La muchacha vestía jean azul, zapatillas blancas y blusa de discreto escote, cabello suelto, lentes oscuros, uñas pintadas de rojo vivo y brazalete de plata. Intento entender su lenguaje no verbal. No recuerdo haberla visto en alguna parte. Pero su presencia atrae mis ojos; estoy preso de su mirada. Sonríe mientras observa el celular y desliza la pantalla con su índice derecho. Se recuesta sobre el espaldar de la silla. Ve con interés ansioso la puerta de ingreso o las ventanas que dan a la calle. Afuera la congestión es un pandemonio. Un par de mendigos -un hombre cojo y una mujer de trenzas largas- interceptan a transeúntes y comensales. Espera el café, eso creo, que ha pedido al mozo. Yo me pongo a la defensiva, pienso en cómo una mujer bella y juvenil puede estar sola, sin compañía. Estoy sin amores desde hace varios años. Eso me da licencia e integridad. Entonces planifico, afino la lengua, para ver qué puedo hacer y cómo respondo a esta circunstancia. En situaciones como esas, me pongo torpe y la labia me traiciona y tengo terror de hacer y decir estupideces. No soy experto en seducción ni galanteo, pero algo debo hacer. Tal vez el destino me está dando una oportunidad. Pero no hice gran cosa. Solo mirar y pensar en la muchacha de blusa verde; yo la vi ingresar caminando.
¿Quién es? Me pregunté varias veces. ¿Qué hace una belleza suelta en la plaza de toreros? ¿Aquí no hay pescadores inescrupulosos? No es lugar para tirar el maicito. Yo soy periodista honesto y objetivo, no un gavilán que busca una paloma confiada. Hace poco me asignaron la sección de policiales. Claro que escribo con buen estilo y corrección; eso es porque leo poesía y mucha literatura. Prefiero a Vallejo y Samuel Cárdich. Las notas periodísticas que escribo son como cuentos de ficción; parecen mentiras, pero es la realidad misma. Y eso es lo que hago. Aquí viene gente pacífica para conversar amenamente. En la segunda mesa del lado derecho, se sentó. Yo estaba en esta misma mesa. Era sábado. Yo sinceramente pensé de todo. Pudo ser una pepera disfrazada de mujer bella, una trabajadora de un club nocturno que proliferan en la ciudad, una espía con tanta inseguridad que hay, una joven soltera que prefiere la soledad o una lesbiana que espera a su pareja. Pero lo que sí estoy seguro es que esa muchacha no estaba bien, se le veía como angustiada de algo o por algo. Había pasado como 10 o más minutos, no pedía nada. Solo cuando el mozo se acercó, ordenó algo que, por distraído, no supe qué era. Pero ahí estaba la taza pequeña y blanca de loza. Como se hacía urgente para ir a la oficina de redacción, tomé el último sorbo de café frío, pagué y me retiré. Antes de darle la espalda, la miré con una media sonrisa de seductor; ella me miró fijamente y no dijo nada. Seguro que me había dicho, idiota, crees que soy cualquier mujer. Eso fue todo. Hasta que me enteré que habían encontrado muerta a una mujer en la habitación de un hotel. En el velador, había un blíster de antidepresivos y varios libros. ¿Y qué es del novio? Yo soy periodista, no el detective Sherlock Holmes.
Recordó las noches que dormía plácidamente, cubierta con sábanas blancas, en el departamento de su novio. Él había encontrado de casualidad la magia somnífera de la poesía de Neruda. Le leía Los versos de capitán con voz suave y lenta. Ella lo miraba con ternura y gratitud y poco a poco sus ojos se cerraban y empezaba a respirar imperceptiblemente. El insomnio y la migraña la atormentaban. Aquellas imágenes, que solo ella veía, de hace unos 19 meses no la dejaban en paz. Saber que pudo hacerlo y no lo hizo, solo porque no tomó la decisión ni tuvo el valor que nadie le había entrenado. Era solo ir a la farmacia y comprar el medicamento que le pedía insistentemente su padre. El asma crónica lo mató. Eso dijeron los médicos que vinieron a auxiliarlo, pero ya era demasiado tarde. No entendía hasta hoy por qué no lo hizo. Ahora su vida de 26 años, se había convertido en una crisis de culpabilidad. Llevaba pastillas que debía tomar diariamente. Hacía muchos años que su madre la dejó por razones de trabajo, según le explicaron. De los cuidados y necesidades se encargaban los abuelos paternos. Su padre la veía los fines de semana. El trabajo de supervisor de obras no le permitía estar al tanto de los pendientes de Ana Luz, la estudiante universitaria de derecho, que ingresó aquella tarde al café, el 10 de julio, a las 4:33 de la tarde. Yo la vi personalmente. Qué hizo luego no lo sé, con quién se sentó a charlar tampoco. De verdad que no lo sé.
Me enamoré de una lingüista española, que sabía de periodismo más que yo, pero solo duró el romance los seis meses que estuve en la universidad donde era catedrática. Me decía “cholo Vallejo”. La pasamos fenomenal: maridaje, museos, compra de libros, el estadio del Real Madrid, presentación de libros, visita a la redacción de El País donde escribía una columna quincenalmente, recorridos interminables por la estación del tren eléctrico. Casi conocí a Mario Vargas Llosa. La llamaba Laura Vallejo. Así me dijo que la habían bautizado en el Sagrario de San Juan, cerca de la plaza Felipe II. Cuando regresé al Perú, la crisis política y de gobernabilidad y vacancia de presidentes eran pan de cada día; estaba en peligro la democracia y la institucionalidad. Como a los seis o siete meses, me entero, en Google, que una mujer de unos 45 años había sido encontrada muerta en un hotel céntrico de Madrid. Leyendo El País, confirmé que era la doctora Isabel Ramos del Prado. Yo ya no estaba en Madrid. Nunca supe qué sucedió ni me interesé en averiguarlo. Lo que sí sé es que a ella le encantaba, moría y sacrificaba esposo, dos hijos y trabajo, por la poesía de Vallejo. Yo sí le leía con mi voz engolada y con dialecto peruano, más de esta tierra mía donde nací. Yo la hacía dormir leyéndole los versos de “Idilio muerto”, en alcobas que no eran suyas ni mías. Vivíamos en una pensión residencial en la Calle Atoche. De mi ciudad, que también es la suya, extrañaba su tranquilidad, su cercanía de todo y el café. Allá no es como aquí. Soy cafetero consumado, no vivo sin café, tomo tres puntuales tazas al día como una prescripción médica. Algo conocí de esa urbe europea por donde dicen que también transitó el poeta Vallejo. Madrid es nostalgia y tristeza. Yo sí amé a Isabel; no lo niego, lo demás lo niego todo. La historia mía tiene ciertas coincidencias. A Isabel le agradaba Vallejo; a Ana Luz, Neruda. Poesía es poesía donde sea y cómo se lea.
Y ahora que sabe mi versión, no sé cuál será la suya. Que yo sea lector de poesía, no quiere decir que sea el único en este mundo que lo haga. Que yo escriba con frases y tono poético mis columnas policiales, no quiere decir que yo sea el que la hacía dormir leyéndole poemas de Neruda, además, ese poeta no me fascina, como los otros dos que ya le dije. A mí no me agrada la poesía de Neruda, que no quiere decir que no haya leído sus libros. Prefiero mil veces a Vallejo. Sí, yo amé aA Isabel.









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