La victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia y la de Keiko Fujimori en Perú no son hechos aislados. Son la expresión de una transformación política que recorre América Latina y que probablemente marcará la próxima década, según un análisis publicado en Página 3.
Después de años de predominio progresista, millones de ciudadanos están girando nuevamente hacia opciones de derecha. Pero quienes interpretan este fenómeno como un simple cambio ideológico observan apenas la superficie. Lo que realmente está ocurriendo es una reacción social frente a la inseguridad, la ineficacia estatal y la creciente sensación de abandono.
La brecha entre élites y ciudadanos
Durante demasiado tiempo, gran parte de la política latinoamericana olvidó que las personas no viven dentro de teorías, viven en ciudades donde temen ser asaltadas, en economías donde el empleo es incierto, en comunidades donde las carreteras no llegan y en países donde el Estado promete mucho más de lo que cumple, señala el análisis.
Mientras las élites debatían sobre grandes causas culturales y simbólicas, millones de ciudadanos enfrentaban delincuencia, extorsión, informalidad, corrupción y deterioro de los servicios públicos. Fue precisamente esa distancia entre las prioridades de las élites y las preocupaciones de la gente común la que comenzó a mover el péndulo.
La teoría de la reactancia psicológica
La psicología política ofrece una explicación interesante para entender este fenómeno. El psicólogo Jack Brehm formuló hace décadas la teoría de la reactancia psicológica, según la cual las personas reaccionan cuando perciben que su libertad para pensar, opinar o decidir está siendo restringida.
Durante años, amplios sectores de la sociedad sintieron que determinadas preocupaciones relacionadas con la seguridad, la autoridad, la identidad nacional o la familia eran descartadas automáticamente como expresiones de atraso o intolerancia. El resultado fue exactamente el contrario al esperado. Lejos de desaparecer, esas inquietudes se fortalecieron y terminaron convirtiéndose en una poderosa fuerza electoral.
Donald Trump fue uno de los primeros en interpretar esa corriente de fondo. Su éxito no radicó únicamente en sus propuestas, sino en haber identificado un sentimiento creciente de desconexión entre las élites y los ciudadanos comunes. Durante décadas se afirmó que la globalización irrestricta beneficiaría a todos. Sin embargo, millones de trabajadores observaron cómo desaparecían industrias enteras mientras las élites celebraban indicadores económicos cada vez más sofisticados.
Un Estado que cumpla funciones esenciales
El nuevo giro hacia la derecha no está impulsado principalmente por una defensa doctrinaria del libre mercado. De hecho, muchos de sus líderes son profundamente pragmáticos. Lo que proponen no es un Estado ausente, sino un Estado que vuelva a cumplir sus funciones esenciales: proteger a sus ciudadanos, controlar su territorio, ejecutar infraestructura y crear condiciones para el crecimiento económico.
La inseguridad se ha convertido en el símbolo más visible de esta demanda. Desde México hasta Perú, pasando por Colombia, Ecuador y Chile, el crimen organizado ha expandido su influencia hasta niveles que hace apenas dos décadas parecían impensables. Para millones de ciudadanos, la preocupación central ya no es únicamente económica. Es existencial. La pregunta cotidiana no es cuánto crecerá el producto bruto interno el próximo año, sino si podrán regresar seguros a casa.
La base social del orden
El psicólogo social Jonathan Haidt sostiene que las sociedades no se sostienen únicamente sobre valores como la empatía, la inclusión o el cuidado. También necesitan autoridad, cohesión, lealtad y respeto por normas compartidas. Cuando el orden social comienza a deteriorarse, esos valores resurgen con fuerza. Los ciudadanos dejan de preguntarse quién tiene las mejores intenciones y comienzan a preguntarse quién puede devolverles la tranquilidad.
La nueva derecha gana terreno porque ha comprendido que la legitimidad política no nace de las intenciones, sino de los resultados. Lo que estamos observando en Colombia, Perú, Argentina, Ecuador y El Salvador no es una simple oscilación ideológica, sino aquella demanda profundamente humana donde los ciudadanos vuelven a exigir protección, estabilidad y progreso.
Ninguna sociedad puede prosperar sin orden. Después de todo, la prosperidad puede construirse sobre muchas bases, pero ninguna nación ha logrado edificarla sobre el caos. Esa es una verdad tan antigua como la política misma. Y hoy, millones de latinoamericanos parecen haber decidido recordarla, concluye el análisis.










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