Por: Luis Hernán Mozombite Enrique L. Vega (Huánuco, 1873-1943) Este músico, poeta y dramaturgo es, hasta la fecha, el único autor teatral de importancia que ha
Ahora Cultura•14 de abril de 2018•7 min de lectura•1415 palabras•96 lecturas
Por: Luis Hernán Mozombite
Enrique L. Vega
(Huánuco, 1873-1943)
Este músico, poeta y dramaturgo es, hasta la fecha, el único autor teatral de importancia que ha dado esta región. Egresado de la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos, primero se desempeñó como taquígrafo de la Cámara de Diputados del Congreso y, después, ya de retorno en su ciudad natal, fue profesor de Música en el Colegio Nacional de Minería. Enrique L. Vega Ramírez era su nombre completo.
En 1913, estrenó El héroe de Huamachuco, drama histórico y patriótico escrito en prosa y en homenaje a la figura epónima del coronel Leoncio Prado. Recién pudo ser publicado en 1942, junto a otro drama, El Moctezuma, del autor panameño Joaquín María Pérez. Ambas obras abordan momentos claves de la vida del héroe más señero que tuvimos en la guerra contra Chile (1789-1884): la de Vega, versaba sobre su sacrificio en Huamachuco, y la segunda, sobre la captura que Leoncio Prado hizo de un barco español, acción que ejecutó en apoyo de las luchas independentistas de Cuba.
En 1915, estrenó la comedia costumbrista Entre gallos y medianoche, escrita totalmente en verso y que, lamentablemente, todavía permanece inédita. En ella, el sesentón don Manuel Plasencia, viejo verde y adinerado, y el joven Ripalda, joven limeño pícaro, seductor y aventurero, se disputan el amor de Juana, la muchacha más bonita del barrio de Huallayco. Ambos, y un grupo heterogéneo de personas, asisten a festejar un “gallo” –la clásica serenata– en favor de Juana, que cumplía años. En el transcurso de la fiesta el licor enciende la rivalidad entre Plasencia y Ripalda por ganarse el favor de la joven. Hasta que Ripalda obtiene el consentimiento de esta para fugarse de la casa, previa promesa de matrimonio formulada por el mozo. Ya en la calle, Juana se arrepiente y resuelve regresar, seguida de cerca por Ripalda, quien se despoja de sus finas maneras de costeño cunda. Pero Juana logra liberarse de él y retorna a su casa, donde se hallan aún reunidos los juerguistas. Por su parte, Plasencia, al saberse desplazado por Ripalda, ha trocado sus efusiones de enamorado por otras, protectoras y paternales: se propone salvar a Juana de la nefasta influencia de su madre, doña Rufina, una suerte de celestina mestiza y tuerta, cuya intención inocultable es la de obtener ventajas del porte y simpatía de la hija. Para conseguir su propósito, Plasencia inventa una extensa carta del padre de la muchacha, que lee ante los concurrentes a la fiesta. En ella, supuestamente el marido de Rufina pide a Plasencia intervenir para que su hija vaya a vivir a su lado y preservar de ese modo su honor y dignidad. Ante tales argumentos y la labia de Plasencia, Juana acepta la hospitalidad que le ofrece Cucho, a quien el viejo adinerado había previamente sobornado. Ante la perspectiva de viajar a Huaraz, Juana se duele de tener que abandonar a su madre y pide que esta la acompañe. Ante esas demostraciones de amor filial, Plasencia asiente. La solución feliz se produce ante la promesa de cambio de conducta de la madre.
Según Esteban Pavletich, la comedia, dividida en tres actos y cuatro cuadros, ve aligerada su extensión gracias al dominio que demuestra su autor del movimiento escénico, a la agilidad de los diálogos, a la ausencia de interminables monólogos, a la fluidez de los versos y a las situaciones de comicidad evidente.
Aparte de ello, Enrique L. Vega ha dejado dispersa en los periódicos huanuqueños de su época una apreciable producción literaria.
Como muestra de sus dotes de buen rimador y de su dominio rítmico del verso, reproducimos un yaraví que forma parte de la comedia mencionada.
QUIERO MORIR
Cuando en mis sueños
o desvaríos,
tocan tus labios
los labios míos;
y despertando
descubro, triste,
que fue mentira,
que nada existe...
seguir quisiera
soñando en calma,
soñar, soñar,
y así quedarme,
prenda del alma,
¡sin despertar!
Cuando en mis noches
de crueles dudas
cruzo entre sombras
las calles mudas,
y entre los rayos
de alguna estrella
mi alma engañada
mira tu huella...
a Dios le pido
que nunca el día
vuelva a lucir,
porque en mi engaño,
paloma mía,
¡quiero vivir!
Cuando me lleva
junto al Huallaga
de mi amargura
la pena vaga,
y en su murmullo
finge tu acento
entre las suaves
ondas del viento,
quiero en vano
que el desvarío
no acabe en mí,
y al verme solo,
dulce bien mío,
¡quiero morir!
Justiniano López Cornejo (Ambo, 1896-Lima, 1983)
Luego de permanecer dos años en el Seminario Santo Toribio de Mogrovejo, Justiniano López Cornejo estudió Leyes en la Universidad Mayor de San Marcos, habiendo pertenecido en su juventud al grupo Novecientos, y participado en los debates del momento desde las páginas de la revista que impulsaba ese movimiento y que tenía el mismo nombre. Sabemos que en su larga carrera de magistrado desempeñó en varias oportunidades el cargo de presidente de la Corte Superior de Justicia de Huánuco. En 1927, a los 31 años de edad, publicó su novela Indios y venados, que vino a constituirse en la primera de su género en nuestra región.
José León Bueno, el autor del prólogo a la primera edición, nos dice que “Indios y venados es un libro sin argumento”. No es así. En Indios y venados se cuenta una historia. El subprefecto de Ambo, acompañado de su hijo, parte al poblado de Quío, malfamado entonces como tierra de bandoleros, para hacer averiguaciones sobre la denuncia que un hacendado hace contra los pobladores de ese lugar, a quienes acusa de haber invadido su hacienda y haberlo amenazado de muerte y saqueo. Allí, el subprefecto convoca al pueblo y los quianos desmienten todos los puntos de la acusación. Satisfecho el subprefecto por el buen temperamento de los lugareños para llegar a un arreglo pacífico, les promete garantías.
Su hijo, un joven que acaba de retornar al terruño natal después de estudiar en Lima, tiene otros propósitos. Durante la cena que les ofrecen, conoce al maestro de la escuela, otro joven como él, y se reencuentra con Acucho Montalvo, un amigo de la infancia, con el que concierta, para el día siguiente, una cacería de venados. Luego de dictar un clase de Geografía en la escuela y regalar al maestro un paquete de libros, parte a la cacería con Acucho, Shulpi e Imicho. A la salida del pueblo, una señora invita al hijo del subprefecto a almorzar en su casa, pero éste declina cortésmente. Advierte que hay un descontento entre los demás cazadores. Cuando inquiere por ello, le explican que, en esas circunstancias, si una mujer se les atraviesa en el camino es “mala seña”. Los hechos posteriores parecen corroborar aquello: la cacería se frustra.
Esa noche, asisten al acto de compromiso entre una pareja de convivientes: es necesario que se pongan a derecho con Dios. El matrimonio se lleva a cabo al día siguiente, pues el cura debe regresar pronto a Ambo. Un día después de la boda, el hijo del subprefecto y sus amigos parten nuevamente de cacería. Esta vez toman todas las precauciones del caso y el éxito corona su cuidado. Cinco días después de su arribo a Quío, el subprefecto y su hijo retornan a Ambo.
Se intercalan entre este núcleo central una serie de sucesos, de los cuales queremos resaltar aquel episodio de odios y venganzas familiares (capítulo XX) que acarrean la desgracia y tragedia de dos jóvenes campesinos. El estilo garrido y épico nos hace recordar las mejores páginas de Ciro Alegría.
Con este argumento sencillo, un tanto intrascendente, Justiniano López pretende cumplir con varios objetivos. Fundamentalmente, pergeñar una emotiva defensa del poblador indígena que el autor va intercalando a medida que avanza en su relato. Considera que tres son los tiranos que envilecen al indio: la injusticia, el aguardiente y el analfabetismo, por lo que el indio será dignificado si se le dota de la luz de la educación, de la equidad de los magistrados y del mensaje de paz del misionero. Otro objetivo de su obra es “dar a conocer” en sus páginas “las costumbres actuales del indio, sin recurrir a la leyenda, a las descripciones del cronista y a las antojadizas opiniones de los que, a priori, se entretienen en subrayar sus defectos y sus vicios”.
Para Andrés Cloud, “merecen destacarse otros aspectos ciertamente relevantes, tales como la vívida descripción del paisaje natural, la asimilación del lenguaje popular y, fundamentalmente, el inicio de la búsqueda de nuestra identidad social y cultural”.
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