“Un artista nunca debe ser prisionero de sí mismo, prisionero de su estilo, prisionero de su reputación, prisionero de su éxito.” Henri Matisse, Jazz (1947).
Cuando los tiempos son confusos, es bueno volver a los orígenes, pero, los orígenes no siempre se ubican en los tiempos impertérritos. En cómo avanza y cambia todo: Grecia, Roma, India, China, Polinesia o los Incas, son orígenes remotos. El arranque entre nosotros se remonta al siglo pasado, a las búsquedas de Henri Matisse (1869-1954), Pablo Picasso (1881-1973) y un manojo más de nombres.
Llego al aeropuerto de Barcelona muy de mañana, me espera Martín Bonadeo, amigo con quien vamos sumando una década de amistad. Cuando nos saludamos aquella mañana en el pueblo de Jangas en Ancash, volver a hacerlo en Venecia y ahora en Barcelona, supera cualquier ensueño.
Son días intensos, se camina ambicionando adentrarse y encontrarse en la esencia de las calles, en un pasado escrito en español y catalán. Cada vez que se termina un sorprendente día, me pongo a dibujar, sobre todo, escudriñando en las formas, mi presencia de esta viva estadía. No todas las veces puedes detenerte, ni estar cerca a “Vicky Cristina Barcelona”.

Exposición “Chez Matisse”. Barcelona.
Barcelona llena de espacios turísticos, que no andan mal, pero anulan la delicia de tropezar con otras áreas; un andante, siempre se desvía de los mapas de los centros de información; sus experiencias son intransferibles, nunca se hallará en una guía para turistear. Agotarse, rendirse, tener sed, buscar una plaza donde sentarse, disfrutar del Transports Metropolitans, del teleférico de Montjuic, son otros de los aspectos que esta rica ciudad te brinda. Barcelona es una capital que te invita a caminarla. Iniciar el recorrido orientándose por el mar, los desniveles amables, su peculiar arquitectura, los parques y el lado rodeado del misticismo del Macizo de Montserrat.
Encontrar la Caixa Barcelona, centro que se encuentra en la antigua fábrica textil Casaramona, diseñada por Josep Puig i Cadafalch y considerada uno de los grandes ejemplos de la arquitectura modernista industrial catalana de principios del siglo XX. Es un regalo inmenso. La Caixa ofrece: “Chez Matisse. El legado de una nueva pintura” del 27 marzo al 16 de agosto de 2026, tiempo para acceder a muchas miradas jóvenes. De golpe, algunas de las piezas icónicas en la carrera de Matisse, un autorretrato, obra poco conocida, frente a la flamante odalisca o las bañistas en un puntillismo clásico. Un texto en la hermosa pared roja dice: “Para el visitante aficionado a la pintura, este enfoque tiene mucho valor porque permite entender a Matisse no solo como autor de imágenes bellas o reconocibles, sino como un artista que redefinió el uso del color”.

Autorretrato 1900. Henri Matisse. Óleo sobre tela.
El dibujo y el color son dos componentes con los cuales nunca lograré enemistarme, están adentrados en mi visualidad mucho más de lo que consideraba estar al tanto. Justamente, encuentros como la exposición “Chez Matisse” hacen que afloren los ocultos afectos hacia estos elementos; debo añadir, en estas observaciones, que los formatos, todas esas medidas extrañas, fácilmente parten de una relación con la sección áurea. Es extraordinario descubrir que desde la antigüedad, los buenos maestros han conservado el vínculo especial con aquellos puntos invisibles del lienzo que, a la larga, armonizan la forma con el contenido. Una relación que esconde una mística, donde el formato representa el mundo con proporcionalidad. Matisse, sabía ello; acercarse a cada cuadro lo confirma. Un pulso moderno sustentado en una tradición.

El violinista en la ventana. 1918. Óleo sobre tela.
Pararse frente a la obra de un maestro, supera largamente a las imágenes de los libros y otros medios, incluso a la moda inmersiva. En estos casos se compra un catálogo como referente, para prestar a los amigos; la experiencia frente a cada obra, a los detalles, es sentir la presencia del autor, es preguntarle en silencio, decirle: estupendo maestro, lo admiro también desde acá. Matisse, posee una afinación del color como un músico; hay el deseo de cerrar los ojos y acercar la oreja para oír el sonido de su pincelada, así chille la alarma de la sala. Los colores corren, se esparcen con la trementina y el aceite, a una velocidad donde la mano del artista sube y baja, se detiene bruscamente, corre, salpica, esfuma, empasta. Cada puesta de pincel es precisa, nada sobra, todo suma, incluso el blanco de la tela.

Nature norte a la chocolatiere 1900-1902. Óleo sobre tela.
Si era o no un genio, a estas alturas de la historia importa poco, frente a cada obra, uno regresa al origen, al momento, al inicio de todo lo vivido (Pozuzo, julio 2026).









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