Federico García Lorca, poeta granadino, amigo en la Residencia de Estudiantes de Madrid -aquel hervidero de pensadores y artistas- de Luis Buñuel, Rafael Alberti y Salvador Dalí. Poeta de la Generación del 27, irrepetible como el Siglo de Oro del siglo XVII o la Generación del 98 de Miguel de Unamuno y Antonio Machado, admirador de Manuel de Falla, la actriz de teatro Margarita Xirgu hizo rodar por el mundo Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba. Tus libros y tu vocación de poeta quedaron para siempre en la Tierra. Sí, el crimen fue en Granada.
Treintiocho años. No hay poeta más íntegro y versátil como tú. De todos los poetas, Federico, tú eres el más tierno, sutil, con buen oído para escuchar al pueblo, vestidor de palabras y conceptos, sincero, transparente, vital como el agua y el pan. Eres el tiempo que navega como un barco velero eternamente peregrino; eres todos los colores del arcoíris y los perfumes de las flores. Nos arrebataron tu vida terrenal, pero no al poeta y su poesía. Eres inmortal. A veces llora un lector como un huérfano tu ausencia y recorres como un santo patrón por las calles de Madrid. En Granada naciste, en Granada se acabó tu respiración prematura. Eres la nieve perpetua de las montañas; eres el río que jamás se detiene hasta llegar al mar. Tus confidentes fueron las gitanas que celebraban tu onomástico y la publicación de tus romances y cante jondo en España o Nueva York, con alegría cosmopolita, con panderetas, sonajas, chancletas rústicas, mirando esquivas a la luna, el resplandor de los cuchillos y el galope del caballo. ¿La muerte? Claro que tuviste miedo como todos, pero no te corriste. En ninguna carta, el viejo gitano vio la fatalidad ni la tragedia. Ese día estuvo ciego para leer el símbolo de advertencia. Hermano poeta, camarada dramaturgo, cierro los ojos, te veo cabalgando un brioso corcel, junto a Antonio Torres Heredia, el Camborio, en competencia con la Guardia Civil, por las orillas del río Guadalquivir, detrás del escenario dirigiendo a los actores de La Barraca, recitando versos de Calderón de la Barca, Lope de Vega, Cervantes y Tirso de Molina. No vestiste camiseta política, pero estuviste del lado de los marginales, de los necesitados de una voz, del labriego, de la lavandera, de las viudas, del que no tiene un porvenir. Verde que te quiero verde. Verde Federico, verde gitano, verde romance, verde la muerte, verde tu vida, verde tu sonrisa, verde Granada, verde tus huesos apátridas. Federico, dónde sigue latiendo tu corazón, dónde están tus húmeros, tu cráneo, tus dedos de pianista. En Nueva York, encontraste a ciudadanos negros con historia y tradición y al capitán y viejo hermoso Walt Whitman. La luna llena algún día nos dirá dónde podemos encontrarte.
Noventa años de la barbarie. Los militares fascistas secuestraron España en 1936. No le perdonaron ser diferente, su amistad con artistas e intelectuales de izquierda. Para los asaltantes de la democracia, Federico era terruco, poeta bermejón, comunista, partidario de la hoz y el martillo, enemigo de la sociedad y las instituciones. César Vallejo visitaba los frentes de combate republicanos; luego publicaría España, aparta de mi este cáliz. No toleraron cómo era. Qué culpa tenía él de que la sangre fuera roja; y el corazón, un tambor de guerra. Creyeron que el poeta era peligroso; la homofobia, un código penal. ¿Dónde estás, Federico? ¿Acaso no escuchas nuestras voces de búsqueda? Te detuvieron, te secuestraron, te mataron, te fusilaron y te depositaron en una fosa común. Pero hay muchas fosas comunes donde yacen apilados cadáveres anónimos. ¿En cuál de ellas estás? No te dieron la oportunidad de entrevistarte con un abogado de oficio ni recibir la última bendición de tu madre ni despedirte de tus amigos. No te dieron tiempo de beber una taza de café ni ir al baño para miccionar ni limpiarte las legañas del insomnio. Ninguna intercesión fue razonable para los salvajes. Danos una señal o una alerta, Federico. Tienes derecho a una digna sepultura, hermano poeta. Sé que tu grito sabremos reconocer tus lectores, actores y espectadores. Prende el fuego de tus versos como si fuera un pestañeo de cigarra. Federico, tú eres un poeta; no, un mártir. La muerte no cubrirá con un manto fúnebre tu poesía, tus personajes, tus actos. Federico, tus huesos emergerán de la tierra ensangrentada convertidos en jazmines, mariposas, guiñoles, cuchillos, chopos, gritos clamando justicia, luna llena, arroyo, gitanos y caballos. Sabías que te iban a matar, pero preferiste regresar a tu natal Granada. Seguro que no suplicaste; tus rodillas jamás se quebraron.
No he sido lector devoto de la poesía de Lorca. Tuve un acercamiento necesario y obligado. La poesía y el teatro de García Lorca recién los leí en la universidad. Todo por mi cuenta propia. Dejé receloso, en los 80, el enfoque de los estudios literarios basados en la biografía, períodos históricos, movimientos literarios, catálogo de títulos y anécdotas frívolas. La literatura es sustancialmente lectura y disfrute de literatura. Elegí mejor leer antes que indagar la vida de escritores. Lo primero que compré fue El romancero gitano. Por entonces yo era un lector en ciernes, ingenuo, neófito. Tres poemas terminaron fascinándome hasta el éxtasis: “La casada infiel”, “Romance sonámbulo” y “Muerte de Antoñito el Camborio”. Era también un imperativo leer Poeta en Nueva York, Poema de cante jondo y la trilogía trágica: Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba. Yo tenía una amiga que gustaba de la poesía de Lorca. Repetía de memoria el Romancero gitano. Ella se llamaba Isabel Fuentes, le decía Preciosa, Gitanilla o Gitanilla de Cervantes. No sé si seguirá leyendo a Lorca. El tono trágico de la elegía Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, célebre torero y mecenas español, tiene potencia emocional, viva humanidad y belleza notable. “No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. / Yo te canto para luego tu perfil y tu gracia. / La madurez insigne de tu conocimiento. / La apetencia de muerte y el gusto de tu boca. / La tristeza que tuvo tu valiente alegría. / Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, / un andaluz tan claro, tan rico de aventura. / Yo canto tu elegancia con palabras que gimen / y recuerdo una brisa triste por los olivos”. Con Lorca pude constatar que la poesía es símbolo, precisión matemática sin perder libertad, longitud exacta del verso, la música en el poema como una orquesta sinfónica. Ay, Federico, cuánta falta haces en este mundo de muchos poetas y poca poesía. Millones de rosas se preparan, con linternas como luciérnagas, para buscar la fosa donde te dejaron inerte. Yo, parado, debajo del farol de la plazuela, junto al murmullo del agua de la fuente, pienso en las metáforas de tus versos, en la maldición de los cuchillos, en los gitanos guitarristas, del barco sobre la mar, el caballo en la montaña. Federico, debiste escuchar las súplicas de Rafael Alberti en la estación de Atocha. Pero te fuiste, era más poderoso tu destino trágico como las cornadas mortales del toro, tu familia, tu cumpleaños. Te prendieron y luego no se supo más de ti; solo sabemos que ya no estás vivo.








Comentarios
Comparte tu opinión de manera respetuosa.
Inicia sesión para dejar un comentario.