La tarde caía sobre Huánuco cuando Gabriel Eligio apareció por el malecón con cara de haber discutido con medio mundo. No era para menos: después de recorrer oficinas públicas, había descubierto que para hacer un trámite sencillo uno necesitaba paciencia de santo y tiempo de jubilado.
Gabriel Eligio, alter ego de Andrés Jara, es el mayor de la mancha y también el más respetado, no solo por los años, sino porque fue profesor de Dominic y Felipe, los había visto crecer, meter la pata y, para su desgracia, convertirse en escritores.
¡Mayestros!, saludó al encontrarlos. ¿Qué hacen aquí? ¿Están esperando que el país mejore o que alguien les invite una cerveza? Felipe, alter ego de Jorge Cabanillas, estaba sentado en una banca, fumando su cigarrillo y mirando el paisaje como quien espera que regrese una persona que se fue hace treinta años, estoy recordando, Gabriel, antes la vida era distinta. Claro, respondió Gabriel, antes eras joven y soltero.
Felipe soltó una carcajada y Dominic, alter ego de Doenits Martín, aprovechó, como siempre, meter su cuchara, incluso cuando nadie se la había pedido. El problema es que todo el mundo habla, pero nadie se pregunta por qué estamos tan jodidos, ¡Carajo, Dominic! lo interrumpió Gabriel, déjanos conversar un rato sin que nos vengas a dar lecciones.
No es eso, profesor, yo digo que hay que cambiar la educación desde sus cimientos. ¡Primero cambia tú, Dominic!, soltó Felipe. Tanto hablar de reformas y seguro que en tu casa todavía no encuentras ni tus medias. ¡Qué gracioso eres!, respondió Dominic, ustedes no saben discutir sin agarrarse de uno. Gabriel sonrió, le dio una palmada en el hombro y le dijo: «Te conozco desde que eras alumno, muchacho, antes hablabas para que te pusieran buena nota; ahora escribes para que te lean. ¡Lo único que no ha cambiado es que nunca te falta qué decir!».
La carcajada de los tres espantó por un instante el silencio de la tarde, entre ellos había confianza, podían sacarse los trapitos al aire porque ninguno necesitaba demostrarle al otro que era inteligente, para eso ya estaban sus artículos, donde cada cual se encargaba de exhibir sus propias manías.
Gabriel, por ejemplo, utiliza a su alter ego para meterle el dedo en la llaga a la política huanuqueña, observaba a los candidatos, sus promesas y sus repentinas vocaciones de servidores públicos. Hay políticos que aman al pueblo, dijo, pero cuando llegan al poder descubren que lo que realmente aman es otra cosa. ¿El presupuesto?, preguntó Felipe. ¡Por fin una intervención brillante!, celebró Gabriel.
La política huanuqueña da para escribir una novela, comentó Dominic, cada semana aparece un personaje nuevo y todos terminan con la misma historia. ¡Entonces tienes material para rato!, dijo Felipe. Material sobra, lo que falta es tiempo para escribirlo todo.
Gabriel soltó una carcajada. ¡Tiempo sí tienes, Dominic! Si para hablar no necesitas que nadie te dé permiso, el problema es que, cuando terminas de contar una cosa, ya han pasado tres más.
Felipe tenía su propio territorio; la memoria, en sus historias aparecían las personas queridas, los caminos de antaño, las pequeñas escenas que otros dejaban pasar. Podía comenzar hablando de un cigarrillo y terminar recordando a su madre, una caminata o una época que ya no volvería. Ustedes se burlan, dijo, pero algún día también escribirán sobre sus nostalgias.
Por unos segundos, Gabriel y Dominic guardaron silencio. Eso sí es peligroso, Felipe, respondió Gabriel, cuando empiezas a hablar bonito, uno termina queriendo tomar cervezas. La risa volvió a reunirlos, porque la amistad también consiste en eso, saber cuándo fastidiar y cuándo dejar que el silencio diga lo suyo.
La tarde se les fue hablando de los políticos, de la educación y de las cosas que cada uno creía saber mejor que los otros. Dominic hablaba y hablaba; Gabriel le buscaba la quinta pata al gato, y Felipe, entre pitada y pitada, los escuchaba en silencio.
Al despedirse, los tres se alejaron con la misma certeza: podían discutir sobre casi todo, pero ninguno renunciaría al placer de fastidiar a los otros, porque en Huánuco, entre promesas políticas, reformas educativas y recuerdos que se resisten a morir, siempre habrá tres amigos dispuestos a escribir sobre el mundo, aunque primero tengan que ponerse de acuerdo en quién paga la cerveza.
Las Pampas, 15 de octubre del 2026








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