El amor sano no disuelve a quien ama. Esa es la idea que el psicoanalista y filósofo Erich Fromm desarrolla en su libro El arte de amar, publicado en 1956, donde cuestiona el mito del amor romántico que lleva a dos personas a fusionarse hasta perderse en el otro. Para Fromm, cuando el sentimiento es maduro, la unión ocurre sin que ninguno deje de ser quien es.
La frase que resume esa tesis es suya: “El amor es la unión con alguien o algo fuera de uno mismo, bajo la condición de conservar el individualismo y la integridad propios”. Con ella, el autor describe una paradoja: dos seres se convierten en uno y, sin embargo, siguen siendo dos individuos distintos y autónomos.
Superar la soledad sin renunciar a uno mismo
Fromm parte de una constatación: el ser humano siente una profunda angustia por estar separado del mundo. El amor es, según su planteo, la respuesta más sana y constructiva para superar esa separación. Pero no se trata de un refugio que anule a la persona, sino de un vínculo en el que se comparten la vida, los sentimientos y los proyectos mientras cada uno conserva sus pensamientos, gustos, valores y espacio vital.
El filósofo lleva la idea hasta un límite claro: si para amar a alguien hay que renunciar a los propios valores, metas o identidad, entonces no hay amor, sino dependencia o simbiosis destructiva. La unión auténtica, sostiene, no exige esa renuncia.
Esa conexión, además, no se limita a una pareja: Fromm la extiende a la relación con la naturaleza, el arte o cualquier ámbito fuera de uno mismo. El amor maduro es, en su lectura, una apertura hacia el mundo y no un encierro en el otro.
El respeto como base de la libertad
En la misma obra, Fromm insiste en que el amor maduro parte de la fortaleza personal, no de la carencia. Su fórmula es conocida: “te necesito porque te amo”, y no al revés. La persona ya está completa por sí misma y elige compartir su plenitud con otra.
De ahí se desprende otra de sus frases centrales: “El respeto solo existe sobre la base de la libertad. El amor es hijo de la libertad, nunca de la dominación”. Amar, entonces, no es controlar, poseer ni intentar cambiar al otro para que sea una extensión de uno mismo, sino conocer su individualidad única y fomentar que crezca libremente.
El respeto, en su lectura, no equivale a temor ni a sumisión: es la capacidad de ver a la otra persona tal como es y de impulsar su propio crecimiento. Ese respeto solo puede existir si ambas personas son libres e independientes. Si el vínculo se impone, se obliga o nace del sometimiento, pierde su esencia y se convierte en sumisión.
Por eso Fromm distingue con nitidez entre amor y dominación. Cuando alguien busca dominar, manipular o usar a otra persona como un objeto o una extensión de sí mismo, lo que hay es apego, control o egoísmo, pero no amor. La dominación busca someter al otro; el amor busca la unión manteniendo la integridad y la independencia de ambos.
Un clásico que sigue interpelando
Publicado en 1956, El arte de amar combina psicología, filosofía y teoría social. Su tesis central es que el amor no es una emoción pasiva ni un acontecimiento fortuito, sino una práctica disciplinada, un arte que requiere conocimiento, esfuerzo y responsabilidad. Según un análisis publicado por el medio naiz, esa mirada conserva vigencia en un contexto hiperindividualizado y mediado digitalmente.
Fromm arranca cuestionando una creencia extendida: que el problema principal del amor es cómo “ser amado”. Identifica una fijación cultural en el atractivo, el éxito y la deseabilidad emocional, impulsada por la lógica del intercambio de mercado, en la que las personas se presentan como mercancías y buscan maximizar su “valor” en las relaciones. Esa crítica resulta aplicable a fenómenos actuales como las aplicaciones de citas y la optimización de la identidad personal en redes sociales.
El autor distingue además distintas formas de amor —fraternal, maternal, erótico, propio y a Dios— no como experiencias aisladas, sino como expresiones interconectadas de una misma capacidad de relación. El amor maduro, plantea, se caracteriza por el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento, dimensiones que lo convierten en una orientación ética hacia el mundo y no en un apego exclusivo a una sola persona.
Su exploración del amor propio también corrige una confusión frecuente: quererse a uno mismo no es egoísmo inflado, sino un sentido sólido de valía y responsabilidad, y la base para poder amar a los demás. Con esa premisa, el libro funciona tanto como texto teórico como guía para cultivar hábitos relacionales más saludables.
El pensamiento de Fromm, sin embargo, no está exento de lecturas críticas: sus ideas sobre el amor maternal y los roles de género reflejan el contexto de mediados del siglo XX en el que escribió, y lectores actuales pueden encontrarlas restrictivas o prescriptivas. Aun así, su reflexión sobre el vínculo entre amor, libertad e integridad personal sigue siendo uno de los aportes más citados del canon psicológico moderno.
Quién fue Erich Fromm
Según el perfil publicado por Correo del Sur, Fromm nació en Fráncfort en 1900 y creció en una familia de judíos ortodoxos; de joven leyó el Talmud, al punto de plantearse ser rabino. Estudió derecho y sociología, disciplinas que lo dejaron insatisfecho, y su matrimonio con la psicoanalista Frieda Riechmann lo acercó a las teorías de Freud. Más tarde, Max Horkheimer lo invitó a dirigir el Departamento de Psicología del Instituto de Investigación Social, embrión de la Escuela de Frankfurt.
En 1934 huyó de la Alemania nazi y se trasladó a Estados Unidos con otros integrantes del Instituto, aunque las discrepancias con Marcuse y Adorno lo llevaron a romper con el grupo. Su independencia marcó su trayectoria: no aceptó la tesis freudiana sobre la libido ni el “antihumanismo teórico” del marxismo, y se definió como un “místico ateo” interesado por el budismo zen. Pacifista y opositor a la guerra de Vietnam, se identificó temprano con el movimiento feminista.
De su obra, tres libros son considerados clásicos del pensamiento: El miedo a la libertad (1941), El arte de amar (1956) y ¿Tener o ser?. En 1957 impartió un seminario en la Universidad Autónoma de México junto al filósofo japonés Daisetsu Teitaro, convencido de la necesidad de explorar vías alternativas a la racionalidad occidental, como la meditación y la intuición.










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