Por: Luis Díaz Arratea
Hace aproximadamente tres siglos, el Señor de Burgos llegó al naciente Huánuco colonial, probablemente esculpida en los talleres de Juan Martínez Montañés, destinado para la evangelización de esta parte del centro del Perú a cargo de la orden religiosa de los Agustinos. Desde entonces sus devotos se han sentido bendecidos llamándole de algunas formas: Cristo de Burgos, Cristo de San Agustín, Señor de San Simón, y la Ciudad lo tiene desde aquel 28 de octubre de 1746 como su Patrón, implorándole en las más precisas urgencias y comunes necesidades su divina protección y amparo.
Año tras año, octubre tras octubre, una herencia alumbrada con la luz de las velas; adornada con los más bellos gladiolos, rosas o margaritas; emocionada con la lluvia de pétalos desde los balcones y empapada con las torrenciales y benéficas lluvias naturales; enternecida con los cantos, rezos y oraciones; vislumbrada con los adornados arcos de maguey y, ¿cómo no precisarlo?, embellecida con imponentes alfombras naturales o entusiasmada con la explosión de una parra a la media misa, cohetes, bombardas y castillos de luces. Entonces nos preguntamos: ¿De dónde surge todo esto? ¿Dónde se origina este vínculo entre el Rey y este pueblo? O más bien, ¿Dónde se halla el origen o explicación de un culto que no solo apasiona, sino que une a los huanuqueños y que ha llegado a convertirse en expresión de fe, en Lima ciudad de los Reyes y en Trujillo primaveral? Como en el evangelio, sus orígenes son humildes y así como él son sus seguidores, quienes prácticamente rozan el anonimato, pero quedando marcadas las acciones por parte de algunos que se encargaron de engrandecer su devoción: Fray Marcos Duran Martel, como último superior de los agustinos, quien ante sus plantas se inspiró en los ideales de la revolución doceañista. Monseñor Francisco Ruben Berroa y Bernedo, quien tras el colapso del templo de San Agustín lo acogió en su Catedral y en 1933 lo proclamó “Rey de Huánuco”; Monseñor Carlos Alberto Arce Masías, quien fomentó su culto no solo en octubre sino en cada Semana Santa y consagró Huánuco a su protección; Monseñor Ignacio Arbulú Pineda, quien le dedicó toda una Catedral; los Monseñores Antonio Küner Küner, Hermann Artale Ciancio y Jaime Rodríguez Salazar, quienes sin ser peruanos de nacimiento, mucho menos huanuqueños, lo amaron evidentemente.
Hoy, como cada año, volvemos a acompañar al Señor en su procesión, acto de fe, pero también expresión humana de consolación. En nuestro Señor de Burgos vemos reflejadas nuestras propias penas y tristezas, así como en el escenario de dolor del calvario nos identificamos con el dolor de nuestros hermanos, con ese sentimiento que por mas que queramos nunca se aparta de nuestras vidas y que reconocemos a cada paso por las calles, instituciones, plazuelas e iglesias. En nuestro Señor de Burgos, también nosotros nos reconocemos humildes, con Él encontramos la posibilidad de construir una nueva vida, en Él encontramos ánimo, fortaleza y consuelo.
Poco se ha escrito, pero estoy seguro de que mucho se escribirá sobre el Rey y Patrón; un ejército de nombres anónimos y otros, no tanto, forman parte de esta historia, siempre católica, huanuqueña y peruana.
Desde los agustinos que llegaron a evangelizar Huánuco hasta el primer Presidente, Dr. Justiniano López Cornejo, quien por más de quince años dirigió la Sociedad Católica del Señor de Burgos (hoy Hermandad del Señor de Burgos) en quienes radica el legado de la continuidad de esta devoción. Desde su milagrosa intervención, para proteger Huánuco de devastaciones fluviales, hasta el estreno de las armoniosas notas del Himno creado por Monseñor Arbulú Pineda; y como él mismo lo versó “Durante tres siglos el Huallaga ha visto la fe de este pueblo que te ama Señor”, de la misma manera seguiremos tributando homenajes de fe a nuestro Rey, nada ni nadie nos va a detener, esta es nuestra tradición que llevamos en la sangre, una fe que proyectamos al Perú y al mundo entero.
Pues bien, que estas fiestas nos dejemos revisar por el Señor de Burgos. Que volvamos a Él y que sintamos la experiencia de un Dios que es amor, que nos permite comenzar y recomenzar las veces que hagan falta. Solo tenemos que fiarnos de Él, de su amor y de su misericordia. Que no nos olvidemos de Dios, que nos espera, que quiere encontrarse contigo y conmigo.
¡Viva el Señor de Burgos, Rey y Patrón de Huánuco!










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