Pasaban las cuatro de la madrugada del domingo 25 de octubre y la fiesta en San Antonio de Malauchaca, en el distrito de Ticlacayán, en Pasco, ya terminaba. La orquesta había dejado de tocar y los músicos empezaban a desarmar. Edison Mesías Mera Pérez, sonidista huanuqueño de unos 30 años, recogía los cables sobre el escenario. Poco después estaba tendido en una vereda con una herida de cuchillo en el abdomen.
Un testigo que estaba en la fiesta aceptó contar a Diario Ahora lo que vio, con la condición de que su identidad se mantenga en reserva. Teme por su seguridad y por la de su familia. Su relato, que reproducimos en exclusiva, explica cómo un reclamo por un micrófono terminó en un crimen frente a los asistentes, sin un solo policía cerca.
Un micrófono de 800 soles
Según el testigo, todo empezó cuando la música ya se había apagado. Un hombre que bailaba entre el público subió al escenario y tomó los micrófonos, como si quisiera mandar un saludo. Los equipos ya estaban silenciados. Minutos después, el dueño del equipo de sonido, un hombre de entre 65 y 70 años, notó que faltaba un micrófono que costaba unos 800 soles.
El único que había subido era ese asistente. El dueño del equipo bajó y le pidió, «de buena manera», que lo devolviera. El joven, identificado con las iniciales J.M.P., lo negó. El dueño insistió una segunda vez. «Ahí ya agresivamente, mentándole la madre, le agarran de la cabeza, le meten el pie y lo tumban», relató el testigo. El adulto mayor cayó de frente al piso.
El sujeto del micrófono no estaba solo. Según el testigo, eran tres jóvenes, primos entre sí, que se lanzaron contra el dueño del equipo. Algunas señoras intentaron separarlos, y los músicos bajaron para calmar la situación. Edison también bajó del escenario para defender al dueño del sonido.
La primera pelea
Uno de los jóvenes le dio un puñetazo a Edison, que cayó por un costado del escenario. Se levantó y respondió. En el forcejeo, el agresor terminó con la nariz ensangrentada. Los músicos rodearon a Edison y lo llevaron de vuelta al escenario para protegerlo. Parecía que todo había terminado.
No fue así. Uno de los primos, al que el testigo describe como un muchacho de unos 17 años, empezó a gritar amenazas. «Ahora sí se fregaron, no saben en qué pueblo están. Los voy a matar», le escuchó decir. Luego desapareció. Según el testigo, su casa queda a unos cincuenta metros de la plaza.
Volvió en un minuto. Se paró en la escalera del escenario, sacó una pistola de la cintura y la rastrilló frente a todos. «Ahora pónganse sabrosos», gritó mientras apuntaba a los presentes. «Me dejó frío», recuerda el testigo. Nadie vio entonces que también llevaba un cuchillo escondido en la espalda.
Una llamada sin respuesta
Mientras algunas vecinas trataban de impedir que el muchacho subiera al escenario, el responsable de la agrupación llamó al serenazgo de Ticlacayán. Según el testigo, le respondieron que llegarían en diez minutos. Nunca llegaron. Tampoco la policía. «No había policía, no había serenazgo, no había nada de seguridad», afirma.
El arma obligó a todos a alejarse del escenario. Arriba quedaron Edison y el dueño del equipo. Entonces los tres primos treparon por los costados y por el centro. Edison buscó algo con qué defenderse, pero ya no quedaba nada. Corrió y saltó del escenario. Según el testigo, en ese momento uno de los jóvenes ya lo había apuñalado.
«Por favor, no me dejen morir»
Edison llegó hasta donde estaban sus compañeros y se colgó del hombro de un conocido. «Ayúdame», alcanzó a decir. Al principio nadie vio sangre, y alguien creyó que fingía. Lo sentaron en una vereda. Empezó a temblar y señaló el lado del apéndice. Cuando le levantaron el polo, la herida estaba abierta y los intestinos estaban fuera. Mientras tanto, los agresores seguían cerca, en la parte oscura de la calle, amenazando con volver.
Sus compañeros lo cargaron y llevaron al hospital de EsSalud de Huariaca. Se conoce que Edison suplicaba: «Por favor, no me dejen morir, tengo dos hijitos». Familiares de Edison afirmaron que no había médico de turno y que el personal pedía la firma de un familiar directo para trasladarlo.
La fuga
Según la información del testigo, la policía llegó a la casa de los jóvenes a las siete de la mañana, pero no ingresó porque esperaba una orden fiscal. Cuando la orden llegó, los sospechosos ya habían escapado.
El testigo insiste en que la responsabilidad no es de uno solo. «Los tres han amenazado con terminar con las vidas de todo el grupo. Los tres tienen que ser detenidos e investigados», dijo.










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