El madroño mediterráneo (Arbutus unedo), símbolo de Madrid que figura en su escudo, se ha convertido en un serio problema ambiental en las islas Canarias, donde se ha naturalizado y amenaza con desplazar a la especie autóctona mediante hibridación. La introducción de este árbol como ornamental en el siglo XX ha derivado en un fenómeno de invasión biológica que pone en riesgo la supervivencia del madroño canario (Arbutus canariensis).
El madroño canario lleva milenios adaptado al ecosistema del archipiélago y a sus laurisilvas, pero la llegada del madroño mediterráneo ha propiciado la hibridación natural entre ambas especies, dando lugar al híbrido Arbutus xandrosterilis, cuya población sigue creciendo por las islas, según documentan fuentes especializadas.
Un riesgo para el madroño canario
La presencia del madroño foráneo y del híbrido supone un riesgo directo para el madroño canario por el desplazamiento en la competencia por espacio y recursos. Además, la hibridación sostenida implica una eventual extinción por dilución genética, ya que la especie autóctona perdería generación tras generación las características que la hacen única.
Ante esta situación, la ley prohíbe en Canarias la plantación, el transporte y la venta del madroño mediterráneo, que está catalogado como especie exótica invasora en el archipiélago.
La paradoja del madroño
Con esta especie se da una paradoja que refleja la diversidad ambiental del Estado español: mientras que el madroño aparece en los catálogos de flora amenazada o protegida en comunidades como Castilla-La Mancha, Madrid, Murcia y Valencia, en las islas Canarias es considerada una especie invasora. Una misma especie con dos estatus antagónicos según la región.
Este patrón es habitual en biogeografía insular, donde ecosistemas aislados y con alto endemismo, como la laurisilva canaria, son especialmente vulnerables a especies que en su área de origen son inofensivas.
Distribución y datos
Según la ficha oficial del Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras (MITECO), el madroño mediterráneo está naturalizado en El Hierro, La Palma, La Gomera, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote, es decir, en prácticamente todo el archipiélago. La mayor población conocida, con miles de ejemplares, se encuentra en Tenerife, en el interior de la Reserva Natural Especial de Chinyero, un espacio protegido que añade presión sobre su gestión.
En Gran Canaria, un estudio académico publicado en Botanica Complutensis (Salas-Pascual & Déniz Suárez, 2019) aporta la primera cita confirmada del híbrido en esa isla. El documento señala que esta información resulta clave porque el madroño canario es allí una especie rara, mientras que el mediterráneo está catalogado como exótica invasora.
La introducción se documenta geográficamente: la ficha de Biodiversidad de Canarias señala que en Gran Canaria y Tenerife la vía de entrada fue el área de horticultura y jardinería, con escape de ejemplares cultivados hacia el medio natural. Hay registros concretos de cultivo ornamental en la Villa de San Mateo (Gran Canaria), La Esperanza (Tenerife) y Garafía (La Palma), según el MITECO.
Gestión y erradicación
La gestión de esta especie recae en la red de vigilancia oficial del Gobierno de Canarias. Los equipos de respuesta rápida de la Red de Alerta Temprana de Canarias para la Detección e Intervención de Especies Exóticas Invasoras (RedEXOS) han actuado sobre diferentes localizaciones de la especie dentro de la comunidad autónoma.
Sin embargo, las fuentes consultadas no detallan un plan de erradicación específico y publicado para Arbutus unedo, lo que sugiere que la gestión es más reactiva que sistemática. La evidencia del blog especializado indica que la aplicación práctica de la erradicación de híbridos ya establecidos es limitada, y que el fenómeno de hibridación sigue avanzando más rápido de lo que se contiene.
En zonas como La Esperanza ya no quedan ejemplares grandes de Arbutus unedo puro, solo individuos jóvenes o rebrotes, mientras que las poblaciones con híbridos siguen ganando terreno. La dificultad radica en que, una vez que la especie introducida se ha cruzado con la nativa, no basta con retirar la exótica: hay que identificar y gestionar también toda la progenie híbrida.
No existen cifras oficiales de superficie total afectada por la hibridación, a diferencia de otras plagas canarias donde sí hay datos de hectáreas prospectadas, lo que evidencia el nivel de seguimiento cuantitativo limitado de este caso.









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