciudad construida sobre los restos de Tenochtitlan.

¡Madadayo, querido Oswaldo! (Foto: cortesía Iván Sagástegui).
Leyendo la sinopsis de la película Madadayo: “el título (que significa "Aún no" en español) es una alusión a una antigua leyenda japonesa mencionada en una escena sobre un anciano que se niega a morir. La historia es contada dentro de la película de la siguiente manera: cada año, en el cumpleaños del anciano, sus alumnos le ofrecen una fiesta en la que todos le preguntan: "Mada kai?" ("¿Estás listo?"). ¡Él responde bebiendo un gran vaso ceremonial de cerveza y gritando “Madadayo!" ("¡Aún no!"), Lo que implica que la muerte puede estar cerca, pero la vida todavía continúa. La película también cubre los eventos que ocurren entre estos cumpleaños, como su mudanza a una nueva casa, su adopción y posterior extravío de un gato querido, etc.” Viendo nuevamente esta obra maestra, la figura de Oswaldo Sagástegui, se posa entre los ojos y una sonrisa amplia y poderosa se dibuja en la alegría de mi cara, en la fortuna de saberlo cerca, de poder llamarlo, tenerlo para nosotros.

¡Madadayo, querido Oswaldo! (Foto: cortesía Iván Sagástegui).
Soy un hombre que ha tenido muchas vidas… Se puede escuchar este relato y llenarse de inquietantes preguntas, se medita un poco y se disipa la incertidumbre, uno dice: ¿este hombre se biloca, conoce los universos paralelos, es la reencarnación de alguna planta amazónica…? Sagástegui te sorprende, escucharlo es un viaje inter espacial; de un tiempo a uno tercero, de una religión, de otro estado, innombrables culturas, sucesos consecutivos en segundos; viajes sin comienzo ni retorno. El personaje es él: pintor, caricaturista, dibujante, reportero de guerra, contador de alucinantes travesías. Su vida es una carretera, con todas las características: a veces asfaltada y señalada, otras, una trocha iluminada por las estrellas. Un acaso, que cuando se está en su presencia, se hilvana, te abre su camino, encuentras el inicio; y si te alejas, todas sus presencias se transmutan en una de sus imágenes, en eso que Juan Acha (1916 – 1995) llamó: “hiperilusionismo”.

¡Madadayo, querido Oswaldo! (Foto: cortesía Iván Sagástegui).
Llegó a México con la idea de cumplir la invitación de su hermano Marino, talentoso artista de la caricatura, para los Juegos Olímpicos de 1968. Las matanzas de Tlatelolco y otros acontecimientos establecieron su destino en el diario Excélsior, el más famoso de la Ciudad Capital.
Una mañana nos perdimos entre los museos de Antropología y el Tamayo, entidades colosales de México lindo y querido, su otra patria, como tiene que ser con alguien como él, de muchos lugares, de todos los lugares, de todos quienes disfrutamos el contento de conocerlo. Oswaldo me contaba de sus dos fantásticos amigos artistas: José Luis Cuevas (1931 - 2017), artista neofigurativo que marcó una generación latinoamericana y peruana, sobre todo en la Escuela de Bellas Artes de Lima y, Manuel Felguerez (1928 - 2020) artista no figurativo, de volcánica obra.

¡Madadayo, querido Oswaldo! (Foto: cortesía Iván Sagástegui).
Oswaldo, respondiendo la entrevista de Diana Quiroz, para el diario El Comercio, refería: “yo me defino como pintor abstracto con mentalidad de pintor figurativo”. Como toda su vida, siempre ha sido lo que notamos de él, lo que se descubre en cada encuentro y aquello que está alejado. Como cada una de sus pinturas, universos donde la mirada se pierde entre la materia, la organicidad y el sortilegio de sus espacios. Sagástegui es un nombre de cuantiosas significaciones. ¡Madadayo, querido Oswaldo! (Pozuzo, agosto 2026).








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