Acaba de editarse el libro-álbum de tapa dura y lujosísima edición -costo 100 soles, 242 páginas-, titulado Íntimos y eternos. La historia de Alianza Lima a través de 125 ídolos (2026). Se hizo lo mismo con Universitario de Deportes(Tricampeones), el compadre de los clásicos, y el Sporting Cristal (Soy celeste). Espectar un partido entre Alianza Lima y la U, en el estadio Alejandro Villanueva (Matute), es una experiencia deportiva imperecedera. Yo estuve ahí cuando el Pato Henry Quinteros erró un penal ante la U. Full adrenalina, cánticos hasta perder la voz, la camiseta blanquiazul como enseña de lucha. Cuando mete un gol Alianza se desata la locura en la tribuna de Comando Sur; cuando no, se alienta al equipo infatigablemente. 1978-1982. En la secundaria, todos queríamos jugar y ser como César Cueto. Ese futbolista del Alianza Lima, el Atlético Nacional de Medellín, el Atlético de Cali y la selección peruana de fútbol. Teófilo Cubillas era el símbolo aliancista. Mi generación -hoy en promedio 60 años- lo vio jugar en el mundial de Argentina 78 y España 82. En el mundial de 2018, Cueto tenía 66 años; hoy es un septuagenario. Era un futbolista mediano, el Poeta de la Zurda, no corría mucho, precisión y elegancia en el dominio y la entrega del balón, no era un goleador, alternó con Sotil, Cubillas, Gallardo y Perico León la ofensiva del Alianza Lima en la década del 70. No estuvo en el mundial de Méjico. Si merecíamos el apelativo Cueto, era un elevado reconocimiento. Ser un César Cueto era un alto honor. Un hincha no solo grita, sino conoce la historia, la gloria y la tragedia del equipo de sus amores. En 1975, César Cueto Villa integró el equipo de Perú que campeonó en la Copa América, dirigido por Marcos Calderón Medrano. Cueto tenía 18 años; tres después asistiría a su primer mundial. Volvió a vestir la camiseta del Alianza Lima, luego de la tragedia en el mar de Ventanilla en 1987; tenía 35 años. Ahí se fue la promoción de los potrillos.
Deliberadamente, usábamos el pie izquierdo con torpeza para patear la pelota de jebe. El derecho nos estorbaba o buscábamos una razón para dejarlo de lado en los partidos de fulbito. Pero hubo uno que sí era zurdo. Le decíamos Cueto, cuyo nombre inútilmente he tratado de recordar. Era moreno, flaco, poco afecto al estudio, bajito, taciturno, sonrisa de niño bueno, pero habilísimo con el balón. En mi barrio de la infancia, vivía un militante aprista de férreas convicciones políticas, decía que era amigo y compañero de Víctor Raúl Haya de la Torre. Era Dimas Inocente. En las reuniones, que hacía en la sala de su casa, argumentaba que gente como nosotros, que vivíamos en una zona sin lujo ni pavimento ni servicios básicos, debíamos ser dos cosas, aparte de estudiar: apristas y aliancistas. Sin pensarlo dos veces, me hice aliancista, pero no aprista. Eran los años cuando salíamos de la niñez e ingresábamos a la adolescencia. Escuchábamos, en radio a pilas, el clásico Alianza Lima versus Universitario, en la tienda de la esquina. Cuando se produjo la tragedia de Ventanilla, lloré como si hubieran muerto familiares cercanos. Si llegaba el Alianza Lima para jugar con el León de Huánuco, íbamos al Heraclio Tapia León o al cerro Visacaca. Desde allí alentábamos a la blanquiazul. A veces nos incorporábamos en la tribuna del Comando Sur, coreando himnos, agitando la camiseta, saltando, gritando, mentando la madre al árbitro. Soy hincha leal del Alianza Lima. Recuerdo a Francisco Narducci y Jorge Cabanillas que vistieron la blanquiazul de La Victoria. Alianza Lima es la razón convertida en sentimiento vital.
Este 2026, el club Alianza Lima cumple 125 años de fundación. El libro-álbum tiene el prólogo del escritor Alonso Cueto, que, como José María Arguedas, es hincha del Alianza Lima. Dice: “El Alianza nos entrega una lección de creatividad, agilidad y destreza a lo largo de su historia. Es la carta de identidad de su nobleza, con un origen popular que habla del ingenio como un arma de subsistencia”. La intención era identificar a 125 jugadores que representan la identidad blanquiazul, que ha permanecido en el tiempo. Se lee en el libro-álbum: “No son necesariamente los 125 mejores jugadores de la historia de Alianza Lima. Son 125 nombres que ayudan a explicar los 125 años de historia del club”. Estos jugadores contribuyeron a construir la identidad del club Alianza Lima y los vínculos imprescindibles con la hinchada. Sin Alianza Lima, el fútbol peruano es insípido. El libro-álbum es un merecido homenaje a los jugadores del Alianza Lima que, con su carisma, actitud y liderazgo, edificaron la identidad y pertenencia blanquiazules. Ver 125 fotografías llena de emoción y satisfacción; se siente el golpeteo intenso del corazón.
La galería fotográfica va desde 1901 (Alejandro Villanueva) hasta 2026 (Hernán Barcos). Ahí están las leyendas del Alianza Lima, que los vemos con ojos de ciudadano del siglo XXI, pero siempre con simpatía y gratitud. Alejandro Villanueva es el primer referente del histórico Alianza Lima, aquel que nació, como un grupo peloteros de barrio, en la calle Cotabambas, que luego haría su patria en La Victoria y su santuario futbolístico en el estadio Matute. La década del Rodillo Negro (1960-1969) del Alianza Lima, sin desmerecer a los demás porque el fútbol es el trabajo de 11, más la hinchada, está integrada por el Nene Teófilo Cubillas, Pedro Perico León, Víctor Pitín Zegarra, Alberto Gallardo y el jovencísimo César Cueto; de estos cinco, tres estuvieron en el mundial de Méjico 70, luego de 40 años de ausencia, desde Uruguay 1930. Estos cinco ases (cuatro negros y un blanco) hoy son legendarias figuras de la historia del club de La Victoria. El libro-álbum aliancista es un valioso y oportuno rescate de fotografías, algunas inéditas, de los archivos de El Comercio y de un arduo trabajo de investigación periodística, que implica ordenamiento cronológico, apreciación y publicación para beneplácito nuestro.
El fútbol peruano tiene colores, sin los cuales el panorama deportivo no existe: blanquiazul, crema y celeste. Vargas Llosa es crema; Arguedas, blanquiazul. Tres pasiones colectivas y personales, tres obsesiones, tres personalidades, tres sentimientos. Estoy seguro que César Vallejo sería aliancista de corazón y convicción. (“Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él”). La historia de los clubes de fútbol es la identidad institucional, los colores distintivos, la bandera que flamea en cada partido, las penas y alegrías sinceras, el ídolo imperecedero y la trayectoria de los jugadores que legaron talento, magia con el balón, liderazgo durante 90 minutos, actitud de autoridad con el cintillo en el brazo y los ansiados goles con los que la hinchada desborda de locura colectiva. Siempre cantaremos: “Corazón Alianza Lima, corazón para ganar, a La Victoria volveremos, para verte campeonar”. Los 125 jugadores emblemáticos del Alianza Lima del libro-álbum viven frescos y vigentes en el sentimiento deportivo, la nostalgia recurrente y la memoria histórica de los millones de hinchas blanquiazules.









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