La situación que vivimos como resultado tanto de las elecciones presidenciales como de las últimas elecciones regionales y provinciales nos muestra claramente una nación con raíces ancestrales, expresadas especialmente en las regiones serranas, y otra nación que todavía vive con los traumas de la Colonia, cuando se consideraba a Lima como la Ciudad de los Reyes.
Lo que vemos es producto de muchas secuelas que venimos arrastrando desde la propia Colonia e, incluso, desde la instauración de la República. Me refiero al problema de que todavía no se considera plenamente al Perú como un país pluricultural y multilingüe, sino que continúan primando criterios raciales y culturales impuestos. Por eso se percibe como un trauma, y aún más como un problema, que una mayoría del Perú profundo o del interior apoye a candidatos de su contexto local, mientras otro sector, más identificado con una visión “blanqueada”, respalda a candidatos preocupados principalmente por la inversión extranjera para extraer nuestros recursos, lejos de pensar en la industrialización o transformación de nuestras materias primas.
El blanqueamiento es un problema que se remonta a la colonización y que se profundizó con la llegada forzada de africanos esclavizados y el avasallamiento de los pueblos nativos del continente. Así, el blanqueamiento se convirtió en un dispositivo de poder que privilegia determinados rasgos y valores y que, de distintas formas, permanece hasta la actualidad.
Por supuesto, este problema también se ve reforzado por el centralismo, acompañado de un burocratismo impuesto por los gobiernos de turno durante las últimas décadas. Muchas veces, desde las regiones se percibe que existe poco interés por el desarrollo del interior del país y que, por el contrario, se levantan trabas mediante comisiones técnicas en diversos ministerios, retrasando proyectos que permitirían ejecutar obras en distintas comunidades.
En este punto, cualquier señalamiento sobre presuntos intereses económicos, direccionamientos, testaferros o cobro de “comisiones” debería estar respaldado por hechos, documentos o investigaciones concretas, pues se trata de acusaciones que requieren sustento.
El blanqueamiento puede entenderse como la búsqueda de escapar de aquello identificado como negro, cholo o indio para asegurarse una mejor posición social dentro de un contexto que históricamente ha valorado lo “blanco” como sinónimo de progreso, civilización y belleza.
Esta búsqueda se desarrolla de dos maneras. La primera, a través del mestizaje en un proceso intergeneracional; y la segunda, mediante la integración a redes sociales no indígenas. Mientras la primera puede hacerse visible en la apariencia física, la segunda revela una dinámica social que puede denominarse blanqueamiento social, donde interactúan distintas fuerzas ideológicas, sociales y personales.
La dimensión ideológica del blanqueamiento social se ha construido en relación con una identidad nacional que privilegia lo blanco, o aquello que se aproxima a ese modelo, y restringe el espacio social y simbólico ocupado por las poblaciones indígenas y otros grupos históricamente marginados. La dimensión social alude a las dinámicas que buscan “diluir y dispersar lo indígena y la cultura andina”, mientras que la dimensión personal incluye diversas prácticas cotidianas mediante las cuales grupos e individuos identificados como no blancos buscan adecuarse a valores culturales, sociales y morales considerados “blancos”.
Estas elecciones son, desde esta perspectiva, un reflejo de ese fraccionamiento y muestran la necesidad de poner en agenda una gobernanza que considere a todos los ciudadanos, sus demandas y sus necesidades.
No es posible que, siendo un país rico en recursos naturales y reconocido internacionalmente por su gastronomía, mantengamos todavía a un importante sector de niños y de la población en general afectado por la anemia, la desnutrición y problemas como la tuberculosis.
A ello se suma una asistencia social deficiente, especialmente en salud. Basta observar las largas colas para solicitar citas médicas, cada vez más restringidas, o los problemas ocasionados por equipos de rayos X, tomógrafos y otros aparatos que permanecen inoperativos o malogrados, obligando muchas veces a derivar la atención hacia establecimientos privados.
Frente a esta situación surge una pregunta inevitable: ¿por qué no se prioriza la reparación o adquisición de nuevos equipos? Si recurrir constantemente a servicios privados termina convirtiéndose en la alternativa habitual, corresponde preguntarse también cuáles son las razones y los intereses detrás de esas decisiones.
Finalmente, de acuerdo con Quijano (2014), se impuso una clasificación racial y étnica de la población como patrón de poder que opera en distintos planos, ámbitos y dimensiones, tanto materiales como subjetivas, de la existencia humana, y que sirvió para justificar históricamente un sistema de dominación.








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