Ahora que se acercan las elecciones regionales y municipales, recuerdo que cuando tenía dieciséis años de edad, uno de los directivos del colegio donde terminé el nivel secundario, me había seleccionado, junto a otros dos compañeros, para hablar en un programa televisivo regional. Antes de nosotros, una candidata entraría al set, pero esta se acercó primero a nosotros y, tras constatar que éramos de institución privada, nos dijo: «Estamos planteando que, en Huánuco, todos los colegios sean privados, porque así habrá mejor educación». Ante esta propuesta que la susodicha pensaba hacer más atractiva con una sonrisa amical, solo pregunté: «Si Huánuco tiene gran índice de pobreza, un gran porcentaje de la población no podría costear educación privada. ¿No sería mejor elevar la calidad de las instituciones estatales y garantizar una enseñanza más democrática?». La candidata se excusó, diciendo que debía entrar al set y que luego me respondería; pero, jamás contestó a esta incógnita. Paradójicamente, un año después, sería mi profesora en la E.A.P. de Economía, aunque, al parecer, ya ni recordaba al chiquillo que le había hecho aquella pregunta algo incómoda. Desde esa época, recuerdo que, políticamente, Huánuco ha ido de mal en peor.
La política de privatización de los centros educativos se impulsó con mayor rigor en la década de 1990, con el gobierno de Alberto Fujimori, aunque ya había intenciones de suprimir la gratuidad de la enseñanza desde Velasco Alvarado, intenciones que fueron frenadas, hasta cierto punto, por las protestas masivas de los adolescentes, jóvenes y padres de familia. Kuczynski, en su gobierno trunco, logró retomar la política neoliberal de Fujimori e impulsar la privatización de instituciones educativas estatales. Actualmente, en el Perú, existen 68,957 instituciones educativas, de los cuales 13,664 son de gestión privada. Huánuco, según los últimos informes, cuenta con 211 (44%) colegios privados o particulares, frente a 264 (56%) de gestión estatal. Pese a esto, la educación peruana y huanuqueña, específicamente, ha experimentado un colapso total, reflejado en los resultados de las pruebas PISA, denotando que la solución jamás radicó en privatizar la educación y, con ello, privar del derecho a educarse a miles de jóvenes que sucumben en la pobreza y la extrema pobreza. Por el contrario, la privatización solo ha servido para aumentar las arcas de la gran burguesía del Perú que se ha involucrado también en la educación y ha sido útil para que una parte de la clase media sin escrúpulos empezara a negociar con un derecho ciudadano.
Según los últimos resultados de las pruebas PISA, el 70% de estudiantes no llega al nivel básico de matemática; poco más del 50% no alcanza los niveles básicos de comprensión lectora, mientras que en ciencias nos ubicamos en el puesto 69 del ranking mundial. Por otro lado, se impulsa la ideología del individualismo enfermizo y el libertinaje sexual como supuesta libertad humana. Hoy, los centros educativos están convirtiendo la educación en una mera instrucción para rendir exámenes de admisión de universidades, descuidando la formación integral de los niños, adolescentes y jóvenes. Lo peor: lejos de crear jóvenes aptos para ingresar a la universidad, están forjando solamente seres extremadamente egoístas, sin valores, sin raciocinio ni capacidad crítica, y enajenados. Por ende, una solución al problema educativo pasa por, primero, democratizar la educación y, parafraseando a José Carlos Mariátegui, no se puede democratizar la enseñanza, sin antes democratizar la economía y, por ende, la superestructura política del país. Segundo, pasa por renovar las metodologías y estrategias de enseñanza-aprendizaje que, hasta ahora, siguen anquilosadas en un método libresco y memorístico; por reestructurar los objetivos de la educación y darle primacía al desarrollo del pensamiento crítico de los estudiantes y a la contribución, desde las instituciones educativas, al desarrollo de la sociedad peruana [esto incluye la aprehensión de nuevos conocimientos, pero de manera significativa]; además, el sistema educativo debe implementarse con recursos necesarios para hacerle frente al raudo avance de la tecnología y los medios de comunicación que, lejos de cumplir una función positiva, tienden, más bien, a divulgar contenidos que disminuyen y/o amputan capacidades humanas de los niños, jóvenes y adolescentes, inculcando hábitos adictivos que debilitan sus capacidades cognitivas y críticas.
Obviamente, con la casta gobernante que ocupa hoy las instituciones gubernamentales, misma que se sostiene sobre la corrupción y ejerce como leal servidumbre de las grandes potencias económicas, sin una pizca de carácter nacional que imbuya a velar por el desarrollo económico, industrial y tecnológico del país, una educación de este tipo se trastoca en un sueño a largo plazo que deberá conquistar la mayoría social a través de sus luchas constantes y sacrificadas, pues como dijera Heráclito de Éfeso: «El indolente (ignorante) se asombra con cualquier palabra» (Fragmento 87) o, en la transcripción exacta de Plutarco sobre dicha frase de Éfeso, «El hombre estúpido suele dejarse asombrar por cualquier discurso» y esto, precisamente, necesitan los gobernantes actuales.








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