A poco del anuncio oficial de la victoria de Keiko Fujimori en las últimas elecciones, creo que es el momento de revisar un poco nuestra historia y ver cómo es que volvimos a repetir el ciclo de hace 26 años. Y es que, si bien es cierto que muchos historiadores y politólogos están de acuerdo en que la historia es cíclica y cada cierto tiempo los países varían de gobiernos progresistas a conservadores y viceversa, creo que es necesario analizar, en el caso del Perú, una característica particular, y estoy hablando, por supuesto, de la transición a la democracia del año 2000, quizás uno de los acontecimientos políticos más importantes y que marcó profundamente el inicio del nuevo milenio en nuestro país.
Quien escribe tenía 5 años en el año 2000, pero por archivos históricos y libros que están al alcance del peruano promedio se sabe que fue el año en el que cayó la dictadura fujimorista. Y cayeron gracias, en primer lugar, al abierto fraude electoral del que fue víctima el entonces candidato rival más fuerte de Alberto Fujimori, que era en ese entonces Alejandro Toledo del partido Perú Posible. Desde la interpretación auténtica que permitió a Fujimori postular por una tercera vez, el escándalo de las firmas falsas, el uso de recursos públicos y la manipulación informática que forzó una segunda vuelta, en donde no participó Alejandro Toledo y en donde además observadores internacionales de la OEA y el Centro Carter salieron del país por falta de garantías.
En segundo lugar, ante la ilegítima e inevitable juramentación del tercer periodo de Alberto Fujimori, marcado por el fraude y la abierta manipulación de la voluntad popular, el entonces candidato a segunda vuelta, Alejandro Toledo, convocó a una gigante movilización que en ese entonces fue bautizada como la “Marcha de los 4 Suyos”, inspirada en los 4 puntos cardinales del Tahuantinsuyo. Desde todas partes del Perú llegaron a la capital para hacerse presentes y que fue, como ya es parte de la historia de nuestro país, víctimas de una represión en donde incluso se llegó a un atentado fraguado por agentes montesinistas que acabó en una explosión del Banco de la Nación y que cobró las vidas de seis vigilantes. Es particularmente curioso que por ese entonces todos los medios estuvieran bajo el poder e influencia del gobierno, menos un pequeño medio de nombre Canal N.
Y finalmente, a meses de haber asumido el gobierno y gracias a un personaje conocido como “El Patriota”, un agente del servicio de inteligencia que años más tarde se sabría que tenía el nombre de Germán Barreda, terminaría filtrando los Vladivideos, los mismos que serían entregados a opositores del fujimorismo y que terminarían siendo presentados por los congresistas Fernando Olivera y Luis Ibérico. Ese primer Vladivideo mostraría al tránsfuga excongresista de Perú Posible, Alberto Kouri, recibiendo una maleta de dinero del mismísimo asesor Vladimiro Montesinos, para que se pase al partido oficialista Perú 2000, dando cuenta de la alta corrupción que existía en el gobierno y que terminaría, además, con la fuga del asesor y, en el corto plazo, con la fuga del presidente Fujimori a Japón, país del cual era ciudadano, sucedida de una deshonrosa renuncia por fax. Ya en el Perú, sin la presencia del tirano, Valentín Paniagua, del partido Acción Popular, sería ungido presidente de la república de la transición.
Lo que viene ya es historia conocida. Una vez intervenidas las instituciones, inició un proceso de transición que terminó con la elección oficial de Alejandro Toledo como presidente de la República al derrotar al entonces expresidente Alan García del Partido Aprista Peruano en una segunda vuelta. Hasta ahí parece haber sido toda una hazaña el retorno de la democracia luego de casi 11 años de dictadura, lo mismo que duró Augusto B. Leguía en su momento, pero la realidad es que, desde mi punto de vista, esta transición fue bastante fallida. Y fallida no en el sentido de no haber logrado su objetivo principal, que fue volver a la democracia, sino fallida en el sentido de que no significó un proceso de reordenamiento real del sistema político, manteniendo no solo la constitución impuesta por tanquetas en abril del 93, sino por permitir que los mismos actores del pasado siguieran marcando la pauta de la política durante los siguientes años.
El único que fue consciente de lo que vendría si no había un verdadero cambio fue Valentín Paniagua, que tuvo la intención en su momento de restablecer la carta magna de 1979. Eso sí, los círculos políticos y empresariales que se beneficiaron del fujimorismo económico no solo no le habrían permitido hacer ese cambio, sino que su corto periodo de gobierno no habría sido suficiente para emprender una tarea así de importante. Es curioso que mucho de ese sector empresarial que en ese entonces fue víctima de la dictadura, como fue el caso de Samuel Dyer, terminaría colaborando en esta última elección presidencial con Keiko Fujimori. Síndrome de Estocolmo, dirían algunos, aunque yo estaría más de acuerdo en señalar que algunos estaban cuidando sus bolsillos en un próximo gobierno.
¿Y qué tuvimos después de la transición? Pues, ustedes ya lo saben. Todos los presidentes que han asumido el mando del país, incluyendo el supuesto líder de la transición, Alejandro Toledo, terminaron en la cárcel. La promesa de un mejor país luego de la caída de la dictadura y el continuo desgaste del antifujimorismo es lo que nos ha traído a la actual coyuntura. El regreso del fujimorismo se cimentó con el continuismo del modelo de la dictadura, que con los años ha calado en las mentes de la población, como si la desindustrialización de la patria y el remate de la nación fuera una especie de sentido común económico. Más tarde que temprano, pese a los esfuerzos de un sector democrático e institucional y el grito antisistema del sur, tendríamos de regreso el resultado de una transición fallida.
Estamos cerca del 28 de julio y se hace más que necesario ir pensando en lo que será del Perú en los años venideros. Un gobierno de Keiko Fujimori, pese a las optimistas predicciones de las nuevas geishas de estos tiempos, ciertamente estará marcado por un autoritarismo no tan sutil como imaginabamos. Hace poco nada más, ya se ha empezado a denunciar a voces como las de Claudia Cisneros o líderes políticos del antifujimorismo, los mismos que terminarán por incrementarse con el tiempo. La persecución de jueces y fiscales que se atrevieron a investigar los casos de corrupción del partido Fuerza Popular y, ciertamente, a esa izquierda provinciana a la que jamás le perdonaron el haberlo derrotado con el empuje del voto rural en el año 2021 y que, a confesión de Miki Torres, hicieron de todo para bajarse a su gobierno.
Finalmente, a nada ya de empezar a vivir lo que nos toca, quisiera mandar un mensaje sobre todo a quienes esperan empezar con la cacería de sus odiados zurdos, esos mismos que los vencieron hace 5 años y que ahora lograron derrotar con el impulso del terruqueo y las campañas de terror mediático. Hemos sobrevivido a Sánchez Cerro, a Manuel Odría, a Alan García, a los asesinos de Sendero Luminoso, a la dictadura de Alberto Fujimori y por supuesto que sobreviviremos a Keiko Fujimori. Mientras exista un auténtico anhelo de soberanía y justicia social en el Perú, seguiremos aquí dando la batalla, tanto desde el gobierno como desde la oposición y en donde haga falta.








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