Nuestro pasaporte es rojo oscuro, como la sangre cuando tiene varias horas de secarse: pierde el brillo, se vuelve opaca. Dentro, toda una pléyade de acertijos y evidencias que indican a quién pertenece ese librito; tapa no tan dura, para no ser enciclopedia, ni demasiado simple y suave para no ser un cuadernillo de notas. De todas formas, un manojo de hojas que caben en el bolsillo del pantalón o la camisa y puede deslizarse y perderse sin dejar el menor rastro. El pasaporte, el documento que habla por nosotros, dice de dónde procedemos, con qué número estamos marcados, el tiempo de validez; nos ubica y nos hace estar.

La vida breve. Óleo sobre tabla. Erick Miraval (Fotografía: Alessa Viteri).
Un pasaporte, sin embargo, en ninguna de sus hojas comenta sobre tu buena voluntad, si eres amable o tal vez un borracho o artista, si eres mujeriego o un abnegado padre, si vienes o vas; tampoco cuenta si dormiste bajo un puente o a la sombra de un árbol, si te acuestas con frío y hambre leyendo solamente poesía; no dice cuántas veces consultas a Gemini cuando te has perdido, ni de los buenos amigos que encuentras en el viaje y te hospedan; ese minúsculo documento no especifica si prefieres el café en una plaza. Este pliego, con sus descripciones elementales, te pone en una fila donde los prejuicios son los que se leen.
Erick saca de entre sus cosas un pasaporte elaborado a mano, íntimo, para 100 individuos que, tras recibirlo, pasarán a formar parte del “corpus” de la familia que él acaba de legalizar; un documento donde darse es sumar, hacer ciudadanía; no un papel de control, sino un permiso para ingresar y ser parte de su mundo, de la intimidad de su espacio creativo.

Nebus limes: 100 páginas de X, 2025. Proyecto desarrollado para la Colección Arte Actual #73, de la editorial Fuera de Carta. Obra de Erick Miraval.
Íbamos a encontrarnos en Madrid, tal vez en la puerta de La Complutense o en la Puerta de Henares. Quedamos en la exposición de Alessandro Taiana; posteriormente, con la guía de él, llegamos al Museo del Prado. Unas cuadras más arriba nos esperaba Erick. El encuentro con el otro y sentarse frente a frente con una taza de café entre las manos, mirarse, olerse, andar juntos, abrazarse, encontrarse y despedirse es el acto más humano. Nunca habrá simulación que valga —tal vez si estás preparándote para viajar a la Luna o Marte—. El afecto con que nos encontramos en primera instancia añade la cuota sensitiva esquiva a toda simulación; y la despedida, la fase mucho más trascendental: nadie se despide de quien no desea volver a encontrarse.
Desde la primera vez que el celular nos comunicó, conversamos mucho con Erick; han pasado siete años. No todo en las redes es engañoso, “fake news”; hay comunicación sincera y estrecha, apegos. En uno de los encuentros virtuales, mientras hablábamos, los cohetes —o avellanas, como les llaman en otros lugares— tronaban y se encendían como lluvia de estrellas tras las pantallas. Era día de fiesta del patrono del pueblo: San Miguel de Huácar.

“Hay una condición tectónica en construir esta mirada”. Detalle (Fotografía: cortesía del artista).
Ahora estábamos frente a frente, con un emocionado abrazo, un apretón de manos, como dos hermanos que se ven luego de la guerra. Caminamos hacia el parque del Retiro, intercambiamos regalos: un picnic memorable. Visitamos el espacio cultural CentroCentro; muchos artistas. Javier Garcerá: en la pintura, realmente, puede uno perderse y mirar desde lejos y de cerca. El rojo de Javier, como el pasaporte de Erick. En el sótano, la telúrica pieza de Mateo Maté: Desubicado (Cama América del Sur), 2003. Instalación. El blanco en la sala de Maté y el rojo de la pintura de Garcerá vislumbraban una bandera peruana entre mis ojos cerrados. Cuando se está fuera, uno es su país.
Madrid cobija en sus museos un portentoso acervo, sinceramente maravilloso. En este contexto rico en contemporaneidad, pasado y continuidad cultural, donde los tiempos y las historias se sirven en una bandeja dorada, vive el artista Erick Miraval (Huánuco, 1982). De su ciudad natal pasó a crecer en Pucallpa, rodeado del mundo shipibo-conibo, cacataibo y asháninka; luego vino su paso fugaz por Lima y, finalmente, Madrid, donde concluye sus estudios artísticos. Siempre talentoso y trabajador, como quien sabe que la inspiración es 95 % esfuerzo. Su obra se pliega con el insumo de los más dislocados recuerdos amazónicos: el río, el canto kené, las visiones psicodélicas, el territorio como las huellas de sus dedos conformando un mapa identitario.

El artista con una nueva “chaqueta”, obra en proceso derivada del proyecto Elogio a ka. Espalda, en su taller (2026).
El trino de una variedad de aves despierta la mañana. Erick me sirve el desayuno, me invita a sentarme mirando el paisaje rico en fresnos, encinas, cipreses, plátanos de sombra, pinos, castaños, robles, ficus, etcétera. Abajo, el río Alberche, sublime como los de nuestros pueblos cuando no hay crecida.
Detiene el auto, un abrazo. Sabemos que luego de esta pausa vendrán muchas andanzas. La madurez personal y artística de Erick Miraval supera nuestros primeros encuentros virtuales. Me llevo en una inmensa pequeña fotografía los rostros de Irene, Unai y sus palabras: “¡Hablamos pronto! ¡Que tengas unas derivas muy estimulantes!”. (Madrid, 2026).










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