Hay situaciones que, por repetirse durante demasiado tiempo, terminan convirtiéndose en símbolo. El cierre del malecón Soberón, en Pillco Marca, es una de ellas. A más de tres años de iniciada la actual gestión regional, resulta difícil entender que esta vía continúe cerrada mientras los ciudadanos siguen esperando una solución concreta. El problema ya no es solamente una calle bloqueada. Es la sensación de que el tiempo pasa, el presupuesto se mueve, pero la ciudad permanece detenida.
Y allí está lo verdaderamente preocupante.
Cuando una gestión pública pide paciencia, esa paciencia tiene que estar acompañada de resultados. No basta anunciar, presupuestar, modificar partidas o ampliar capacidad de gasto. El dinero público solo encuentra sentido cuando termina convertido en una obra útil, una carretera abierta, un servicio funcionando o una solución que el ciudadano pueda ver y utilizar.
En el caso del malecón Soberón, lo visible hasta ahora es precisamente lo contrario: una vía que continúa cerrada.
Resulta especialmente difícil de aceptar que el presupuesto de gasto pueda seguir ampliándose mientras una intervención que afecta directamente la circulación y la vida cotidiana no ofrece resultados visibles. La ciudadanía no mide una gestión observando cuadros presupuestales. La mide cuando sale de casa, cuando intenta movilizarse, cuando pierde tiempo y cuando comprueba si aquello que se prometió funciona o sigue pendiente.
Eso es gestión. Lo demás son números.
Desde Diario Ahora creemos que Huánuco merece una administración pública menos acostumbrada a explicar retrasos y mucho más comprometida con resolverlos. Gobernar no consiste únicamente en disponer de mayores recursos. Consiste, sobre todo, en demostrar capacidad para convertirlos en resultados dentro de plazos razonables.
El malecón Soberón debería obligar a una explicación clara: qué está impidiendo que la vía sea reabierta, qué falta ejecutar y cuándo podrá finalmente utilizarla la población. No hacen falta discursos extensos. Hace falta información precisa y, principalmente, una solución.
Lo más peligroso sería que situaciones como esta comenzaran a parecernos normales. Que una vía permanezca cerrada durante meses o años y que todos terminemos aceptándolo como parte inevitable de vivir en Huánuco.
No debería ser así.
Una región no puede avanzar si sus ciudadanos se acostumbran a esperar indefinidamente y sus autoridades se acostumbran a que esa espera no tenga consecuencias. La indignación ciudadana frente a una obra que no termina o una vía que no abre no es capricho: es una exigencia elemental de respeto por el tiempo y por los recursos públicos.
Da tristeza comprobar que Huánuco continúa enfrentando problemas que pudieron y debieron resolverse con mayor diligencia. Pero más triste sería resignarnos.
El malecón Soberón necesita dejar de ser una promesa pendiente. Porque al final de una gestión nadie recordará cuánto aumentó el presupuesto sobre el papel. La gente recordará algo mucho más sencillo: qué encontraron cerrado y qué autoridades fueron capaces —o incapaces— de dejar funcionando.










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