El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió a su homólogo chino, Xi Jinping, en la pista de la Base Conjunta Andrews, en las afueras de Washington, donde el mandatario chino llegó para una visita de Estado de tres días. La reunión, la tercera entre ambos en menos de un año, se desarrolla mientras los líderes mundiales se reúnen en Nueva York durante la Asamblea General de la ONU.
La decisión de Trump de acudir personalmente a la base aérea para recibir a Xi, en lugar de esperar su llegada a la Casa Blanca, refleja el nivel de ceremonial previsto para la primera visita de Estado de un mandatario chino a Washington en más de una década, según reportes de medios internacionales.
Entre los actos programados figuran una cena de Estado con personalidades del mundo de la tecnología, una ceremonia militar en la Casa Blanca con sobrevuelos de aviones a reacción y una visita a los Archivos Nacionales, donde se conservan la Declaración de Independencia y la Constitución originales.
Tensión comercial y la tregua que expira
El principal tema de la agenda es la extensión de la frágil tregua comercial entre ambas potencias. Según la información disponible, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, tras reunirse con el viceprimer ministro chino He Lifeng, confirmó la prórroga del llamado 'Acuerdo de Busan' hasta el 10 de enero, evitando que la tregua comercial expire en noviembre.
Ambas partes analizan además un esquema de reducción mutua de aranceles conocido como el objetivo '30 por 30', enfocado en eliminar 30.000 millones de dólares en bienes importados por cada lado.
Trump se ve atrapado entre su promesa de terminar con las importaciones chinas mediante aranceles y los posibles acuerdos con China que salgan de este encuentro, justo antes de las elecciones de mitad de mandato y de la expiración de la tregua comercial, de acuerdo con el análisis de la prensa internacional.
Inteligencia artificial y Taiwán: los puntos sensibles
En el plano de la inteligencia artificial —área que ambos países consideran de alto impacto en el equilibrio global de poder, tanto en lo económico como en lo relativo a la seguridad—, Estados Unidos mantiene reparos ante la destilación de modelos norteamericanos por parte de empresas chinas y los riesgos de uso malintencionado. China, por su parte, busca evitar que el debate sobre la seguridad se convierta en un instrumento para limitar su desarrollo tecnológico.
En vísperas de la visita, el periódico oficial chino People's Daily señaló cuatro líneas rojas para Pekín: la cuestión de Taiwán, la democracia y los derechos humanos, los sistemas y vías políticas, y el derecho al desarrollo.
Con relación a la primera cuestión, Pekín podría basar su argumento en un comunicado conjunto firmado por ambos países en 1982, en el que Washington expresa su intención de reducir gradualmente las ventas de armas a la isla. China también estaría buscando que Estados Unidos suspenda las entregas de armamento que Taiwán ya adquirió.
Contexto: una rivalidad gestionada
El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 inauguró una nueva etapa de elevada complejidad en las relaciones entre Estados Unidos y la República Popular China. Lejos de representar una simple reedición de su primer mandato (2017-2020), el segundo período —Trump 2.0— se ha caracterizado por una combinación particularmente volátil de continuidad estratégica, confrontación económica directa y desescaladas pragmáticas orientadas a objetivos políticos de corto plazo, según un análisis de la Universidad de Chile.
Durante los primeros meses de 2025, la política estadounidense hacia China se concentró casi exclusivamente en el ámbito comercial. A partir de febrero de ese año, Washington impuso sucesivas rondas de aranceles que, en cuestión de semanas, elevaron la tasa efectiva. Beijing respondió elevando sus aranceles a las importaciones estadounidenses al 125 %, un día después de que la Casa Blanca aclarara que las importaciones chinas ahora enfrentan aranceles de al menos el 145 %, según la cronología de CNN en Español.
En su segunda gestión, Trump combina confrontación económica con negociaciones y un uso más preciso de la coerción. Entre 2025 y 2026, se consolida una estrategia de presión selectiva sobre sectores clave. La política hacia China se convierte en una rivalidad gestionada, usando la coerción de forma flexible y reversible, sin buscar un desacoplamiento total. A diferencia de la administración Biden, que priorizó la coordinación con aliados y mecanismos multilaterales, Trump 2.0 retomó una lógica unilateralista y transaccional, privilegiando el uso de aranceles, amenazas públicas, sanciones económicas y acuerdos personalistas entre líderes como instrumentos centrales de política exterior.
China, por su parte, llegaba a ese segundo mandato con una estrategia explícita de resiliencia económica y reducción de vulnerabilidades externas. Ese contexto favoreció un giro táctico: la coerción económica se convierte en un instrumento negociador más que en un objetivo en sí mismo.
Mientras Xi Jinping prioriza calmar el frente externo para rescatar su frágil economía, Donald Trump equilibra la cumbre acorralado por el conflicto en Irán y el desafío electoral de las legislativas de noviembre, según el análisis de la prensa internacional.










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