Se dice que para ser autoridad la persona ideal debería contar con características inherentes como la empatía, compromiso social, transparencia, así como preparación académica, liderazgo y sensibilidad cultural. Probablemente para muchos sea esto una utopía; sin embargo, consideramos que existe mucha gente en nuestras comunidades que calzan tamaño perfil.
Esto nos trae a las decenas de denuncias que pesan sobre las autoridades elegidas. Como se sabe, este diario publicó ayer un informe sobre 150 denuncias de corrupción que enfrentan las ahora exautoridades. (Algunas renunciaron a su cargo para ser candidatos en las elecciones regionales y municipales 2018). Si bien es cierto muchos de aquellos procesos están en etapa de investigación, no podemos afirmar ni negar que exista algún grado de responsabilidad de los involucrados hasta que la verdad salga a la luz.
Como se sabe, en la mayoría de casos los indicios de corrupción se inician desde la campaña política, desde que un ciudadano pretende llegar a ser autoridad. Son “ayudados” o hipotecados a “amigos empresarios” que les financian las campañas y brindan disponibilidad de camionetas, afiches, etc., tal y como lo hacía Odebrecht con los candidatos a la presidencia de muchos países. “El hombre nace bueno, la sociedad lo corrompe”, dice Juan Jacobo Rousseau.
Bastante fácil es venderse sin considerar que somos seres humanos con capacidad propia de optar por lo bueno. Si como autoridades que son o han sido elegidas, deciden trabajar en favor del pueblo o de robar a favor de ellos mismos, queda de lado si la persona es buena gente o que cometió un “error”. No podemos aceptar excusas infantiles como estas.
El flagelo de la corrupción está muy lejos de ser curado, pero aún tenemos la esperanza de que las futuras autoridades trabajarán para el bien del pueblo y no traicionen su confianza. Por eso es importante apostar por gente con antecedentes limpios, sin denuncias y con una verdadera hoja de vida.









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