El rugby que sobrevivió a los Andes. Así podría resumirse la historia de un grupo de jóvenes uruguayos que, tras un accidente aéreo en octubre de 1972, lograron mantenerse con vida durante 72 días en condiciones extremas. Antonio de Castro, psicólogo deportivo del Cisneros, analiza en una reciente reflexión cómo los valores del rugby fueron determinantes para la supervivencia del grupo.
Según De Castro, la clave no estuvo en el momento del impacto, sino mucho antes. “Empezaron a organizarse desde el minuto uno porque ya estaban organizados antes de estrellarse”, explica. Los sobrevivientes, en su mayoría jugadores del Old Christians Club, un equipo de rugby uruguayo que viajaba a Chile para disputar un partido, estaban acostumbrados a avanzar juntos y a confiar en el compañero. Esa dinámica, trasladada a la montaña, se convirtió en una estrategia de supervivencia.
Cuando el 'yo' se convierte en 'nosotros'
En medio de la adversidad, el grupo conservó una estructura: la del equipo. Repartieron funciones, asumieron responsabilidades y dividieron un problema gigantesco en pequeños objetivos: conseguir agua, acondicionar el fuselaje, atender a los heridos, preparar una expedición. Roberto Canessa y Gustavo Zerbino, estudiantes de Medicina, comenzaron a atender a los heridos; Marcelo Pérez del Castillo, capitán del equipo, asumió la organización del grupo.
De Castro describe este comportamiento con un concepto visual: “Funcionaron como una mente colmena”. Esta capacidad de organización inmediata, sostiene, es una particularidad del rugby, un deporte donde la individualidad pierde sentido si no está al servicio del colectivo. “Cuando el yo se convierte en nosotros”, resume citando a Zerbino.
“El rugby es uno de los pocos deportes en los que, si de verdad no eres un equipo, no tienes nada que hacer. Aquí no valen ni las individualidades ni los egos”.
Más allá de un deporte
La interdependencia que genera el rugby crea vínculos que trascienden el compañerismo. “Aquí te sacrificas y te rompes los cuernos por tu compañero. Eso derriba una barrera que va más allá del compañerismo. Hablamos de fraternidad, de amistad e incluso de familia”, asegura el psicólogo.
Convertir un grupo de buenos deportistas en un verdadero equipo implica abandonar parte de la individualidad. “Hay que destruir el ego y pensar en quien tienes al lado. Lo que haces, lo haces también por él, porque si tú fallas, el perjudicado es tu compañero y todos los que te rodean”, relata. El compromiso, por tanto, no empieza cuando el árbitro señala el inicio del partido, sino en cada acción cotidiana que afecta al equipo.
80 partidos de un minuto
La psicología deportiva, aplicada en clubes como el Cisneros, trabaja para potenciar habilidades como la concentración y la gestión de la frustración. De Castro utiliza una definición que un jugador le regaló: “Antonio, un partido de rugby no es un partido de 80 minutos; son 80 partidos de un minuto”.
El principio es centrarse en el siguiente minuto, reducir lo abstracto y controlar aquello que se tiene delante. También se entrena la incertidumbre, acostumbrando a los jugadores a responder ante escenarios no previstos. “Trabajamos qué hacer cuando las cosas se tuercen. Así se acostumbran a que el valor y el rendimiento no los decida un número y a seguir dando un poco más incluso cuando parece que todo está perdido”, explica.
El Cisneros y sus éxitos
De Castro llegó al Cisneros casi por coincidencia, cuando Tobías Cagigal y Daniel Vinuesa buscaban un psicólogo deportivo para el club. A pesar de su limitada experiencia en equipos, decidieron confiar en él. “Sabemos que es un riesgo para todos, pero queremos confiar en ti”, recuerda que le dijeron.
El éxito de su trabajo, sin embargo, no se mide únicamente en marcadores. “Yo me centro en objetivos de proceso, no de resultados”, señala. Cada temporada, pide a sus jugadores que escriban de forma anónima su compromiso con el equipo. Entre esos papeles conserva uno que resume la esencia del rugby: “Me comprometo a poner mi cuerpo a disposición del equipo”.










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