Luego de haber vivido este año electoral al límite, ciertamente es hora de variar en algo los temas que les traigo todos los miércoles y qué mejor que hacerlo con algo que me apasiona, que son los libros. En este caso, regreso a mis años de lector joven, en donde, envalentonado por haber logrado leer algunos clásicos relativamente desafiantes, decidí empezar a leer literatura rusa, considerada por muchos algo más retadora para el lector promedio. En este caso, mi primer libro de este tipo fue “Ana Karenina” de León Tolstói y la verdad es que fue todo un desafío. Desde aquí, si eres un lector primerizo, tómate tu tiempo para entrar a los clásicos y empieza por algo más accesible. En mi caso, esta obra requirió de más de una lectura y, la verdad, pese a su complejidad inicial, se ha convertido con el tiempo en uno de mis libros favoritos.
La historia nos sitúa, por supuesto, en la coyuntura de la alta sociedad rusa, en donde seguimos el matrimonio de nuestra protagonista, Ana Karenina, que convive en un matrimonio desabrido y carente de pasión con su cónyuge, Alekséi Aleksándrovich Karenin, funcionario relativamente de buena reputación y de importante posición económica. En esa rutina repetitiva y asfixiante, Ana conoce al conde Alekséi Vronski, militar del que se enamora y con el que empieza una relación paralela a su matrimonio. Es sobre ese hilo conductor que la obra nos hace un repaso no solo de esta relación de amantes, sino de cómo la sociedad de su tiempo reacciona ante la misma.
Durante el desarrollo de la obra, nuestra protagonista es plenamente consciente de que esta situación puede fácilmente no solo destruir su matrimonio, sino echar sobre ella una sombra social que la perseguiría para siempre. Pese a ello y a la mancha que penderá sobre su reputación, decide entregarse por completo a ese amor prohibido. El poner fin de repente a su matrimonio genera la reacción de escándalo y rechazo hacia la figura de Ana, pendiendo sobre ella una condena social que se suma al dolor de perder en el camino a su hijo, a quien ama profundamente y del cual se ve aislada y alejada por su decisión.
Por su parte, Vronski, que también la ama y decide estar con ella, es testigo de cómo ese amor intenso que hizo que Ana fuera tras él empieza a derrumbarse con los celos, inseguridades y depresiones de la misma, que teme que aquella decisión que tomó y que la alejó de su propio hijo pueda acabarse dejándola completamente sola. Es particularmente duro como lector el seguir el periplo emocional de Ana, la cual poco a poco va descendiendo a un abismo fruto no solo de sus propias decisiones, sino de un ambiente social que la ve casi como una paria.
Al mismo tiempo que se desarrolla el periplo emocional de nuestra protagonista, la novela presenta la historia de Konstantín Levin, un terrateniente que profundiza sobre cuestiones como el amor, el deseo y la felicidad, mientras que a la vez se va enamorando de Kitty Shcherbatski, con quien, pese a vivir algunas dificultades, logra quedarse junto a ella. Esto a la vez hace un paralelismo con la relación de Ana y Vronski, marcada por las inseguridades y el dolor, mientras que la relación de Levin y Shcherbatski se cimenta sobre raíces más fuertes como la sinceridad, el compromiso y el futuro de una familia.
El final de la novela es particularmente trágico y ciertamente no se las contaré, porque deseo que tengan la oportunidad de descubrir este clásico por ustedes mismos. Eso sí, creo que uno de los principales mensajes que el autor trata de contar en su obra es cómo el amor puede ser en muchos sentidos un arma de doble filo. O bien te hace la persona más feliz o la más desdichada del mundo. Como una vez escuché decir a un psicólogo cuyo nombre no recuerdo, es que tanto el amor como la soledad implican correr un riesgo emocional. Es algo de lo que, para bien o para mal, nadie puede escapar.
Cabe destacar igualmente la maestría con la cual Tolstói hace una crítica sutil, pero igual de mordaz, a la hipocresía social de la época, en donde la infidelidad de una mujer es vista como un escándalo imperdonable, mientras que la de los hombres es disfrazada y protegida bajo un falso manto de moralismo y rectitud. Incluso durante estos tiempos, pese a la revolución sexual y los avances del feminismo, aún se pueden ver los rezagos de una sociedad machista que sigue siempre predispuesta al linchamiento público de las mujeres, hecho que ha tenido lamentablemente una mayor voz gracias al uso y masificación de las redes sociales.
Y es que, pese a ese mensaje, el autor también hace una gran diferenciación entre el amor pasional y destructivo de Ana y la búsqueda de un amor con sentido y responsabilidad por parte de Levin. Dos tipos de amor que aún conviven en nuestra sociedad y que en este caso se reflejan en un contexto social de la Rusia de esos tiempos. Es, al final, lo interesante de la condición humana. No somos víctimas ni victimarios perfectos, sino resultados de nuestro tiempo y seres que vagan en algún momento entre el límite de nuestra propia luz y oscuridad. Humanos, demasiado humanos, como diría Friedrich Nietzsche.
En fin, como menciono líneas arriba, la literatura rusa es particularmente desafiante si no eres un lector que ha tratado previamente con lecturas algo básicas y hasta de regular nivel. Igualmente, cuando se sientan listos, este es un gran libro que los estará esperando y al que espero que le den una oportunidad. Yo, habiendo leído considerablemente algo en mis cortos 30 años de vida, debo confesar que, pese a apasionarme el tema de las guerras napoleónicas, no he podido avanzar con el libro: “La guerra y la paz” de este mismo autor y puedo decir, parcialmente derrotado, que es una lectura pendiente para cuando me sienta listo. Y ustedes, ya están listos para empezar su travesía lectora.








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