Escribe: Virgilio López Calderón
Tomado del libro Mis crónicas del ayer
Amarilis Indiana Editores. Cuarta edición, 2018
Uno de los pocos lugares encantadores que todavía tiene nuestra ciudad es La Alameda. Fue diseñada por los fundadores de Huánuco como una romántica vía de ornato y como límite de la población hacia el lado norte.
Su nombre primigenio y español fue “Alameda del Patrocinio”, pues sus cuatro cuadras empiezan en las graderías de la iglesia de Nuestra Señora del Patrocinio y, bajando en graciosa y suave explanada, terminan en la ribera del río, en el añorado “Pergacho”.
¿Quién no recuerda haberse bañado, en sus mocedades, en esa playita de nombre tan querido?
Por ese motivo, a pesar de que en 1821, cuando nació la Patria, se la rebautizó como “Avenida de la República”, todavía se la llama “La Alameda” y al barrio se le conoce como “Patrocinio”.
En La Alameda se reúne un cúmulo de recuerdos. Los aires de la niñez vuelven cuando la evocamos.
La iglesia del Patrocinio, que preside por el poniente este hermoso paseo, surge como una visión de ensueño cuando se la mira enmarcada por los majestuosos árboles formados en estrictas hileras, que mecen ululantes sus copas en los atardeceres de viento y de polvo.
Pero el Patrocinio surge también como una ensoñación cuando, entornando los ojos, escuchamos el fino tañido de sus campanitas de oro, llamando especialmente para la “Misa del Gallo”, que se celebra el 31 de diciembre a las doce de la noche, con la tradicionalísima “Adoración” de los Negritos de Huallayco y La Alameda.
Los Negritos del Patrocinio
Los Negritos del Patrocinio —como también se les llamaba— conservan una tradición de más de cien años y mantienen su primerísima calidad en el baile y en el vestuario. Bailan los días 1, 2 y 3 de enero.
Pero, en los últimos tiempos, ya no guardan el comportamiento de los de antaño. Los de antes jamás se quitaban la máscara en público y solo lo hacían en casa de los mayordomos, en estricto privado, únicamente para servirse el locro y los cuyes.
La chicha, el guarapo y los licores los tomaban con la bombilla. La bombilla es una especie de sorbete con una esferita en el centro —semejante a la que usan los gauchos para tomar el mate— que impide que esta caiga al vaso o a la botella.
Cada integrante de la cuadrilla llevaba su bombilla al cuello, atada con una cinta de seda. Los caporales y los guiadores tenían bombillas de oro; los demás, de plata.
Máscaras, reserva y disciplina
Si los negritos no se despojaban de la máscara, los corochanos, los abanderados, la dama y el turco jamás lo hacían, ni siquiera en casa del mayordomo. Ellos tenían un cuarto especial, “secreto”, donde eran atendidos en forma muy reservada.
¿Por qué? Porque los corochanos y abanderados se encargaban de guardar el orden y castigaban —los primeros con el látigo y los segundos a codazos— a quienes se insubordinaban. Lógicamente, no querían tener líos con ellos después de las fiestas.
La dama y el turco guardaban su reserva por razones obvias, pues la dama era un hombre. En aquellos tiempos, ¿qué mujer iba a atreverse a bailar sola entre hombres?
Fiestas religiosas y memorias del barrio
Otro motivo de fiesta en el Patrocinio era la bajada de las cruces de Puelles, en solemne procesión. Había jolgorio general y vistosos castillos de fuegos artificiales durante las primeras semanas de mayo.
Finalmente, diremos que en otros tiempos hubo en el Patrocinio un cura muy recto y francote que los domingos, muy de mañana, solía llamar a misa a sus feligreses mediante un potente altoparlante, señalándolos con nombre y apellido.
Eran tan reiteradas sus llamadas a una señora de la vecindad, y tantas veces repetía el cura su mensaje —“La feligresa Fulana de Tal, sírvase presentar a la iglesia”—, que los vecinos comenzaron a llamarla “La Feligresa”.
Así se la conoció por muchos años. Cuando querían nombrarla cariñosamente, le decían “La Fillica” o simplemente “La Filli”, en el lenguaje coloquial huanuqueño.
La Alameda como campo de aprendizaje
La Alameda solo tenía dos hileras de árboles, de modo que al centro quedaba un inmenso pampón al que se daba múltiples usos.
Así, por ejemplo, servía como campo de entrenamiento y preparación para los “movilizables”. Los “movilizables” eran aquellos ciudadanos que no salían sorteados para enrolarse en el Ejército y que cada domingo debían realizar sus maniobras militares de siete de la mañana a una de la tarde.
Allí se prepararon los huanuqueños que irían a pelear a Leticia, en la guerra contra Colombia, entre los llantos de las madres, hermanas y novias. En ese grupo también lloró mi abuela por su único hijo varón.
Felizmente, la guerra no se produjo y, como se dice, la sangre no llegó al río.
Bicicletas, carros y exámenes de manejo
La Alameda también servía como campo de aprendizaje para manejar bicicleta. Te llevaban a las graderías del Patrocinio, montabas la “máquina”, te persignabas y luego los amigos, de un empujón, te lanzaban por la bajada con dos destinos posibles: o mantenías el equilibrio y dominabas la máquina, o te ibas de bruces a tierra, dándote grandes porrazos.
En La Alameda también se aprendía a manejar carros, sobre todo a dominar los cambios y las curvas. Muchas veces, los futuros pilotos terminaban estrellados contra los pobres árboles.
Aún hoy persiste esta tradición, pues allí toman exámenes de manejo para obtener licencia de conducir autos o motos.
Carnavales desde una caja mágica
La Alameda era el centro de reunión de los carros alegóricos y de las comparsas de Carnaval, y esta costumbre aún subsiste. Allí se reunían las primorosas reinas de los diferentes barrios para iniciar su recorrido por la ciudad.
Los niños, desde una esquina de Huallayco, trepados en las rejas de la casa de don Augusto Ramírez, veíamos salir el corso de La Alameda como si saliera de una inmensa caja mágica.
De ahí venían los chunchos desnudos y pintarrajeados en sus bicicletas. Luego, los chalanes en sus caballos enjaezados de plata, terciado el poncho y lanzando serpentinas “de conversación” a las niñas de los balcones.
Enseguida aparecía el buque de músicos disfrazados de marineros, donde distinguíamos al maestro Ávila y a los Rosales. Los corsarios, con ojos parchados, pasaban en otro bajel cantando la canción o la muliza del Carnaval.
Más allá venían las innumerables comparsas de a pie, echando harto talco, chisguetes y serpentinas. Pasaban los dominós, pierrots y colombinas; los árabes, las odaliscas, los soldados y militares; las mascaritas y los negros desnudos y embetunados, mostrando los dientes blanquísimos; los payasos, los “shucos” y “shuconas”; y los botecitos y avioncitos de cartón armados sobre bicicletas.
Luego venían Don Calixto y La Pimienta, con sus trajes reales y sus coronas de fantasía, montados en blancos corceles —de horcajadas él, de medio lado ella—, sonriendo a todo el mundo y agitando las manos entre el griterío popular.
¡Ah, sábado de Carnaval!
Y luego, coronándolo todo, las reinas de los barrios: la de San Pedro, sobre un gigantesco cisne blanco; la de Iscuchaca, en la alta torrecilla de un castillo; la de San Juan, en un trono; la de Calicanto, sobre una inmensa rosa; y la de Huallayco, en el lomo de un dragón que echaba fuego por los ojos.
¡Días de oropel y de jolgorio! ¡Dorados por la lejanía del tiempo y esmaltados con la pátina de la añoranza!
La gran gimcana de Fiestas Patrias
El 30 de julio de cada año —feriado hasta los tiempos del presidente Prado— finalizaba el programa de Fiestas Patrias con una “Gran gimcana en la Avenida de la República”.
El señor alcalde daba inicio a la gimcana a las dos de la tarde, entre música, ventarrones y polvareda. La muchedumbre se apiñaba debajo de los árboles y en La Alameda empezaba el espectáculo con la participación de muchos niños espontáneos, deseosos de ganarse cinco soles o una libra, dinero nada despreciable entonces.
Bajo la dirección de dos o tres empleados municipales comenzaba la “carrera de encostalados”. Luego venía la carrera de conducir un huevo en una cucharita y, enseguida, la descomunal “competencia de glotones”.
Había que comer, en el menor tiempo posible, seis enormes roscas de pan, una mano de plátanos y dos botellas de chicha. Algunos entraban a concursar solo por comer.
Después venía el “rompeollas”, una especie de piñata mexicana en la que el concursante, con los ojos vendados y una vara, debía romper una de las tantas ollas donde se escondía el premio.
Generalmente rompía las ollas que contenían agua con anilina, dándose un gran baño de color o garroteando al público, entre la algazara de la muchedumbre.
El palo ensebado y el final de la fiesta
“Las manzanas encantadas” y las “sartenes tiznadas” eran el preámbulo para el “palo ensebado”.
Este era un largo eucalipto liso y empinado, embadurnado con una espesa capa de grasa, en cuya punta tremolaba, cual bandera, un billete flamante de una libra.
Los muchachos trataban vanamente de llegar a la punta. Lo único que lograban era engrasarse las manos, la cara y el cuerpo hasta no más.
Cuando ya casi nadie se animaba a seguir trepando al palo, aparecía un muchachito ágil e inteligente —Carlitos Tello—, quien, con mameluco de mecánico y una soguilla, subía con suma facilidad y arrancaba el billete de diez soles entre los aplausos de la multitud.
Como ya moría la tarde, después de este número la banda de música tocaba una cachua y una marinera de despedida.
¡Tiempos aquellos!










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