EL APOSTATA
En la capilla de la hacienda de Vichaycoto un día don Jesús Pagano casi excomulga al cura. Era fiesta patronal y, como sucede en todos los pueblos donde hay fiesta, la gente llevaba tres días celebrando antes de que comenzara la celebración oficial. Había banda, cohetes, cerveza, aguardiente, cajas de cervezas escondidas debajo de las mesas y varios devotos que parecían más comprometidos con el aguardiente que con los santos.
Entre ellos destacaba don Jesús Pagano. No era pagano de religión, Pagano era su apellido; así se apellidaban su padre, su abuelo y quién sabe cuántas generaciones de Paganos que habían sembrado maíz, criado chanchos y tomado aguardiente en aquellas tierras.
Aquella mañana apareció en la misa después de tres días de parranda, llegó peinado por el viento, con los ojos rojos y una cara que parecía estar haciendo un esfuerzo heroico por mantenerse despierta. Se sentó en la segunda banca, cabeceaba, despertaba, volvía a cabecear y cada cierto rato soltaba un Amén, aunque no era para decir amén.
El padre Eusebio celebraba la misa desde el púlpito con toda la solemnidad que permiten las fiestas patronales. Hablaba del pecado, de la salvación y de los peligros que acechan al alma humana. Don Jesús cabeceaba y estaba luchando contra el sueño, de pronto el sacerdote levantó la voz. «Hermanos, recordemos lo que dicen las Escrituras: los paganos no heredarán el reino de los cielos si no se convierten...» Don Jesús abrió un ojo, el cura siguió hablando. «Porque los paganos viven alejados de la verdadera fe...» Don Jesús abrió el otro ojo; el sacerdote continuó. «Y mientras los paganos sigan por ese camino...», no terminó la frase, don Jesús se puso de pie de un salto. «¡Un ratito, padre!» Toda la iglesia volteó, el cura quedó medio congelado. «¿Qué sucede, hijo?» Don Jesús se acomodó el sombrero. «Padre, ¿qué mierda tiene usted contra mi familia?».
Un murmullo recorrió la iglesia. «¿Cómo dices?» Desde que empezó está hablando mal de los Paganos. Que los Paganos no entran al cielo, que los Paganos están perdidos, que los Paganos esto, que los Paganos aquello, ¿Qué le hemos hecho nosotros?
Las viejas más devotas comenzaron a persignarse, los muchachos ya estaban aguantándose la risa. El cura parpadeó varias veces. «Hijo, no me refiero a tu apellido». ¡Ah, no me venga con huevadas! Hace rato nos está difamando delante de todo el pueblo. El padre intentó explicar. «Los paganos son...»
¡Somos gente trabajadora!, interrumpió don Jesús. Mi abuelo Pagano levantó media hacienda, mi padre Pagano construyó acequias, yo mismo he contribuido a la economía local comprando cerveza y aguardiente durante treinta años seguidos. Los muchachos comenzaron a reír, las beatas los hicieron callar. El cura respiró hondo. «Hijo, estás confundiendo las cosas». Confundido estará usted, porque aquí hay varios Paganos presentes y nadie nos ha pedido permiso para insultarnos.
Y como si aquello no fuera suficiente, levantó la mano y señaló a tres primos suyos. «Miren, allí está Hilario Pagano, allí está Teodoro Pagano y detrás de la columna está Gregorio Pagano; pregúnteles si alguna vez le hemos hecho daño. Los tres aludidos levantaron la cabeza; uno estaba dormido, el otro estaba masticando coca y el tercero parecía no saber dónde se encontraba, el sacerdote ya empezaba a sudar. «No hablo de esas personas». Entonces explique, padre, porque uno viene tranquilo a misa y termina discriminado. Desde el fondo alguien soltó una carcajada, luego otra y otra, la iglesia entera comenzaba a desarmarse.
El cura trató de recuperar el control. «Hermanos, por favor...» pero don Jesús ya estaba inspirado. Además, si los Paganos no vamos a entrar al cielo, exijo una explicación, porque mi tía Jacinta Pagano rezaba más que todas las beatas juntas, mi abuelo Pagano conocía más santos que el calendario y mi primo Lucho Pagano prometió dejar la bebida por lo menos siete veces. ¿La dejó?, No, pero la intención cuenta. La carcajada fue general, hasta el sacristán tuvo que esconder la cara detrás de un cirio.
El padre comprendió que había perdido la batalla y decidió cambiar de estrategia. Está bien, don Jesús, le aseguro delante de todos que no me refería a su familia. ¿Lo jura?, lo juro. ¿Delante de Dios?, delante de Dios. Don Jesús asintió satisfecho, entonces continúe nomás y volvió a sentarse; hubo silencio, un silencio largo.
El cura retomó la homilía. Como decía, hermanos, los paganos... Don Jesús volvió a levantarse. ¡Padre! ¿Otra vez empezamos? Aquella misa terminó media hora después y nadie recuerda una sola palabra de la prédica, lo único que quedó en la memoria fue la pelea entre el cura y don Jesús Pagano.
Las Pampas, 09 de julio del 2026








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