Aún recuerdo aquella tarde en la universidad. Tu mirada perdida viendo hacia el horizonte de la facultad. Yo estaba sentado en una silla afuera de una de las aulas. Tenía clases, pero, como era mi costumbre, estaba ausente leyendo un periódico. El calor era algo intenso, pero ahí estaba yo, con mi casaca de cuero haciéndome el rockerito bacán. Quien no ha sido algo ridículo de joven, estimado lector. De un momento a otro te acercaste. Hola, ¿podrías acompañarme a sacar unas copias, por favor? Sí, claro, te acompaño, te respondí, poniendo la voz más impostada posible. Fuimos como si huyéramos de algo o de alguien. Llegamos, sacamos las copias y nos dirigimos al parque aledaño que daba al frontis de la universidad. Ahí empezó todo. Nuestra historia.
Me había costado mucho salir de algunas noches en vela antes de que te aparecieras frente a mí. La chica de la tele, la que salía en el noticiero de la diócesis y que hacía un programa cultural. Aquella tarde nos quedamos juntos hablando por un buen rato, sentados en ese parque. Me dijiste tu nombre mientras encendía un cigarrillo y empezamos a conversar. Aunque no te conocía en persona hasta ese entonces, tu presencia me hizo sentir, luego de mucho tiempo, en paz. No recuerdo cuánto tiempo hablamos, pero desde ese entonces despegarme de ti fue algo que nunca más quise hacer. Aunque no podría explicar por completo cómo fue ese momento, sentía como si, luego de cruzar palabras contigo por primera vez, mi vida se hubiera partido en un antes y un después.
Desde entonces me quedaba en el chaparral de la facultad esperando a que salieras de tus clases. A veces afuera de tu salón. No importaba si tuviera clases o no tuviera nada y ya pudiera irme a mi casa temprano. Solo verte salir y recorrer las luces de la facultad era suficiente para que el corazón me empezara a latir y a ponerme nervioso, sintiendo la imperante necesidad de ir tras de ti. A veces sin ningún tema de conversación o cosa pendiente de las clases, solo estar ahí contigo y poder ver y escuchar tu risa, esa que aliviaba mi mente y hacía que la vida doliera un poquito menos. Me sorprendía tu inteligencia, tu carácter fuerte y esa forma tierna que tenías de ser, como si pudieras leer mis emociones por dentro. Huánuco era una de noche cuando me iba solo a mi casa y otra cuando me dejabas acompañarte. Era una cuando me sonreías y otra cuando volteabas el rostro para irte. Era, después de mucho tiempo, realmente feliz con solo imaginarme lo que podría ser, lo que podríamos ser.
Recuerdo esa obra de teatro que hiciste con los chicos de tu grupo en la universidad. Esa tragicomedia en donde hicieron de todo para darle un tono dramático y de terror. Luego hicimos grupo juntos. Era una historia de un par de asesinos enamorados y malvados a la vez. Pese a lo tímidos que fuimos en los ensayos, ¿quién iba a pensar que nuestro primer beso largo fue haciendo teatro? Luego ocurrió fuera de escena y, aunque no pudo ser en un inicio, siempre quedó en mí la esperanza de que era posible. Estuvimos alejados, vivimos por nuestro lado y un día nos reencontramos. Éramos tercos y reacios a darnos la oportunidad. Incluso nos alejamos un tiempo, hasta que un día me dijiste para hablar. Quizás estaba resignado a la idea de ser solo amigos, pero me diste el sí y me abrazaste, como si me dijeras: yo también te estaba esperando, mi amor.
Muchos dicen que es un cliché el decir que todo tiempo pasado fue mejor y es cierto, pero para mí, de alguna forma, lo fue. Era feliz mientras te tomaba de la mano entre clase y clase. Lo era mientras hacíamos los trabajos juntos y nos saltábamos algunas clases para irnos a comer y a caminar riéndonos y jugando. Lo era cuando me quedaba dormido en tus brazos y sentía una paz que me adormecía y se llevaba todos mis pesares. Lo era mientras nos reíamos de nuestras ocurrencias y lo era cuando te veía en el amanecer, con tu cabello despeinado, pero tan bella como aquella tarde cuando te acercaste a mí. Y no fue fácil. Problemas no faltaron y desacuerdos tampoco. Más de una vez estuvimos al borde del precipicio, pero hicimos lo que había que hacer. Nos sujetamos fuerte de la mano y nos prometimos jamás soltarnos, sin importar lo que ocurriera.
Aunque quizás flaqueamos en nuestra promesa y a veces nos dejamos solos, sobrepasados por la cruda realidad y a veces hasta teniendo que adaptarnos a lo que es la jungla del sálvese quien pueda y la supervivencia del más fuerte, supimos siempre cuál era nuestro horizonte. Podríamos habernos rendido y empezar de nuevo, cada uno por su lado, pero no. Había encontrado mi hogar y, aunque a veces lloviera día tras día, siempre supe que jamás llueve eternamente. Y fue también como aquella tarde lejana en donde nos hablamos por primera vez, en donde una noche te olvidaste tu cartera en la universidad y, reacio a dejarte ir sola, nos enfrentamos a una fuerte lluvia juntos. Una vez te dije que cada vez que iba a estar con alguien, siempre debíamos estar juntos en plena lluvia. Era como una señal para mí, una que se cumplió como tres veces contigo.
Y así fue y de alguna manera era como la vida misma. Sin importar lo fuerte que fuera la lluvia, el frío que hiciera y lo empapados que podíamos quedar, seguíamos adelante. Sé que este año fue duro para nosotros. Los últimos años ciertamente lo fueron, pero jamás dejé de pensarte y añorar cómo sería nuestro destino juntos. Jamás dejé de acordarme de aquella noche en el karaoke, cuando salimos juntos a cantar y escuchamos por primera vez nuestra canción. A un minuto de ti de Duncan Dhu. Y recuerdo cómo te me quedabas viendo mientras cantaba: "El amor después del amor" de Fito Páez. Después vino el beso y las cervezas que iban y venían mientras terminamos abrazados en medio de la pista de baile de una discoteca. Recuerdo cuando el humo salió y, como si fuera una ilusión, desaparecieron todos, quedándonos solos tú y yo, como si estuviéramos en una nube, más juntos que nunca.
Aunque haya habido y quizás sigan existiendo personas que odien lo que alguna vez construimos y seguimos construyendo, quiero que sepas que siempre estaré aquí. Si soy alguien mejor ahora, fue en muchos sentidos gracias a ti. Con tu dureza y tu forma de ser franca y directa, no menos amable por ser así, me dijiste muchas veces lo que necesitaba y muchas veces lo que no quería escuchar. Porque a veces hay personas así en tu vida, que vienen y te sacuden de lo cotidiana y rutinaria que puede ser la mera existencia. Y llegaste cuando más te necesitaba y siempre sabiendo que, inevitablemente, volveríamos al lugar donde fuimos felices para atrevernos a ser aún más felices. El libro de nuestra historia se sigue escribiendo y faltan muchas páginas y capítulos por contar.
Mi amor. Sé qué hace mucho tiempo me dijiste que no te escribo cartas como antes. También sé que guardas en una cajita las cartas que te escribía cuando nos conocimos. Sé que deben ser al menos unas cuarenta. Pues ahora serán cuarenta y uno y puedes estar segura de que serán muchas más. En unos días cumplirás un año más de vida y solo me puedo acordar de las tantas veces que pasamos esos días juntos. Nos conocimos cuando éramos muy jóvenes y ahora la vida ha hecho su trabajo, pero lo que nunca cambió fue el amor que nos tuvimos. Mientras termino de escribir esto, solo puedo recordar las letras de nuestra primera canción: “Antes de tres lunas volveré a por ti, antes que me eches de menos; dejaste riñas muertas, hundidas al pasar, nunca te he esperado tanto”.








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