En una columna publicada en El País Internacional, el autor reflexiona sobre la inteligencia en el fútbol a partir de una experiencia personal con la pintura. Hace unos años, escribió un texto sobre el pintor vasco Alfonso Gortázar en el que se preguntaba por las razones que llevan a un artista a tomar decisiones en su proceso creativo. Sostenía entonces que la pintura había sucumbido al discurso y que los pintores, al explicar su obra, recurren a conceptos ajenos a lo que ocurre en el lienzo. Su tesis no era que ese discurso fuera falso, sino que pertenecía a otro orden de pensamiento. Tituló aquel texto 'Las razones del pintor', aunque reconoce que debió llamarlo 'Crítica de la razón pictórica'.
Del lienzo al campo: dos formas de saber
El autor recuerda aquel ensayo en una conversación con un amigo futbolista, quien envidiaba la facilidad con la que un compañero tomaba decisiones en el campo. 'Lo hace todo sin pensar, y todo bien', afirmó, para después confesar: 'A mí, a veces, las dudas me atenazan'. Esta anécdota lo llevó a recordar la distinción filosófica entre el conocimiento proposicional (saber qué) y el conocimiento práctico (saber cómo), propuesta por Gilbert Ryle. Se pregunta si el saber que reivindicaba en su texto sobre pintura es equivalente a esa inteligencia sobre el terreno de juego que, paradójicamente, su amigo expresaba como 'jugar sin pensar'.
El dilema de pensar o actuar
El autor imagina a un jugador que recibe el balón en el centro del campo y detiene el tiempo, como en la película Matrix. Ante él se despliegan miles de posibilidades: pasar, conducir, regatear, disparar. La inteligencia consistiría en elegir la mejor opción analizando todas las variables. Pero en un partido real el reloj no se detiene; las posibilidades no aparecen ordenadas en la consciencia. Si uno se toma tiempo para pensar, como le sucede a su amigo, suele perder el balón. Quien elige la mejor decisión de manera regular posee lo que algunos llaman 'capacidad de lectura del juego'. Quien carece de ella, por más habilidoso que sea, no llegará lejos. Como dice la canción de Silvio Rodríguez: 'Ojo que no mira más allá, no ayuda el pie'.
La escritura como oficio y el saber que se escapa
El autor traza un puente con la literatura. Neil Gaiman definió la escritura como 'poner una palabra detrás de la otra y a ver qué pasa'. A los escritores que sufren al explicar en público el sentido de sus libros les gusta hablar de oficio, quizá porque no saben con certeza qué los guía en sus textos. Pero eso no los hace peores escritores, sino peores oradores. Bioy Casares afirmaba: 'Yo solo soy escritor por escrito', para esquivar debates y conferencias. Un escritor futbolero podría decir: 'Lo que pasa en el texto se queda en el texto'.
Messi, la inteligencia hecha juego
El autor sostiene que Messi, sin ser un virtuoso del verbo, es con toda probabilidad el jugador más inteligente en un campo. Su capacidad para ubicarse en el lugar adecuado, recibir y decidir casi siempre lo mejor resulta asombrosa. Como Neo, ve en un instante lo que otros no atisbarían en siglos. No sabe si percibe el entorno en 'numeritos verdes', pero está convencido de que para él no hay cuchara. La tesis final es que el día que comprendamos cómo funciona la mente de un genio así, habremos desarrollado una 'crítica de la razón futbolística' y entenderemos de una vez por todas este inescrutable y maravilloso juego.
La reflexión concluye que no existe una frontera nítida entre el saber práctico y el teórico, sino que la separación es más brumosa. En ambos casos, saber qué y saber cómo, cabe hablar con propiedad de inteligencia. El fútbol, como la pintura o la escritura, alberga formas de conocimiento que no necesitan justificarse verbalmente para ser genuinas.










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