- Esa fue su consigna -dijo el Pibe Julián-. Y lo cumplió al pie de la letra.
- Así es, hermano. Me parece increíble. Hace muchos años que no lo veo por aquí
-acotó Juan Paredes mientras sorbía la segunda taza de café.
Me contó que ahora es un exitoso ingeniero estructuralista, con oficina lujosa en el quinto piso de las galerías La Catedral, una hermosa secretaria y un staff de arquitectos e ingenieros civiles y ambientales que hacen proyectos de instituciones educativas, hospitales y, principalmente, puentes de extensa longitud para el Estado y empresas privadas. Me dijeron que habían visto a Rafael Sandoval, el hijo número ocho de la familia que vivía frente al desfiladero donde se arrojaba la basura. El Dumbo era estudioso, lector, puntual, muy bien vestido, pelo con aceite perfumado. Siendo sus padres de condición modesta -chofer y verdulera-, ¿cómo lo hacía? Decía que la pobreza no va a durar para siempre, que no es eterna sí así lo decides. Que cuando terminara el colegio se iría estudiar lejos del suburbio donde había nacido en mayo de 1970, el mismo año en que Perú jugaba en el mundial de futbol en Méjico y se producía ese terremoto feroz en Huaraz. Y así lo hizo. Parecía que abrigaba un silencioso resentimiento; sus privaciones fueron muchas y jodidas. No iba como nosotros a las fiestas ni a enamorar muchachas en los colegios de la ciudad y de monjas. Salíamos del barrio, subíamos a la carretera marginal recién inaugurada por el presidente de la república y de ahí rumbo al puente de piedra que la cruzábamos escuchando el rumor del río grande que atravesaba por los dos arcos de piedra y el espectáculo de los matarifes. Era un secreto a voces que él siempre compraba libros; los leía varias veces porque no tenía muchos. Yo lo supe. En una oportunidad le dije: “Oye, Dumbito, qué haces”. Me respondió: “Leyendo poesía”. Le interrogué: “Y qué es esa huevada de poesía”. Me miró sonriendo y mostrando sus labios resecos y sus dientes de roedor. “Yo tampoco lo sé, pero me agrada como el pan francés caliente, me hace temblar el cuerpo, se me erizan los cabellos y la piel se me pone como de gallina”. Le dije: “¡Loco ilustrado de mierda!” Me retiré botando mi colilla de Ducal. Él seguía imparable con eso de leer libros mientras nosotros ya ensayábamos a ser verdaderos hombres, bebíamos cerveza Pilsen en los bares, visitábamos mujeres maquilladas de falso afecto en los extramuros de la ciudad, fumábamos cigarrillos raros. Así era este compadrito que ahora es toda una celebridad, de vida lujosa y profesión rentable. Y pensar que fuimos sus amigos. Me dicen que su esposa es española y que tienen hijos rubios y blanquiñosos. “La suerte que tiene los que no se bañan”, pensé. Claro que lo vi, hermano. Era él. No soy miope ni viejo. Yo sé mucho de él y te lo voy a contar porque, para volvernos a reencontrar, sé que no habrá otra ocasión. ¿Recuerdas La cadena se rompió?
El último episodio con él fue la borrachera, la primera en su vida, eso lo sé, en la fiesta de promoción. Ahí, entre copas, me dijo que la pobreza es opcional. Que no había nacido para vivir siempre con las necesidades que lo agobiaban y marginaban de la gente que vivía en la nueva urbanización, cerca del puente San Sebastián. Te acuerdas de Marcelino Pan y Vino, el flaco Bolarte, ese que murió por una bala perdida de los sinchis de Mazamari durante la revuelta de 1978. Para nosotros era felicidad: no había clases dos meses. Escribía cartas amorosas y resolvía ejercicios de matemática. Obviamente que cobraba. Todo tenía precio. Alquilaba sus libros. En los exámenes, la respuesta costaba diez céntimos. Debes recordar. Hasta que el bandido Culebra y el panzón Revolledo le rentaron sus libros de Baldor y nunca le devolvieron. No dijo nada ni les reclamó. ¿Por qué? Dicen que estudió en una universidad de Lima. ¿Cómo? ¿Quién le pagaba las pensiones? Tiene fotos cuando era estudiante universitario, chaleco beige y casco blanco, sus prácticas las hizo en un megaproyecto de irrigación en el norte del país. Sí, te aseguro que no es un simple relato lo que te digo, ahora que estamos esperando que avancen las horas.
Estuvieron charlando amenamente sobre el destino de la nostalgia, las penurias de la amistad, las lealtades de las mujeres y los sucesos significativos de la infancia y adolescencia en el colegio nacional del distrito donde nacieron y aún viven; son vecinos contiguos. Los contertulios del café Cabrera entraban y salían, comían y deleitaban el líquido nigérrimo y dulce de los dioses locales y conversaban incontinentemente. El fondo musical era jazz clásico. Quizá en algunas de esas mesas está Rafael como ellos, pero con otros amigos, negociando quién sabe sobre qué temas y negocios. De seguro que no de los tiempos del barrio ni del colegio. Cuando se fue, me dijo, aquí acaba mi historia con ustedes, ya no me sirven para la siguiente etapa de mi vida. Estaré en otro lugar, ya no los veré ni visitaré. Si hubiera pasado por nuestro lado, seguro que no se daría el tiempo de acercarse, saludarnos y decirnos, hola, promoción 86 Manuel González Prada, cómo están, cómo les va, yo pago la cuenta, a los demás cómo les va, es verdad que el flaco Santiago murió hace unos meses. Cómo está el chino Toño, la Lagartija Sánchez, la Bebita María del Carmen, el Jirafa Juan, etc., etc. Así es la vida. A él la pobreza le duró poco, a nosotros nos queda algo. ¿Les sigue gustando Los Shapis, Alegría o Los Enanitos Verdes, aún cantan “Hay cartero, cartero, llévate esta carta”? ¿Todavía siguen buscando hembritas para bailar baladas, pegaditos, sintiendo el latir de su corazón cerquita a los suyos, el calor provocador de sus pechos? Bueno, yo estoy en otras ligas, las mejores y mayores, amigos míos, nos dirá. La bella Lali Valdivieso, ahora abogada, es mi novia, presumiría. ¿Qué le hubiéramos respondido? Se miraron larguísimos segundo sin poder decir una sola palabra.
El reloj inexorablemente había formado un ángulo recto en el primer cuadrante de la pequeña circunferencia de fondo blanco. Cogieron sus maletines negros de funcionarios, dieron una mirada panorámica a las mesas del café, tal vez esté en una de ellas, conversando con interés crematístico y sin interrupción. Los seis pisos de edad solo les permitía hacer lo necesario. Ya pensaban en la vejez cercana. En unos diez años se jubilarían. Eran conscientes de vivir sin toxicidad emocional ni líos inútiles. “La vida se nos acaba, hermano”, le dijo mientras le daba el abrazo de despedida. No se exhibían en las redes sociales; ahí eran inexistentes. Ansiaban vivir en paz, sin que nadie les esté pinchando con aguja el trasero para hacer lo que no quieren y no pueden. A esa hora, las calles ya se van despoblando lentamente. La ciudad suspira y bosteza. En las esquinas de Dos de Mayo y General Prado, los colectivos escasean, en la Plaza de Armas aparecían los primeros noctámbulos. “Estoy de paso por la ciudad, cumpas”, les habría dicho sin detenerse ni oírlos.










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