La virtud para tolerar la tardanza o inasistencia a una cita pactada es la paciencia, sin esta las emociones erupcionan y la inteligencia especula las más inusitadas hipótesis. El mal hablar aflora inmediatamente. El lunes 23 de febrero acordé con un amigo cercano encontrarme en el Café Cabrera, a las 7 de la noche. Salí del trabajo 30 minutos antes. Lo espero, pero nunca llegó ni me llamó para decirme que no iría ni para disculparse. Debe ser terrible esperar a alguien con tanto deseo de conversar, soltarle lo que se tiene contenido, y que no llegue. Como tengo a la paciencia como mediana virtud, pedí una taza de café, luego de 20 minutos. Saqué de mi mochila negra una antología de la poesía surrealista de Paul Éluard, mi libreta de apuntes, lápiz puntiagudo, cogí mis audífonos inalámbricos, los conecté al Bluetooth y me puse a escuchar, mientras leía, enajenado del ambiente de charla y degustación de la gente, los Nocturnos de Chopin. A mal tiempo buena cara. Hoy tomo café con amigo o sin amigo, dije murmurando. La soledad es la madre de todos los pensamientos. También se deleita la vida y sus circunstancias solo, sin compañía, sin una sombra a tu lado. Llegó la soledad, estuvimos juntos un par de horas. Cierro los ojos y veo clarísima a mi infancia en las calles de la ciudad. Surgen en mí súbitamente, mis escasas habilidades para la escritura de poesía. Se me vino a la cabeza Penélope, la fiel esposa de Odiseo, y el viejo coronel de la novela de García Márquez. Ambos sortearon adversidades con mucha paciencia y sensatez. Una espera a su marido ausente durante 20 años (10 en la guerra de Troya y otros 10 en el retorno con penurias insalvables). El otro es un militar que espera inútilmente que el gobierno le envíe la pensión vitalicia por haber participado en la guerra entre liberales y conservadores en un pueblo del Caribe. Penélope se reencuentra con su esposo, quien gobierna la isla de Ítaca junto a su hijo Telémaco. El anciano militar, al lado de su mujer asmática, en medio de la pobreza, las lluvias tropicales y la fe en el gallo, herencia de su hijo muerto en una reyerta, va al correo del pueblo. Siempre le responden: “El coronel no tiene quién le escriba”. El lector de poesía nunca está solo. Conversa amenamente con el poeta y sus versos henchidos de sentido y emoción. La poesía es leal, acompaña sin condiciones. Mientras el avión cruza el océano, se puede leer apaciblemente Los heraldos negros , Romancero gitano , Hora de silencio , Memorial de Isla Negra o 5 metros de poemas . Los poetas son amigos, no necesariamente para tomar café. Un lector y la poesía toman café de la misma taza. Cito los versos del poeta español Miguel Hernández: “Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre / y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra: / tal vez porque he sentido su corazón cercano / cerca de mí, casi rozando el mío. / Con ellos me he sentido más arraigado y hondo, / y además menos solo. Ya vosotros sabéis / lo solo que yo voy, por qué voy ya tan solo. / Andando voy, tanto solos yo y mi sombra” (“Llamo a los poetas”). Los poderosos versos de Vallejo: “Hay soledad en el hogar; se reza; / y no hay noticias de los hijos hoy.” (…) Hay soledad en el hogar sin bulla / sin noticias, sin verde, sin niñez”. Yo escribo: “Mis palabras no tienen camaradas, no tienen festejo de cumpleaños, carecen del aprecio de la multitud. Mis palabras se acostumbraron a la frialdad de los rostros, a la omisión de los afectos. Mis palabras son insectos muertos sobre el piso húmedo de los bares. Mis palabras y yo memorizamos versos, repetimos versículos, exhortamos con frases célebres, sin doblar las rodillas. Mis palabras y yo somos la misma moneda”. Pienso en las piedras. Soledad no sienten las piedras. Una noche conversé con tres piedras: una sabe cantar en inglés, la más delgada es violinista y la tercera escribe ficciones. Yo soy pájaro silvestre que aprendió a comer en banquetes lujosos con cubiertos de plata. Ellas escuchan sin interrumpir; son reservadas para aconsejar. La piedra más grande decidió vivir sola hasta la muerte. Las otras dos recorren el mundo sin preocupaciones. Los caminos siempre tienen transeúntes: peregrinos, animales, escarabajos, viento, ruido, árboles, camorra, rosas, cactus, silencio, espíritus, silbido fantasmal. Siempre en el camino hay algo que acompaña a alguien. Hay piedras jóvenes y ancianas, otras se enamoran indebidamente. Nunca vi el parto de una piedra, pero existen millones de piedrecillas. Las piedras no se quejan, resisten, como un combatiente espartano, los golpes y arremetidas. Saben que los sentimientos en la guerra, los negocios y la política son fatales. Lo saben por experiencia. Las tres piedras me han contado que leen poesía. Las piedras tienen olfato poderoso; sienten la mano perversa que las coge. Conocen a dementes que las agarran para arrojarlas con fuerza al parabrisas de los vehículos, a las ventanas de las casas decentes. Có