El Perú entra en una etapa decisiva. La eventual proclamación de Keiko Fujimori como presidenta de la República no debe leerse como una victoria de parte, sino como una responsabilidad nacional de enorme gravedad.
Después de más de dos décadas de búsqueda del poder, el desafío ya no está en ganar una elección, sino en demostrar si ese poder puede ejercerse con serenidad, competencia, integridad y sentido de Estado. El país no necesita revancha, soberbia ni obediencia ciega. Necesita gobierno.
La elección debe quedar atrás cuando la institucionalidad cierre el proceso. Pero pasar la página no significa olvidar las heridas de una sociedad dividida. Significa reconocerlas, atenderlas y gobernar también para quienes no votaron por la nueva mandataria.
El Perú ha pagado demasiado caro los gobiernos encerrados en élites, cálculos partidarios o círculos de confianza sin solvencia moral. La Presidencia no puede ser un premio personal ni una plataforma de grupo. Debe ser un servicio público sometido al escrutinio ciudadano.
El primer mensaje del nuevo poder debe estar en los nombramientos. Un gabinete técnico, honesto y plural dirá más que cualquier discurso. Funcionarios con experiencia, independencia y decencia son indispensables para recuperar confianza en un Estado golpeado por la improvisación.
El país necesita paz, pero no una paz entendida como silencio. Necesita una paz fundada en justicia, transparencia, respeto a la ley y capacidad de escucha. Gobernar bien será tender puentes, corregir errores, proteger libertades y evitar que el poder vuelva a confundirse con impunidad.
La señora Fujimori tendrá ante sí una oportunidad histórica y una advertencia severa. Si gobierna para el conjunto del país, el Perú podría iniciar una etapa de estabilidad. Si gobierna solo para los suyos, la frustración social volverá a abrir una crisis.
Hoy corresponde exigir altura. Al nuevo gobierno, prudencia. A la oposición, responsabilidad. A la ciudadanía, vigilancia democrática. El bien común debe estar por encima de la victoria electoral, porque ningún país se salva desde el sectarismo.










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