Practicar la filosofía estoica es un desafío para valientes. Controlar la ira y la tolerancia a la frustración demanda regulación emocional; escuchar y “ponerse en el pellejo ajeno” antes que juzgar, criticar, emitir prejuicios o sancionar es tarea pendiente. ¿Puede la filosofía estoica mejorar la calidad de vida emocional y social del ciudadano y las actividades profesionales que realiza? Sí, si hay la convicción de hacerlo. Dejar que un caballo loco corra por la pradera sin riendas ni jinete es un peligro que se puede prevenir. Un libro de literatura deleita estéticamente al lector; el de filosofía permite la reflexión y el planteamiento de pregunta serias. ¿Quién soy? ¿Qué hago en la Tierra donde vivo? ¿Cuál es mi ikigay? ¿Motiva mi vida el ichigo-ichei? En una sociedad donde el termómetro del éxito personal y profesional es el confort material, el consumismo compulsivo, “el tener mucho y vivir bien”, la adquisición de bienes, la diversión como máxima manifestación del relajo antiestrés, el interés por la vida interior, espiritual, emocional o mental importa poco. La inteligencia emocional cada vez más nos juega una mala pasada. Una reacción iracunda ante un hecho incontrolable o fortuito puede convertirnos en un patán. El daño emocional que se provoca puede ser irreversible y un trauma con secuela.
En este contexto, aparece (o se reactualiza por necesidad social) la filosofía estoica como un remedio para estos males. Los pensadores y libros de los filósofos estoicos, no son como los de “auto ayuda”. Marco Aurelio, Epicteto y Séneca dejaron testimonio escrito de su pensamiento y efectividad. Aconsejan acciones concretas, comprobadas en la realidad y la experiencia. Tiene cuatro principios fundamentales: la práctica de la virtud, el autoconocimiento de sí mismo, la disciplina como cumplimiento de normas y el uso de la resiliencia para superar las adversidades. Aquí cumple un rol determinante la gestión de la inteligencia emocional y la empatía. Para un estoico, nada de lo que viene de fuera debe afectarle. No se puede controlar, solo por enojo, que la lluvia deje de caer sobre la ciudad. Llorar día y noche la muerte de un familiar estimado, no lo resucita. Es entendible la magnitud del dolor y la tragedia. Decía el poeta Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir. Todo lo que nace, muere en algún momento. Mientras haya vida, mientras durmamos y despertemos, es deber disfrutarla, apreciarla. ¿Cómo nos recordarán post mortem?
Las meditaciones son notas, apuntes personales, reflexiones espirituales, filosóficas y de carácter ante los hechos diarios o de gran significación en la vida personal y pública. Fue escrito por un gran emperador, Marco Aurelio, que tenía que dar batalla contra los enemigos del imperio romano, liderar con decisiones políticas como gobernante y además hacer filosofía con esmero y serenidad. En un momento estaba con la espada; en otro, con el pensamiento enfocado en la filosofía. En la película Gladiador lo vemos anciano y asesinado por su hijo Cómodo. Esto es una ficción cinematográfica. No hubo tal parricidio en la realidad. Marco Aurelio ha dejado célebres pensamientos que permiten, a veces con firmeza o severidad, fortalecer la personalidad y la actuación objetiva ante las peripecias y las veleidades del destino. “El hombre que se resiste a su destino es como el cochinillo que da chillidos mientras lo llevan al sacrificio”. “El sabio es la roca que resiste incólume los embates de las olas”. Sabiduría no es sinónimo de erudición. El sabio se caracteriza por la prudencia, el silencio oportuno y el juicio pertinente. La erudición proviene del conocimiento científico; la sabiduría, de la experiencia y la madurez emocional. El erudito argumenta y discute; el sabio, escucha y no juzga. “La virtud es llama que brilla hasta extinguirse”. Precisamente, la filosofía estoica basa su eficiencia en la vida diaria con la práctica consciente de la virtud, es decir, del actuar y ser correctamente; el estoico no es perfecto ni pretende serlo. “La muerte debe ser acogida con agradecimiento, como la madurez de la aceituna que cae gozosa de la rama”. Situación complicada, pero real. Nadie se escapa de la muerte. El oro y la fama del mundo entero no compran la vida eterna. Estas reflexiones tienen vigencia hoy. Las meditaciones es ética y filosofía para enfrentarse a sí mismo y a los demás. “El qué dirán” es una sentencia que proviene del exterior. Si te afecta, vives esclavo de lo que la gente dice y piensa de ti. Para el estoico, ese juicio personalísimo no debe afectarlo. Hay que ser “amo responsable” de nuestras opiniones y decisiones.
En la vida, las pausas, las vacaciones o la meditación son importantes y necesarias. La “paz interior” no se compra con dinero ni como una mercancía en el mercado. Es una decisión personal. El estrés laboral, los problemas personales y familiares, las deudas y las urgencias económicas desbordan la estabilidad emocional. Frente a eso, el estoicismo recomienda serenidad, respiración y ver el contexto con objetividad: “si el problema tiene solución preocúpate; si el problema no tiene solución no te preocupes”. Un insulto no cambia el curso del río ni dejan de moverse las olas del mar. Hay un enunciado que mucha gente lo usa como una virtud de sinceridad extrema: “Yo digo las cosas tal como son, de frente, sin rodeos”. Es admirable quien dice y promueve la verdad y los hechos con sus nombres propios; sin embargo, se debe pensar en el interlocutor que también tiene emociones y sentimientos. No sabemos cómo lo recibe y lo procesa. En ese caso, la empatía y la asertividad juegan un rol determinante. Decir la verdad, sí, pero hay que saber cómo decirlo. Si hay enojo y rabia es mejor no hablar ni escribir al interpelado. La cuestión no es el contenido, sino cómo se dicen esas verdades, sin lesionar las relaciones interpersonales. Defender la verdad tiene causas nobles y plausibles. “La verdad nos hará libres”. Lo que no hay derecho es a lastimar ni humillar en nombre de la verdad. La prudencia, opuesta a ligereza, es virtud de unos pocos.
El estoicismo busca la imperturbabilidad de la vida, es decir, la ataraxia. Vivir sin paranoia ni remordimiento, pensando en el presente antes que en el pasado y el futuro. Es una natural aspiración personal; nadie quisiera vivir en el caos, en conflicto permanente ni maltrato cotidiano. Los políticos en ejercicio ignoran totalmente la filosofía estoica. Están más cerca del pragmatismo y la estrategia para demoler al contrincante; más próximos a Nicolás Maquiavelo, Robert Green y Sun Tzu que de Marco Aurelio, Epicteto y Séneca. Cristo y el Dalai Lama tienen actitudes estoicas en sus vidas y su discurso. Las meditaciones de Marco Aurelio es un libro de gran relevancia para la práctica del estoicismo. No recomienda vivir como Diógenes de Sinope, dentro de un barril, pobre y vagabundo, con una lámpara encendida buscando ciudadanos honestos, tampoco como Sócrates hasta beber la cicuta. El estoico tiene una lógica simple: hay cosas que no podemos controlar.










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