J. Miguel Vargas Rosas En Perú se ha realizado la prolongada y perversa labor de convertir la literatura en una herramienta de entretenimiento barato. En esta insana tarea han cumplido sus papeles algunos autores, los gobiernos —se incluyen todos los aparatos que manejan, entre los cuales se encuentran los medios de comunicación— y las instituciones educativas. Cuando se explora la literatura para almacenar un cúmulo de datos literales, mas no para trabajar procesos interpretativos ni emocionales, la literatura pierde todo poder. Y es que en un sistema donde hasta el alma humana se torna un objeto desechable, las capas gobernantes —o el “poder intrínseco” tal cual lo llama Orwell— pugnan por convertir la literatura en lo más vano, hueco y vacío. Esto ocurre precisamente con la obra más famosa de Franz Kafka, pues los jóvenes tienen nociones de que la trama gira en torno a un hombre transformado en insecto —se divierten con ello— sin realizar un análisis más profundo o una interpretación inferencial ni intertextual. Por lo tanto, no perciben la grandeza de una obra literaria y, lo que es peor, no pueden sentir su intensidad o carga emocional. Así, si quitamos los implícitos ingredientes sociales, individuales, filosóficos y políticos a las obras de Kafka, los cuales solo pueden extraerse a partir de un análisis concienzudo, muere la literatura kafkiana y el propio Kafka. De igual manera, si le arrancamos la profundidad jurídica-política-filosófica-psicológica y socioeconómica a Crimen y castigo , la grandeza de esta obra solo residiría en el uso pulcro y sobrio de las palabras (aunque es imposible que una palabra diga “nada”), y con ello habría perdido su universalidad e inmensidad, porque una novela es un todo concatenado y equilibrado. Con esto último no buscamos desmerecer algunas obras netamente estéticas que han perdurado en el tiempo. En cuanto a la narrativa kafkiana, ocurre tal como lo manifiesta Montoya (2018): «…muchos se acercan a Samsa viendo una diversión, un experimento estético interesante, pero a todas luces, fortuito, fantasioso, y sin representación en la vida, mucho menos en la personal. Sin embargo, acaso estos lectores no se han planteado que quizá ellos también sean Samsa, que todos seamos Samsa » (p. 11). Más adelante aclara que no considera a Kafka un simple escritor de ciencia-ficción cuyo leitmotiv sea entretener. Kafka y una angustia compartida Lo preponderante en la narrativa kafkiana es la “angustia” individual interconectada a lo social. A diferencia del individualismo romántico, el “Yo” kafkiano está estrechamente relacionado con las contradicciones sociales; citando a Lancelotti (1965), « El empleo de la primera persona ya no señalaría, empero, como en el romanticismo, el modo de adentramos en una subjetividad destacada, por un acto de rebeldía, del agobiador contorno social, sino, por el contrario, un medio de reflejar la dramática objetividad de un orbe técnico que encierra al hombre en el círculo fatal de la situación » (p. 46). Y a esta objetividad le acompaña una destreza por el manejo particular de la llamada literatura fantástica; una literatura amena y a la vez alegórica. Por lo tanto, la “angustia” no es únicamente una creación subjetiva o “liberal” individualista, sino un sentimiento provocado por la objetividad y las relaciones de producción. Esta “angustia” ha sido encasillada, durante mucho tiempo, como un “producto” de los estragos de la Primera Guerra Mundial, aunque Kafka va más allá; apuñala el corazón del sistema y lo desestabiliza. Si bien La metamorfosis se ubica en el género fantástico, construye personajes que reflejan nuestra realidad y nuestras potencialidades humanas limitadas o incluso regresadas a estados más inhumanos bajo el sistema actual. Por otro lado, deconstruye los mitos esbozados por el capitalismo que, para entonces, había llegado a un punto álgido que muchos economistas denominan “imperialismo” y Lenin llama “imperialismo, fase superior del capitalismo”. Este sistema, en contraposición a las críticas, potencializa una publicidad casi irrefrenable, para preconizar el capitalismo como culmen de la civilización, regida por leyes aparentemente “naturales” o “eternas” —sobre las cuales se burlan Marx y, más adelante, Keynes—. Esta propaganda nos transfiere la idea de que las obras literarias, como las de Kafka, deben ser contextualizadas en la época del autor —por ello, terminamos afirmando que la “angustia” kafkiana solo fue producto de las guerras mundiales— y leídas como mera distracción. Sin embargo, La metamorfosis va más allá de la época vivida por Kafka; es más, constituye una pieza interesante que contrarresta las intentonas maquiavélicas estatales de cegarnos ante nuestra inhumanidad y nuestras miserias. La metamorfosis La metamorfosis va más allá de la época de Kafka, pues nuestra época está bañada con su absurdez; somos unos Samsa obtusos, ignorantes de que las relaciones de producción y sus leye