Por Yeferson Carhuamaca
El alumbramiento de un nuevo día y las luces sobrecogen los vidrios de la casa del muchacho. Como una cotorra en busca de comida, Tilín se despierta y busca vestirse lo más rápido posible, apresuradamente busca sus llaves y de un sorbo toma la avena que le dejó su mamá, se coloca las zapatillas y las sujeta fuertemente como para que queden atadas eternamente.
No hay nadie en casa, coge una cierta cantidad de panes, las aplasta entre sí y de esa manera tiene cuatro panes unidos en una sola mano, todo ello mientras camina, lleva su pequeña mochila de tela y raudamente se enfrenta a la calle empolvada y a los primeros rayos del sol, se da cuenta que la mañana le va ganando las monedas para ir a los juegos de la tía Carlota y se pone a correr.
Tilín llega al borde del cerro donde vive, ahí, empiezan las graderías, y como para ejercitar su memoria se pone a contar cada escalón que pisa, días anteriores tuvo una cuenta de 185 escalones, pero Tilín es un desconfiado en dicha cuenta y por eso apresura el paso mientras cuenta nuevamente.
Llega a la última etapa de estas escalinatas, estas llegan a la primera cuadra del jirón Ayacucho, en esta parte hay barandas muy lisas donde inmediatamente se sube y cual equilibrista rompe las leyes de física, la prodigiosidad de sus movimientos y el equilibrio lo ponen en el primer escalón de la extensa escalinata.
Tilín es un abnegado muchacho, tiene a sus padres trabajando, su madre en el mercado y su padre es un buen chofer. Tilín sabe que los sábados hay muchas personas en el mercado y que la mayoría son mujeres adultas que compran muchos alimentos y casi siempre necesitan ayuda de los pequeños como Tilín para poder mover sus compras de un lado a otro.
Llega al puesto de su madre y recoge su preciada y pequeña carreta, esa fiel compañera que un día su padre le ayudó a construirla. Ligero, se va a buscar a las personas que necesitan de su “ayuda” y por el servicio prestado le pagan algunas monedas e incluso le regalan algunas cosas que han comprado sus clientes.
Después de medio día, Tilín come apresuradamente sus alimentos en el puesto de su mamá, las ganancias de la mañana son buenas y la mitad de estas son para su mamita, y lo que le resta es para sus propinas diarias en el colegio. Y con lo que sobra de las “ganancias” tiene para darse unos lujos de “niño empresario”, primero se va a duplicar las ganancias en las maquinitas de apuestas, donde con unas cuantas moneditas podrías hasta duplicar su dinero, pero Tilín no es tonto, sabe que la casa siempre gana y solo apuesta hasta que haya ganado lo suficiente, con ello y su buena fortuna de compañera se va a su siguiente parada. Ya en la casa del PlayStation de la tía Carlota, busca a alguien que le rete en uno de los juegos de peleas, donde Tilín es campeón, ya que con el tiempo aprendió todos los mandos y saca los trucos más raros y efectivos. Como siempre Tilín ha jugado gratis dos horas.
Finalmente, antes de subir a su casa, se mete en la panadería, donde compra siempre la torta helada que tanto le gusta, siempre se lleva tres porciones, todo ello no es un capricho sino más bien una obligación: “una para recuperar fuerzas, otra para el camino y otra para la subida de las escaleras”, se dice siempre. Ya casi el día bordea las seis de la tarde, el sol ya está casi desaparecido y sus últimas luces brillan en los ojos de Tilín.
Antes de la subida por las escaleras, el muchacho recuerda dejar un pedazo de torta para Gringo o mejor conocido como El Carnicero, un perro enorme y de una agresividad tan descomunal como el propio perro del infierno, pero Tilín sabía cómo esquivarlo sin más; gradas antes sacaba el pedazo de pastel y pedacito a pedacito lo lanzaba a Gringo, quien seguía con su olfato los rastros del dulce y de pronto cuando tenía la atención del perro, Tilín le lanzaba el pedazo más grande, enseguida el perro iba por su presa, de esa manera Tilín podía pasar con éxito esta prueba infernal y dirigirse a su casa.
Quien diría que ese muchacho apodado “Tilín” se volviera ingeniero, tendría su camioneta, una linda esposa y dos hijos hermosos, además de ello construiría un puente importante en esta ciudad, quien diría que finalmente todos esos desafíos y la mente siempre puesta en sacar un buen provecho de lo que te pone la vida, lo formaría; hoy recuerda lo que su papá siempre le decía: “en la vida hay que ser dóciles como una paloma, pero también ágiles como un víbora”, hoy también las luces siguen brillando en los ojos de Tilín, y, aunque a veces perdía en las maquinitas, algunas más se quedaba sin dinero en la tía Carlota o Gringo el carnicero lo correteaba y lo mataba de un susto, Él siguió adelante.




