El Perú no tiene un problema de falta de turistas, sino de ambición. Así lo sostiene el director periodístico (e) de Gestión, Víctor Melgarejo, quien compara la realidad nacional con la de Cabo Verde, un pequeño archipiélago africano que recibe 1.25 millones de turistas al año pese a tener poco más de 500 mil habitantes.
Según la columna publicada en Gestión, el mundo ya conoce Machu Picchu y la gastronomía peruana. Hace poco, National Geographic volvió a poner los ojos en Cusco con la difusión de T’akrachullu, una nueva fortaleza inca. Sin embargo, el problema no es la falta de atractivos, sino la capacidad para aprovecharlos.
Obstáculos conocidos
Los obstáculos son conocidos: inseguridad, conectividad limitada, infraestructura insuficiente y servicios que aún deben mejorar. Mientras tanto, el país se conforma con recibir alrededor de 3.4 millones de turistas internacionales al año, cuando España y Francia reciben entre 90 y 100 millones cada año.
La diferencia no está únicamente en su historia o patrimonio. Ambos países entendieron hace décadas que el turismo era una industria estratégica. Invirtieron en aeropuertos, carreteras, trenes, hoteles y conectividad, diversificaron destinos y apostaron por elevar el gasto de cada visitante, no solo el número de llegadas.
Turismo como política de Estado
Los resultados hablan por sí solos. Hoy el turismo aporta alrededor de US$ 300,000 millones a la economía española, equivalente a casi el 90% del PBI peruano, mientras que en Francia genera cerca de US$ 305,000 millones. No llegaron allí por una campaña de promoción, sino por una visión sostenida durante décadas y convertida en una política de Estado.
El Perú tiene una oferta extraordinaria: costa, Andes, Amazonía, patrimonio arqueológico y una de las mejores gastronomías del mundo. A ello se suman eventos internacionales y nuevos hallazgos que mantienen vivo el interés por el país. Lo que falta es construir las condiciones para que millones de personas puedan recorrerlo con seguridad, facilidad y servicios de calidad.
“No deberíamos preguntarnos cómo pasar de tres a cuatro millones de visitantes. Esa es una discusión demasiado pequeña para un país con la riqueza que tenemos. La verdadera pregunta es cómo llegar a 40 o 50 millones en las próximas décadas”, señala Melgarejo en su columna.
El turismo no debería depender de un Gobierno. Debería convertirse, por fin, en una política de Estado, concluye.










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