Un año después de un accidente que dejó cuatro adultos muertos, tres menores continúan cargando consecuencias que ninguna niña debería aprender a sobrellevar tan pronto. Hay lesiones que aún requieren evaluación, terapias que quedaron incompletas, viajes a Lima que cuestan dinero y tiempo, y una familia que intenta sostener por su cuenta una recuperación que parece no tener todavía un horizonte claro. Esa es la parte de esta historia que no podemos mirar como una simple secuela del accidente.
En Diario Ahora creemos que una tragedia no termina cuando se retiran los vehículos de la carretera ni cuando desaparece de los titulares. Para quienes sobreviven, muchas veces empieza allí una etapa más silenciosa: hospitales, citas, rehabilitación, miedo, gastos y una rutina familiar completamente alterada.
La información recogida por este diario muestra esa realidad. La tía y cuidadora de las menores presentó una cita pediátrica para el 18 de agosto y registros de atenciones realizadas en Lima. También relató que una de las sobrevivientes, lesionada en un brazo y en la cadera, solo pudo completar cuatro sesiones de terapia y aún tiene tratamiento pendiente. Otra menor necesita nuevas evaluaciones relacionadas con una fractura de mandíbula.
No corresponde convertir el dolor de una familia en sentencia contra nadie. Las responsabilidades legales por el accidente tendrán que establecerse donde corresponde y con las garantías que exige cualquier investigación. La familia ha presentado una denuncia contra el conductor y la empresa vinculada al bus, según su versión, pero será la investigación la que determine responsabilidades. Esa precisión es indispensable.
Lo que sí podemos afirmar desde nuestra posición editorial es algo mucho más elemental: tres menores que sobrevivieron a un hecho de esta magnitud no deberían depender únicamente del bolsillo, el tiempo y la resistencia de sus familiares para continuar recuperándose.
La cuidadora sostiene que debe desplazarse desde Tocache hacia Huánuco, dejar otras obligaciones y asumir viajes posteriores hacia Lima cuando las evaluaciones lo requieren. A ello se suman alimentación, estadía, pasajes y días que dejan de destinarse al trabajo. Cuando una familia vive así durante meses, la rehabilitación deja de ser solamente un problema médico y se convierte en una carga económica y emocional que se extiende a todo el hogar.
Hay, además, una dimensión que suele recibir menos atención: estas niñas no solo atravesaron lesiones físicas. Perdieron familiares y sobrevivieron a un accidente que marcó sus vidas. La recuperación, por tanto, no puede medirse únicamente en radiografías, placas o consultas pendientes. También exige continuidad psicológica, estabilidad y condiciones para regresar a sus estudios y a una vida lo más cercana posible a la normalidad.
La próxima consulta del 18 de agosto será importante, pero no debería convertirse en otro episodio aislado dentro de una interminable búsqueda de citas y referencias. Lo razonable es que exista una ruta de atención clara, continua y verificable hasta que los especialistas determinen que los tratamientos han concluido.
Como sociedad solemos conmovernos cuando ocurre la tragedia. Luego pasan las semanas, llegan otras noticias y la atención se desplaza. Para las víctimas, en cambio, el calendario funciona de otra manera.
Estas tres menores sobrevivieron. Ahora falta algo igualmente importante: que no tengan que enfrentar solas las consecuencias de haber sobrevivido.










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