El “sionismo” ha sido el germen que condujo a Israel a constituirse como nación capitalista. Este y otros conceptos fueron divulgados con mayor fuerza después del holocausto nazi; así que lo definiremos como una política “nacionalista” que busca crear una nación israelita, cuya idea estuvo siempre ligada a las ambiciones nacionalistas de ciertos imperialismos. Dentro del mismo pueblo judío, existieron y aún existen antisionistas, aunque el porcentaje —según los informes oficiales— se ha reducido desde que la ONU, el 29 de noviembre de 1947, decidió fragmentar Palestina para cederle un espacio a Israel, espacio que Gran Bretaña había prometido a la burguesía judía desde 1917 cuando invadió violentamente esas tierras, arrebatándoselas al Imperio Turco Otoromano. Obviamente, la ONU exigió el retiro de Inglaterra, otorgándole ventajas al imperialismo estadounidense. Desde entonces, el Estado de Israel no abandona sus intenciones de apoderarse de toda Palestina: Inició con mayor rigor en 1967 con la denominada “Guerra de los 6 días” que obligó a millares de árabes a abandonar sus tierras e implicó a Siria, quien buscó defender a Palestina como parte de la comunidad musulmana. No haremos aquí una crónica sobre la guerra árabe-israelí, debido a la brevedad que nos exige este espacio, pero trataremos de exponer cómo el fascismo ha resucitado en el Estado de Israel, aunque el verdadero artífice es USA.
Los resultados obtenidos de esta guerra son crisis económicas y humanitarias catastróficas; en Palestina, como señala Musalem, «la pobreza y desnutrición han aumentado de manera significativa». El pueblo judío también sufre, pese a que el Estado de Israel es considerado una de las vanguardias empresariales en cuanto a tecnología. Al muy estilo del fascismo de los años 30 y 40, el fascismo israelí conquistó a las masas judías argumentando conquistar una mejor vida o, irónicamente, jurando la tierra prometida, pero les han dado todo lo contrario. Esta demagogia, propia del fascismo clásico, les permitió romper con la resistencia de los judíos religiosos y socialistas de antaño. Hasta el 2018, según Pariona, la situación de pobreza iba en incremento y afectó al 20,4% de la población; el 30% de los niños vivían en la pobreza. Para el 2022 esa cifra había aumentado al 27,8% de la población; en el 2025 un 20,4% más caía en dicha pobreza, ya que se encontraba en el umbral; es decir, aproximadamente el 48,4% de la población judía fue catalogada como pobre a fines de ese año. Para inicios del 2026, cerca de 2 millones de judíos subsistían por debajo de la pobreza. En conclusión, presenciamos una lucha de clases interna en Israel sobre la cual repercute la lucha de clases a nivel internacional. Las acciones nefastas las ejecutan las clases capitalistas en sociedad con el imperialismo norteamericano para ampliar su mercado y garantizar el sometimiento del mundo árabe.
Los países golpeados salvajemente por la política fascista, instaurada en Israel, resiste ante una realidad que resulta estremecedora, pues el 66% de la población siria vive en extrema pobreza y, aproximadamente 14%, en la pobreza; 25% de la población enrostra una crisis de hambre y el desempleo ronda una tasa porcentual similar (25%). En Palestina, el desempleo asciende al 29,50% de la población; el 77% de los palestinos enfrenta inseguridad alimentaria y el 65% se encuentra en la pobreza. La deuda externa de ambos países se ha incrementado durante el conflicto —la de Siria oscila entre 20 mil y 30 mil millones de dólares; la de Palestina se calcula en 8 mil 991 millones de dólares— beneficiando a la economía de los grandes imperialistas, sobre todo al capital financiero de Estados Unidos de Norteamérica, imperio que sigue encabezando las entidades (Banco Mundial y ONU) a las que han solicitado los cuantiosos préstamos.
No existe en este suceso ninguna justificación para la agresión contra Palestina ni Siria. No puede utilizarse como excusa la persecución del grupo Hamás y liquidar a más de 2,200 civiles inocentes (2014). Israel llegó al 2024 con más de 44,000 muertes en su haber y Hamás es solo una sombra que, al parecer, fue armado por el propio Estados Unidos con otros fines. No estamos, entonces, frente a un ideal de las masas judías ni ante un internacionalismo de las clases oprimidas, sino ante el despliegue fascista del imperialismo que arrasa con toda soberanía, derechos y libertades, buscando afianzar su dominio sobre sus futuras colonias para ampliar las fronteras de su mercado.
Decimos fascismo, porque el proceder de Israel calza exactamente con las características del fascismo establecidas en la III Internacional: carácter chovinista, imperialismo agresivo con intención expansionista, destrucción de las organizaciones obreras tanto dentro del propio Israel como en las naciones atacadas, anticomunismo radical, militarización de la sociedad, liquidación de libertades democráticas y una movilización de masas que pudo lograr debido a que supieron, demagógicamente, remover los mejores sentimientos de la clase trabajadora de Israel y han sabido especular, tergiversando, en la tradición revolucionaria histórica de aquel pueblo (esto se sujeta a la explicación dada por Dimitrov de cómo el fascismo pudo mover a las masas). Sin embargo, dicho “movimiento de masas” ha ido menguando, pues el pueblo israelí empieza a despertar. Además, este fascismo moderno, tal como en los 30, fue armado por el capital financiero, principalmente del norteamericano, y, en consecuencia, es este quien se encuentra monitoreando y azuzando sutilmente todos los hechos bélicos, para así camuflar un poco su política fascista, mientras replica hechos similares en otras latitudes del mundo, adornando su proceder con el típico discurso “democrático” de la “seguridad” y la “paz mundial”.








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