Por Arlindo Luciano Guillermo
Terminaron las clases en el colegio, empieza la nostalgia y fluye sincera la gratitud para usted que ha sido testigo excepcional de mi adolescencia, mis dudas ante la vida y los sentimientos. Quisiera yo decirle algunas cosas que he decidido que conozca, que no sería justo que me las guarde para que nunca lo sepa porque merece saberlo. En abril cumpliré 18 años, cambiaré mi DNI a otro color, pero tengo la necesidad de abrir las compuertas de mis emociones y pensamientos. ¿Recuerda esta frase?: “No es lo que dices, sino cómo lo dices”. Usted preguntó cómo se llama esa habilidad blanda; yo le respondí “asertividad”. Cogió su registro auxiliar y me puso 10 puntos en participación en clases. Desde entonces no he dejado de aportar ni debatir con razones, respeto y argumentación. “Quien insulta no tiene argumento”, decía. Luego de más de una década de estar en la escuela egresó y me voy a la universidad donde me esperan unos cinco o más años, antes de titularme e incorporarme al mercado laboral. Con el tiempo formaré mi familia, tendré hijos y el ciclo se repetirá, seré padre de familia y mis hijos tendrán un profesor. Y usted estará con más años, pero apenas pueda lo visitaré, lo abrazaré, le miraré a los ojos (como me enseñó) y solo tendré palabras de gratitud y efecto. Profesor, lo quiero y admiro, a pesar de su condición de imperfecto.
Elogio su paciencia. No sé de dónde sacaba tanta paciencia para tolerar (a veces aguantar) las majaderías de mis compañeros, la indiferencia por el aprendizaje. Su voz serena, jamás lo escuché gritar ni alterarse, parecía que amansaba a las fieras que se lanzaban para hacerle trizas. Ahí estaba su paciencia de monje budista, su palabra exacta para neutralizar y motivar. Nunca lo vi enfadarse, enojarse ni perder los papeles por el escaso interés por las clases, los temas, la lectura, la investigación y el conocimiento. Recordaré su frase célebre: “No hagas lo que no quieres, sino lo que crees que debes hacer; y si lo haces, hazlo bien”. Eso nos llegaba a la cara como un baldazo de agua fría. Yo sí lo escuchaba. Creo que veía en mí una luz al final del túnel; eso era suficiente para no renunciar a enseñar. Decía usted que un profesor que no tiene paciencia debería dedicarse a otro oficio u ocupación para no perjudicar ni maltratar estudiantes. Eso es verdad, lo he comprobado en su trabajo diario. No recuerdo que me haya expulsado de clases por alguna travesura o berrinche. Siempre lo vi tolerante con la discrepancia, con las ideas diferentes a las suyas. “Nadie es dueño de la verdad; aprendan a decir su verdad y defiéndanla con argumento y firmeza”, exhortaba. Nos animaba a discutir, a pensar, a disentir, a no estar de acuerdo, necesariamente, con los demás, a no repetir al pie de la letra la lección. A eso lo llamaba pensamiento crítico.
Reía siempre con sinceridad. Una sonrisa fresh nunca faltó en su rostro. Decía: “La risa, jóvenes, tiene tres efectos: ahuyenta el estrés, retrasa la vejez y alarga la vida”. Nosotros reíamos colectivamente para comprobar su hipótesis. Pareciera que no le interesaba nada de lo que ocurría a su alrededor; sin embargo, se trataba de un estilo tan moderado de enfrentar las circunstancias. No era un payaso, un cómico ambulante ni un grosero chistoso, sino que a todo le ponía buen humor, tomaba las cosas y los momentos tal como venían o se presentaban. Usted, a diferencia de mis padres, me hizo entender que la educación no es una nota: un 20 no me hacía sabio ni científico por encima de los demás ni un cinco me convertía en un liliputiense (la palabra es suya) ni un estudiante incapaz ni “duro para los estudios”. Ahora eso lo comprendo cabalmente. Aprendí así a tolerar la frustración. “En la vida se cae, se tropieza, pero hay que levantarse solo o con ayuda”, sentenciaba con actitud de filósofo oriental. No teníamos que pensar como usted. Claro que había cosas que no admitían discusión: la Tierra es redonda, uno más uno es igual a dos o que un triángulo tiene tres lados. Nos recordaba, como si transfiriera una herencia intelectual, lo que le dijo el catedrático en la universidad cuando apenas era un cachimbo: “Tiene más nota en el curso quien más discute con argumentos con el profesor porque desconfío de quienes piensan como yo”. Así, según contaba, fue reforzando su hábito de lectura, la argumentación en el debate y la pérdida de miedo ante un docente universitario. En pocos meses eso haré porque voy a estudiar Derecho y Ciencias Políticas; seré abogado, quizá ese fiscal, juez supremo o miembro del Tribunal Constitucional que usted me dice que puedo llegar a ser si me lo propongo. “No tengan miedo a equivocarse”, decía.
Gracias por motivarme a pensar, razonar, inferir, usar la cabeza antes que los pies, a no insultar ni “enlodar” la dignidad del prójimo, que las emociones son peligrosas en las decisiones sentimentales y los negocios. Eso lo tengo clarísimo. ¿Por qué cree que voy a ser abogado y no el médico que quisieran mis padres? Ellos tendrán que esperar que uno de mis tres hermanos elija ser médico como mi padre. Ojalá sea su profesor. Recuerdo que usaba metáforas y parábolas. Presumía ser un agnóstico, no ateo. Cierro los ojos y veo su cabello ensortijado, su barba poblada y negra, elegante, enfundado en su terno negro. Se percibía que era un rebelde adulto, cuestionador de la injusticia y la indiferencia. Sé que alguna vez fue un activista político en la universidad. Eso me contó mi madre que fue alumna suya en una academia preuniversitaria. Para hacernos entender que la vida es una sola decía: “Nadie tiene boleto de retorno a la vida después de la muerte”. La poesía era su pasión; la filosofía, su consejera y antorcha. Siempre voy a recordar esas tres palabras que siempre no olvidaba decirlas: ikigay, ichigo-ichei y multitasking. Con esos términos explicaba que la vida es una misión ineludible, que no hay que dejar para mañana lo que se debe hacer hoy y hacer una cosa bien antes que muchas y mal. Disfruten la vida hoy, solo existe el presente, decía cuando se ponía vital.
Yo siempre lo voy a conservar en mi corazón y en mi memoria. Usted ha influenciado en mi vida personal incluso en la elección de la cerrara. “Quien va a estudiar eres tú, no tus padres”, sentenciaba como un juez imparcial. Ahora sé que tengo que tomar decisiones y pensar con autonomía sin necesidad de usted ni de nadie, pero escuchando la alerta de la experiencia. Yo no soy agnóstico, creo en Dios y algunos santos. Antes de terminar quisiera recordar su frase desafiante: “No crean en mis palabras, sino en lo que ven y hago; en un país de charlatanes hay que tener cuidado con la palabra oral o escrita”. Y esas dos exhortaciones al final de las clases: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer” y “Lean, no se olviden: quien lee piensa y cuestiona”. Profesor, hasta pronto. Le devuelvo su adagio: “Arriero somos y en el camino nos encontramos”.







Comentarios
Comparte tu opinión de manera respetuosa.
Inicia sesión para dejar un comentario.