Hubo elecciones que, lejos de aclarar el panorama, lo confirmaron: en el Perú no siempre se eligió entre opciones, sino entre incertidumbres. Y cuando la incertidumbre se volvió la regla, el voto dejó de ser una decisión informada para convertirse en un acto de aproximación. Se repitió, como siempre, la frase fácil: que el peruano no sabe votar. Una sentencia cómoda, casi perezosa, que evita mirar el problema de fondo. Porque desde la teoría política, el votante no actúa en el vacío. Como planteó Anthony Downs (1957), el ciudadano decide en función de la información que tiene y del beneficio que percibe. Y en este caso, la información fue fragmentaria, sesgada y, en muchos momentos, deliberadamente empobrecida. No se eligió mal por capricho. Se eligió como se pudo. Pero incluso esa explicación queda corta si no se incorpora un elemento más incómodo: la memoria selectiva. El voto retrospectivo —trabajado por Morris Fiorina (1981)— sugiere que el ciudadano evalúa el presente comparándolo con el pasado. Y en esa comparación, los recuerdos no siempre son completos. Se relativizaron episodios graves, se atenuaron responsabilidades evidentes y se privilegió una idea difusa de estabilidad frente al desorden actual. No fue ingenuidad: fue cálculo en condiciones imperfectas. Por eso, en los resultados, reaparecieron viejos conocidos. No como novedad, sino como síntoma. Una organización política que carga con uno de los pasados más discutidos de la historia reciente volvió a posicionarse, no porque haya resuelto sus deudas, sino porque el presente ofrecía aún menos certezas. No es absolución. Es comparación. Frente a ello, emergió con fuerza un discurso que convirtió la política en un campo de sospecha permanente: quien discrepa no se equivoca, es culpable. Un relato donde el adversario no es interlocutor, sino enemigo. La teoría de la identidad política —desarrollada, entre otros, por Pippa Norris (2004)— ayuda a entenderlo: en contextos de alta desconfianza, el votante no elige programas, elige pertenencias. Y cuando el voto se vuelve identidad, la razón retrocede y la adhesión manda. No se votó por propuestas. Se votó por alineamientos. Y más atrás —aunque peligrosamente cerca— avanzaron figuras que, en cualquier sistema con filtros mínimos, habrían quedado en el margen. Personajes asociados a promesas desbordadas, a antecedentes incómodos, a historias que en otro contexto habrían sido suficientes para encender todas las alertas. Pero el sistema no filtró. Y cuando el sistema no filtra, la excepción deja de ser anomalía y empieza a parecer opción. Aquí es donde la crítica deja de ser individual y se vuelve estructural. Porque el problema no fue solo del votante. Fue, sobre todo, de quienes diseñaron, toleraron y aprovecharon este escenario. Partidos convertidos en franquicias. Inscripciones que funcionan como alquiler electoral. Candidaturas que aparecen cada cinco años con la puntualidad de lo improvisado. Y, sobre todo, una política que confundió competencia con saturación. Desde la economía política, esto no es accidental. Como advirtió Duncan Black (1948), cuando el espacio político se fragmenta, el centro deja de ordenar y la dispersión domina. El resultado no es equilibrio, sino ruido. Y en el ruido, incluso opciones con alto rechazo encuentran espacio para avanzar. No ganaron los mejores. Avanzaron los más visibles y en ese desorden hubo responsables claros. Quienes defendieron la proliferación indiscriminada de partidos como si cantidad fuera sinónimo de democracia. Quienes, desde el poder, prefirieron reglas débiles porque en sistemas débiles se negocia mejor. Quienes convirtieron la política en una suma de intereses de corto plazo y luego se sorprendieron por el resultado. Después vinieron los análisis solemnes, los intentos de encontrarle lógica a lo que fue, en esencia, una elección atravesada por la confusión. Se habló de mensaje, de voluntad popular, de señales políticas. Pero la verdad resultó menos sofisticada: no hubo un mensaje claro, hubo una suma de decisiones tomadas en condiciones deficientes. Se votó, sí. Pero no siempre se eligió. Y las consecuencias no tardaron en insinuarse. La incertidumbre volvió a instalarse como paisaje. La confrontación se proyectó como rutina. Y el país, otra vez, quedó atrapado en un ciclo que ya no sorprende, pero sigue costando. Porque cada crisis no fue gratuita. Cada episodio de inestabilidad restó tiempo, recursos y oportunidades. Y mientras la política se concentró en su propia supervivencia, hubo un país que siguió esperando. El que no aparece en los sets de televisión. El que no interpreta encuestas. El que trabaja desde antes del amanecer y vuelve cuando el día ya se agotó. Ese país no eligió en la niebla por descuido. Eligió así porque no le dejaron hacerlo de otra manera. Y ahí está el punto más incómodo: cuando elegir bien exige un esfuerzo extraordinario, el problema deja de ser del elector y pasa a ser del sistema. Un sistema que no ordena no filtra y