Yeferson Carhuamaca
El lugar en donde nacemos y vivimos casi siempre se convierte en las venas y sangre de una voz que retumba nuestros cimientos. Había llegado a esta ciudad hace una semana, en busca de nuevos vientos que trajeran la buena fortuna o algún sencillo para pagar las deudas, ya era un adulto de diecisiete años. Las calles de este lugar no se parecían mucho a las de su natal pueblo, en este parecía que las flores se habían extinguido y los pocos árboles que quedaban estaban encarcelados en eso que llaman plazas o parques, sentía como su ramas se mecían de aburrimiento, se entonaban pequeños sonidos de algunos pihuichos, aunque las aves que abundaban eran las palomas, la hierba no crecía de manera salvaje ni con el ánimo de apoderarse todo, acá solo se encontraba las frías o calientes veredas hechas de diferentes materiales duros como el cemento y el asfalto, estas cubrían todo el piso de esta ciudad.
En cambio, miraba al cielo, la vista se le había recortado, las espléndidas vistas de un cielo abierto de par en par no habita aquí, ya que existen montañas muy grandes que cubren la ciudad, pero no era ello lo que le molestaba, sino las luces artificiales de sus postes malolientes y cables enmarañados dando la sensación de estar en un lugar lleno de cordeles sucios que “decoran” las calles y acompañan a algunos edificios mal pintados o con paredes llenas de publicidades que se anteponían ante sus ojos nostálgicos, por las tardes solo miraba al horizonte, viendo como el astro luminoso entre aquellos gigantes rocosos se escondía de este triste paisaje, sus ojos recordaban como el sol moría lentamente en todo su esplendor y sus últimas luces jugaban con el agua del río inmenso de su tierra, mientras las aves daban inicio a la sinfonía de la noche.
Por la tarde, el sonido de un aguacero le hizo despertar, la lluvia tenía un distinto sonido al de la selva, pero de alguna forma aún lo podía a relajar, aunque no se escuchaba las hojas de los árboles o el canto doloroso del río, solo se escuchaba los carros y sus cláxones, en fin, la lluvia era aquello que no había cambiado mucho, entonces decidió dar una caminata, quería ver de cómo esta ciudad recibía la bendición de las lágrimas del cielo, se adentró por uno de los jirones más importantes de la ciudad, la lluvia ya había durado un buen tiempo, las calles se convertían en charcos sucios de botellas y envolturas de algunos dulces, los carros y motocicletas eran quienes se encargaban de mojar a todos, y de esparcir esa agua de cloaca que yacía en todos los alrededores de la ciudad y cada vez más cerca de la plaza, se extendían varias rejas en el piso desde donde emanaban el hedor del infierno, era el aliento del demonio, algo totalmente insoportable, entonces comprendió, que la lluvia aquí no ayuda a los árboles o animales, aquí trata de lavar todo lo que es imposible limpiar solo con agua.
Nunca vio tantas cataratas o algo parecido a ellas, en su pueblito siempre han habido dos hermosas cataratas donde de niño con sus amigos jugábamos y saltábamos de las grandes rocas hacia las aguas diáfanas, en cambio muy a su pesar aquí las cataratas son tubos de plástico que sobresalen de los techos de cada casa y que en lluvias fuertes se convierten en pequeñas desembocaduras de aguas que segregan la lluvia y combinan con esta todo tipo de suciedad acumulada en los techos y van a caer en la calle, en donde bautizan a cada automóvil o transeúnte que vaga por ahí o aquellos que solo queremos contemplar y bailar bajo la lluvia.
En mi selva, en mi monte, han cambiado muchas cosas, pero no tanto como en esta ciudad, habrá que aguantar a esta nueva selva peligrosamente civilizada, y aguardar a la fiesta de San Juan, en donde hay mucho que celebrar, como el solo hecho de añorar nuestro hogar natural.










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