La Asociación Cultural Paqarin ha entregado al público lector su primera publicación titulada Hijos de la nación (Ed. Paqrin, 2026), una selección de cuentos breves, cuyos autores son, en su mayoría, jóvenes y que, como el propio prologuista del libro señala, tienen al frente muchos escalones que ascender en el mundo literario. Recordemos que Cortázar señalaba que el cuento debía ser un incisivo relato que transmita, además, una tensión interna y un ambiente que envuelva al lector desde el comienzo. La presente antología gira en torno a los episodios de violencia (social y política podríamos decir) ocurridos en el Perú entre el 2020 y 2025. Con esta temática, Paqarin busca lograr el propósito trazado por Cortázar. No obstante, algunos narradores deciden apartarse de este hilo temporal y temático para retroceder a la violencia de los años 80 o abordar otros temas, sin apartarse de las problemáticas sociales y políticas. Paradójicamente, son estos los que alcanzan una mayor trascendencia, pues, aunque traten hechos de un determinado tiempo, logran dotarle a sus historias de una universalidad y humanidad aplicables a cualquier otro espacio y/o tiempo.
En estos lineamientos, merece especial mención el cuento “La búsqueda del tesoro” de Édgar Quispe, cuya prosa transpira aires vallejianos en cuanto a la solidaridad del hombre y el pensamiento genuino de unos niños que, a pesar de los sueños individuales que poseen, también anhelan ayudar a toda su comunidad; es decir, los niños son una especie de fuente de aquella tradición comunal incaica que supervive en los pueblos peruanos. El autor, mediante un verbo lírico, construye una historia fluida, entendible y cargada de alegorías, tal como se puede apreciar en el cierre del cuento, donde la esperanza permanece viva porque el sueño aún no se concretiza; el oscurecimiento del cielo invernal parece reflejar la incertidumbre del presente en pugna con el futuro esplendoroso avizorado por los pequeños. De ahí que la voz narradora señale: «Pero, a lo lejos, se veía soleado. Las sombras eran pasajeras» (p. 57)
También se yerguen los dos cuentos de Vangoh Leonardo titulados “Una visita breve” y “El general y la niebla”, haciendo una audaz introducción en el cuento psicológico. En ambos cuentos, Leonardo logra expresar la complejidad de la mente humana, sobre todo cuando esta se sume en el olvido. El personaje de “El general y la niebla” yace atrapado en su pasado, pero en aquel pasado funesto que él mismo creó para otros. Su conciencia funciona, pese al Alzheimer, como un círculo infernal de Dante que lo tortura y lo martillea sumergiéndolo en la demencia. El enfoque que hace sobre la guerra interna suscitada en el 80 y 90 resulta novedoso. En este, los que pertenecieron al grupo gubernamental pueden salvarse de la “justicia política”, pero no del tormento de su conciencia, y así como Dante condenó a sus enemigos a castigos horrendos, el personaje principal de esta historia sigue sufriendo por el horrendo cargo de conciencia; olvida lo que no quisiera, pero recuerda lo que sí quisiera borrar. «Todo se borrará, menos nosotros» (p. 76). Al parecer, esa es una condena más atroz que la prisión.
Enrique León, en su cuento “Ese silencio aún está aquí”, recurre a lo absurdo kafkiano, pues su llamado absurdo se constituye en una ficción alegórica de denuncia social. El protagonista tiene un aire del señor K., protagonista inolvidable de la novela El proceso, solo que aquí la alegoría de la prisión colinda con la concepción sobre la dictadura eficaz de Aldous Huxley en Un mundo feliz, pues La Mazmorra envuelve a la ciudad entera, sin ninguna explicación: obviamente, La Mazmorra es el símbolo de la opresión contra el hombre mismo, quien no se percata de ello y reacciona con un silencio inaudito. «Todos los demás habían perecido al ser tragados por La Mazmorra que ahora ocupaba toda la gran ciudad. Ahora los niños juegan tras sus barrotes, sus torreones y muros silentes. Para ellos, solo es una ciudad» (p. 111). La única manera de escapar de aquella prisión disfrazada de ciudad, es refugiándose en las alcantarillas tal como logra hacerlo el protagonista.
Los cuentos se encuentran imbricados por la tragedia, sin caer en el pesimismo. Decían ya Nietzsche y Vallejo, que la literatura trágica no es lo mismo que la literatura pesimista. Se es trágico porque la realidad suele ser trágica; es decir, la literatura trágica expone la tragedia social de nuestra época e impulsa al hombre a luchar contra esta, mientras que la literatura pesimista, como argumentaba Vallejo, paraliza al hombre en tanto que se da todo por terminado en una catástrofe imposible de modificar. La mayoría de los cuentos, reunidos en Hijos de la nación, cumple el propósito que, a mi parecer, se han trazado los integrantes de Paqarin, pero otros decaen en la calidad y carecen del impacto que debería remecer al lector, ya sea porque se tornan en simples relatos contenedores de excesiva ternura o victimización —es decir, forzado esquematismo para encasillar a buenos y malos— o en sencillas crónicas carentes de intensidad.
En conclusión, Hijos de la nación contiene cuentos muy bien logrados y de gran impacto, pero también algunos que decaen por la necesidad de transmitir directamente un mensaje político y no logran hacerlo de manera literaria, o estancarse en una dimensión momentánea y no universalizar los sucesos que relatan. Es natural que en toda primera publicación de una agrupación, colectivo o asociación se incurra en estas leves falencias, pero, como lo hemos expuesto, auguramos un gran futuro a los escritores jóvenes que conforman este su primer volumen.










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