Acabó la fiesta electoral y empieza la tarea más complicada y de mayor responsabilidad social, ética y política: gobernar. Una autoridad rinde cuentas a los ciudadanos de los resultados de gestión. Una cosa es con cajón y otra con guitarra. Campaña electoral no es lo mismo que gobernar una región con 11 provincias y una ciudad con serios problemas sociales y de orden que demanda urgente atención y solución. La gestión pública tiene un solo objetivo, dentro de la ley y la normatividad vigente: resolver problemas de los ciudadanos, promover el bienestar, el desarrollo sostenible y oportunidades de empleo e inversión en educación, salud y calidad de gasto del presupuesto. Si se logra que Huánuco se ubique, en el ranking nacional, entre los primeros lugares, en logros de aprendizaje en comunicación y matemática, sería mejor, de mayor impacto social y educativo, que construir un estadio deportivo, allí donde los niños son flagelados por la anemia y la desnutrición crónica infantil. Eso va a depender de qué es prioritario para el gobernador regional. La ENLA regional tiene que anticiparse a la ENLA nacional. Es una necesidad educativa la elaboración, en el primer año de gestión, del Currículo Regional, entrenamiento pedagógico a los docentes rurales y urbanos y ajustar y reforzar el PER (Proyecto Educativo Regional). El gobernador regional es ingeniero civil. Esa tarea la tienen que asumir los directores sectoriales y gerentes con su liderazgo visible. La educación y la salud deben ser sus prioridades. Sin educación de calidad e inclusiva y salud vigorosa, no hay progreso. Así se configura el triángulo de la gestión gubernamental: desarrollo humano, gasto público e infraestructura. La eficiencia dependerá de quiénes lo van a liderar. Como si fuera un entrenador de fútbol, que quiere llegar al mundial, el gobernador regional y el alcalde tienen que escoger, con escrúpulo y objetividad, a aquellos que demuestren alto desempeño profesional, regulación emocional, habilidades sociales y políticas y un comprobado precedente ético. Sin ética, la política es venal. La honradez debe ser un valor agregado.
A partir del 1 de enero de 2027 hasta el 31 de diciembre de 2031, las autoridades electas van a gobernar, es decir, conducirán el destino de Huánuco durante los próximos cuatro años, que, si no son aprovechados para el bienestar ciudadano y el desarrollo integral y sostenible de los pueblos, será tiempo perdido e irrecuperable. El plan de gobierno se tiene que implementar y hacer realidad, pues para eso fueron elegidos. Sin embargo, la experiencia y la tradición consuetudinaria enseñan que lo que se ofrece en campaña, con discurso flamígero y entusiasmo desbordante, no siempre se cumple cuando se gobierna. El gobernador regional no se debe entretener en hacer y deshacer a su antojo en las instituciones, pagar favores políticos, repartir cargos como torta de cumpleaños y devolver apoyos políticos durante la campaña electoral. Si no hay equilibrio y regulación emocionales, el gobernador regional se convierte en “un dios con poderes terrenales del valle del Huallaga”, un todopoderoso, de la gestión con fecha de vencimiento. El gobernador regional tiene facultades avaladas por la ley, ejerce un servicio público, recibe sueldo del Estado y gobierna para todos. La democracia va más allá de votar en las elecciones; es entender coherentemente que los ciudadanos merecen que sus problemas y necesidades se resuelvan en los plazos más cortos.
Ninguna campaña electoral es barata, gratis, no hay retorno de inversión ni utilidades. El candidato gasta sus ahorros, deja de trabajar -no se puede hacer campaña y trabajar simultáneamente 24 horas-, pide licencia sin goce de haber o deja la empresa y el emprendimiento para dedicarse, con oficio e ilusiones, a la política. ¿Será eso una señal de vocación de servicio? ¿Qué motiva al ciudadano a participar en política, a sabiendas que esta no inspira aprecio ni confianza? ¿Será tal vez amor desmedido a los chicharrones y no al cerdo? Las instituciones públicas del Estado no son beneficencia pública ni agencia de empleo. El usuario individual o colectivo es el fin supremo de la gestión pública. Es mal precedente el borrón y cuenta nueva. Se asume el activo y pasivo de la gestión anterior y se deslindan responsabilidades legales y administrativas. No existe el gobernador regional perfecto, infalible, inmune al desliz o al error. El poder político es un vino dulce, añejo, pero trepador, desconcertante y traicionero, que puede transformar al gobernante en patán, energúmeno, tiranuelo e insolente. Con los ojos abiertos, con el poder político y económico. Los amigos y militantes de la campaña electoral son aduladores y cortesanos que exigen su porción de poder y derecho a un espacio en la gestión. El poder político es efímero, ingrato e insatisfecho. Al culminar la gestión, sin duda, le dirán al gobernador regional, “no hiciste nada por Huánuco”. Y lo que no se comunica, no existe. Las obras y los logros entran por los ojos. Gobernar no es un buen negocio para enriquecerse ni acumular bienes y riqueza. Exige, por el contrario, trabajo infatigable, coordinación intergubernamental e intersectorial. Gobernar produce cefalalgia y estrés. Haces mucho, pero escasea la gratitud. Es el momento de la aparición de amigos, familiares, partidarios y aportantes.
Ninguna autoridad va a convertir a Huánuco en una ciudad suiza ni en un paraíso con justicia e igualdad. Eso es una utopía y un vulgar sofisma. Se pueden mejorar las condiciones de infraestructura, echar las bases para edificar el desarrollo y la atención a las más urgentes necesidades. Gobernar una región no es lo mismo que haber gobernado una provincia. Ya se tienen virtuales autoridades elegidas por el pueblo, excepto que haya segunda vuelta. Finalmente, solo cuentan los resultados concretos, medibles y de impacto en la vida diaria de los ciudadanos. Obras de “fierro y cemento”, sí, pero también desarrollo humano y transparencia de actos y procesos en la gestión. Lo demás es demagogia y palabra incumplida como, a veces, suele suceder en la política y las elecciones. Aun así, los ciudadanos tenemos derecho a participar en las elecciones y elegir al candidato de nuestra simpatía y conveniencia. La ciudadanía ejerce el rol de fiscalización y control político. Ese es el encanto de la democracia: la libertad, el pensamiento crítico y las decisiones correctas, el error, la enmienda y la lección aprendida. El cuestionamiento y la disensión son derechos democráticos legítimos. Es monótona una gestión sin oposición política. La factura social e institucional de una desacertada elección es altísima, de regresión histórica y problemas agudizados in extremis. El gobernante no es dueño de las instituciones públicas. Mi mayor y sincero deseo es que la gestión del gobernador regional sea de notables resultados, con el equipo técnico idóneo, eficiente y honesto, que tenga oídos para escuchar y sabiduría para actuar. Ya debe dejar de usar el apodo, empoderar sus nombres y apellidos y dejar el color de su partido. Las elecciones acabaron, ahora a gobernar.








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