Un olvidado ceremonial de la Guerra Fría regresó esta semana a la base de Andrews, donde Donald Trump y su esposa recibieron a pie de escalerilla al líder chino Xi Jinping y a su esposa. Se trata de un gesto diplomático excepcional, nunca repetido desde que otro presidente de Estados Unidos acogió por primera vez a su homólogo y adversario de la segunda superpotencia mundial hace siete décadas.
Fue en 1959 cuando Dwight Eisenhower acudió a la misma instalación de la fuerza aérea en un gesto de similar deferencia hacia Nikita Jruschov, en el primer viaje oficial de un dirigente soviético a Estados Unidos desde la revolución rusa. La Unión Soviética y Estados Unidos se hallaban entonces en los inicios de una carrera nuclear que llevó al mundo al borde del precipicio.
Faltaban dos años para que aquella aparente distensión se trocara en la crisis de los misiles rusos instalados en Cuba en 1962 y la construcción del muro que dividió Berlín hasta 1989. De aquel episodio en los límites de la guerra nuclear nació la doctrina de la destrucción mutua asegurada (MAD), que ha mantenido inactivo el entero arsenal hasta ahora. También surgió el teléfono rojo que comunicaba directamente la Casa Blanca y el Kremlin para evitar una catástrofe planetaria por una decisión errónea o un accidente.
El nuevo eje: la inteligencia artificial
China ha sustituido ahora a la Unión Soviética en su disputa por el liderazgo mundial. Y no es el arma atómica el emblema de la bipolaridad, sino la inteligencia artificial, de idénticas si no mayores potencialidades letales para el conjunto de la humanidad, según sus creadores.
Si Jruschov fanfarroneó en Washington de su poder balístico con el lanzamiento un año antes del Sputnik, la primera nave espacial en orbitar la Tierra, Xi Jinping exhibe la cadena de producción de vehículos eléctricos, su industria espacial y balística, la alta velocidad ferroviaria y los avances en IA a poca distancia en la carrera de persecución con Estados Unidos.
Las nuevas amenazas, como las nuevas tecnologías, superan pero no sustituyen a las anteriores. Lo demuestran las guerras de hoy, que suman las batallas de tanques y trincheras con los enjambres de drones, la geolocalización por satélite y el uso militar para todo de la IA, en especial para la designación de objetivos y la determinación del número aceptable de víctimas inocentes.
La suma de vieja y nueva tecnología suele tener efectos multiplicadores. Es exactamente lo que permite la IA para el blindaje de sistemas de disuasión nuclear, de forma que un país destruido por un ataque atómico, con su entera cúpula política y militar liquidada, podría programar una respuesta nuclear sin intervención humana, gracias a una decisión apocalíptica confiada a la IA que terminaría con la vida en gran parte del planeta.
Un contexto de tratados debilitados
El contexto en el que se acumulan la vieja y la nueva amenaza es inquietante. La estructura de tratados de control armamentístico y de desarme construidos desde la Guerra Fría apenas existe. Trump ha abierto las puertas a la proliferación nuclear de par en par. Naciones Unidas se enfrenta desde hace más de una década a un fracaso sistémico en su objetivo fundacional de evitar la guerra.
Y Pekín pronto alcanzará la paridad con Washington y Moscú en la envergadura de su arsenal nuclear, una cuestión eludida en la cumbre entre Xi y Trump. A la bipolaridad de la Guerra Fría le sucede la bipolaridad de la IA, pero a la bipolaridad nuclear entre Washington y Moscú pronto le sucederá la tripolaridad, mucho más peligrosa y de difícil negociación.
No hay teléfonos fijos ni rojos en nuestra época digital para la comunicación directa entre los dos líderes mundiales ante el peligro inminente de un cataclismo bélico. Tampoco las armas de hoy están en manos exclusivas del poder político, sino de magnates tecnológicos que cuentan con capacidades satelitales e incluso balísticas. Y no se puede descartar que caigan en manos de grupos terroristas o de la gran delincuencia.
Estos peligros son nuevos y viejos a la vez, como demostró la imaginación cinematográfica de Stanley Kubrick, que los atisbó hace medio siglo en una sátira de humor negro titulada en su versión española ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. La película explica la imposibilidad de frenar la guerra nuclear desencadenada por un general estadounidense loco y extremista, debido precisamente a un sistema de respuesta automática ideado por los soviéticos que tiene inquietantes semejanzas con la actual IA.
Qué significa para el lector
La inteligencia artificial es el conjunto de sistemas informáticos capaces de realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana, como reconocer imágenes, procesar lenguaje o tomar decisiones. Su incorporación en sistemas de defensa plantea un debate global sobre quién controla esas decisiones y con qué límites.
Para la ciudadanía, el asunto no es ajeno: la misma tecnología que impulsa asistentes digitales o diagnósticos médicos puede integrarse en sistemas de armas. De ahí que organismos internacionales y especialistas insistan en la necesidad de regulación y de mantener la decisión humana en el uso de la fuerza.
Más urgente que discutir sobre la pausa o la velocidad de su desarrollo es la prohibición de la asociación diabólica entre el arma atómica y una máquina que pueda tomar una decisión sin tiempo para abrir un mensaje o descolgar un teléfono. Pero esta tenebrosa circunstancia ha estado ausente de la pomposa cumbre de Washington.










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