Un gobernante debe ser políticamente eficaz y resolutivo, éticamente probo y coherente, pragmático y competente en la gestión pública, emocionalmente equilibrado, tener oídos dispuestos a escuchar el ruido de la calle y la opinión de los demás. La política es un juego de ajedrez y una probabilidad estadística. El político ansía y sueña con el poder. No es una ilusión, sino aspiración legítima que se consigue con votos. En política, no es lo que se dice, sino lo que se hace. La medida social del gobernante son los resultados concretos, las obras con buenas razones, la congruencia entre la palabra y la acción y su actitud en el ejercicio del poder. El quehacer político debía consentir, como un principio fundamental, conductas éticas. Los candidatos al gobierno regional han firmado, de puño y letra, el pacto ético. ¿En política es posible la práctica de la ética? Papel aguanta todo. La palabra del político ha perdido crédito, esplendor y confianza. Un auténtico pacto ético se refleja en las actitudes y comportamientos. Un acuerdo entre las partes para una competencia política respetuosa, sin insultos, malas intenciones ni agravios personales; desechar el uso deliberado de la falacia ad hominem, es decir, atacar perversamente a la persona y no combatir ideas con ideas, argumento con argumento. La razón tiene que contener el desborde emocional, la estupidez y el odio. Cuando un político tiene orfandad de argumentos apela a la diatriba. La verdad única en política es fatal; en las redes sociales se viraliza y es plato infeccioso que se devora lamiendo los labios. Adecentar la política es respetar al contrincante con tolerancia y asertividad. La práctica política tiene malas mañas. La viveza es “virtud”; la sinceridad, “pecado” e “ingenuidad”. En cada proceso electoral, se firman pactos éticos de no agresión, de hacer campaña sin ofensas ni violencia. El pacto ético es oportunidad para hacer política democráticamente, con respeto y consideración al contendor. La política es escenario propicio para el debate de ideas; gana el que persuade y comunica mejor.
No existe un político blanco como la nieve; es imperfecto, falible, con fortalezas y virtudes. Un candidato en campaña ofrece el oro y el moro, se despacha un extenso menú de promesas y ofrecimientos. Sin embargo, cuando llega al poder se olvida, se emborracha, y hace otra cosa o hace lo que le permiten los fugaces cuatro años. Una gestión siempre exhibe una obra pública emblemática, no la continuidad del gobierno anterior. Debe ser el gobernante un estadista; o sea, un líder capaz de movilizar intereses, consensos y el encaminamiento hacia un destino histórico y progreso sostenible. La política pone en prueba las habilidades blandas, la gestión emocional y la calidad verbal para comunicar a los ciudadanos. Es razonable que, en una contienda política y electoral, surjan discrepancias y contradicciones; es saludable para la democracia y la pluralidad de pensamiento. La campaña electoral se parece a un partido de fútbol. Luego de los 90 minutos, habrá un ganador y el resultado se respeta. No me imagino una campaña electoral sin confrontación ni propuestas. En el Perú, hay elecciones y ciudadanos que manifiestan su voluntad en las urnas. Ni Gioconda Belli ni Sergio Ramírez viven en la tierra de César Augusto Sandino y Ernesto Cardenal. Si Rubén Darío resucitara se vuelve a morir viendo a Nicaragua en las garras de la dictadura civil de Daniel Ortega.
No se debe votar por un charlatán o un hábil sofista. La polarización política es nociva. Buscar un consenso sabio y equilibrado es tarea de estadista y despojo de egoísmo e intereses personales y partidarios. El candidato tiene que inspirar confianza en una gestión pública coherente, con meritocracia y decencia, resolver problemas con eficacia y en los plazos más cortos. La política se regula con normas y límites fijos. Ningún gobernante va a inventar la pólvora en la gestión pública. Los ejes estratégicos de gestión regional son, en atención al Proyecto Educativo Regional, mejorar los aprendizajes de los estudiantes, fortalecimiento del desempeño docente y el cierre de brecha de infraestructura educativa; cobertura de salud en el primer nivel de atención y asignación de médicos en zonas rurales y de frontera y lucha frontal contra la anemia y desnutrición crónica infantiles y muerte materno infantil de madres gestantes; eficiencia del gasto presupuestal para generar empleo e inversión pública con priorización de obras urgentes y necesarias, con control concurrente, sin malas prácticas ni favoritismos; un plan efectivo de red de interconexión vial, tendido de puentes y recuperación valiente de la faja marginal en beneficio del comercio, el transporte y la agricultura; fortalecimiento de las instituciones con meritocracia, transparencia y calidad del servicio al usuario, sin burocracia ni papeleo engorroso; instalación de servicios básicos (agua potable, desagüe, luz eléctrica e Internet) y construcción del PTAR (Planta de Tratamiento de Aguas Residuales) para no contaminar los ríos; transparencia en los actos de las autoridades durante el ejercicio de la gestión pública con la finalidad de fomentar la honestidad y la rendición de cuentas. No se gobierna con cheque en blanco. En cuatro años, Huánuco no se va a convertir en paraíso terrenal, que la educación sea como en Finlandia o haya más empleo que en Qatar. Unas obras se concluirán, otras quedarán en camino y el siguiente gobernante las inaugurará.
No existe “ciudadano ético” ni “gobernante ético” por decreto supremo. La práctica de la ética es la convicción de hacer lo correcto, dentro de las normas de convivencia establecidas colectivamente. Se jura por los santos evangelios, Dios y la patria, pero se actúa de otro modo. Firmar un pacto ético públicamente no garantiza su cumplimiento. Tantos documentos hemos firmado y jamás los hemos cumplido con palabra de honor. Los viejos ciudadanos, que son pocos y ya no existen, decían, “mi palabra vale más que mi firma”. Solo si en la actuación diaria de los candidatos, se observa respeto, tolerancia, lenguaje idóneo y asertivo y una saludable contienda electoral, ese pacto ético será funcional y sostenible. De lo contrario, es un saludo insolente a la bandera. La política -vocación de servicio y habilidad para administrar el Estado en beneficio de los ciudadanos- tiene un poderoso componente emocional. El aspirante a gobernante tiene que, obligatoriamente, actuar como un ciudadano con regulación y gestión emocionales. El mejor termómetro para observar la confiabilidad es la coherencia entre lo que se dice y hace, entre lo que se promete y cumple, entre lo que se piensa y se hace. Lo demás es pintar pajaritos en el aire. La democracia se perfecciona en el tiempo y la experiencia. Las actitudes políticas tienen que considerar a la ética como un forjador de carácter y personalidad. Ser honesto, un ciudadano de honor que honra su palabra y transparente, es virtud y excelencia en los políticos y ciudadanos. La democracia es pluralidad, discrepancia, tolerancia y consenso. Los electores tienen derecho a la rendición de cuentas; los gobernantes, el deber de hacerla conocer públicamente.









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