Esta frase del Chapulín Colorado resume el alto voltaje de incertidumbre de los ciudadanos frente a las elecciones de la segunda vuelta. Keiko y Sánchez son alérgicos ante los electores, pero tienen sus seguidores incondicionales y, seguramente, también por convicción y lealtad ideológica y simpatía. En 1995, Alfonso Barrantes Lingán, líder de la extinta Izquierda Unida, renunció a la segunda vuelta. Alan García fue ungido como el presidente más joven de la historia del Perú; tenía 36 años. De 1990 al 2000, Fujimori hizo y deshizo a su libre albedrío. Alan García, Alejandro Toledo y Ollanta Humala fueron los presidentes que culminaron su período de elección. Luego viene la inestabilidad política y la vacancia sucesiva de presidentes. Y no es descabellado afirmar que el congreso tenía más decisión que el Poder Ejecutivo. A pocos días del 7 de junio, nos encontramos en una coyuntura de suma complejidad y dilema, de un grueso porcentaje de ciudadanos que no saben a quién endosar su voto, quién es el menos nocivo para el Perú. El destino histórico de los pueblos está en la acción responsable de los ciudadanos.
No es lo mismo discrepar que rechazar. Hay, sin duda, un antivoto relevante para ambos candidatos. Sin un pensamiento crítico, firme y lúcido, con actitud adversa a la política y los políticos, desilusión colectiva, lo más probable es que se vote por cualquiera de los dos candidatos. A eso se suma, la intención de votar viciado o en blanco. Tomar una decisión, en estas circunstancias, es difícil e imprevisible. Palacio de gobierno está abierto para los contendores. Sin embargo, se tiene que emitir un voto para fulano o zutano. Asumir un deber ciudadano es una responsabilidad cívica. Se trata de elegir a un presidente de la república que gobernará cinco años -eso esperamos- para 34 millones de peruanos, 24 regiones y miles de distritos y caseríos. No vamos a elegir al presidente de una junta vecinal. Es comprensible la indiferencia y aversión por las elecciones y la política. No es un tema de conversación agradable. La polarización política en las calles, medios de comunicación y redes sociales no permite el diálogo, el debate y la argumentación dentro de los límites democráticos; la tolerancia está ausente. Mal que bien, la democracia garantiza pluralidad, libertad, alternancia de poder, elegir y ser elegido, marco constitucional y respeto ciudadano; así debe ser. En la línea del pensamiento político de Karl Popper, la democracia tiene sus enemigos: la desconfianza, el temor de dar un salto al vacío, borrón y cuenta nueva, de elegir entre dos extremos. Es una utopía creer que la FP o JP resolverán los problemas del país en 60 meses de gestión. Ni paraíso liberal ni paraíso izquierdista; sino pragmatismo político, economía social de mercado, seguridad jurídica, inversiones públicas y privadas, generación de empleo y las cámaras de representantes al servicio de la sociedad.
Más eficiencia política desde el Estado y las instituciones, antes que retórica banal. Se instaura una “cultura del rechazo”. A muchos ciudadanos, la política les parece deleznable, abyecta, sin propósito útil, inefables los políticos que se envilecen con el poder, sin ninguna empatía con los padecimientos diarios de los ciudadanos para conservar la vida y trabajar para no sucumbir en la pobreza y la exclusión social. La segunda vuelta electoral es una incertidumbre; los candidatos antípodas ponen en jaque a los electores. Hay una presión que alborota la estabilidad emocional, aumenta el estrés y la ansiedad. Así iremos a las ánforas. ¿Por quién votar? ¿Por el pasado fujimorista ya conocido o por el escepticismo político y obsolescencia ideológica y programática de Sánchez? Es ese nuestro dilema. Sin duda, hay derecho a votar en blanco o viciado o, simplemente, no asistir a la mesa de votación y pagar una multa. Ya no se trata de ideologías y posiciones de izquierda o derecha, sino de propuestas viables y programas de gobierno efectivos. La democracia ha soportado la embestida brutal de la fragmentación electoral, la polarización feroz, la fragilidad de los presidentes, la vulneración de las instituciones, un descontento social, desconfianza ciudadana y una mayoría parlamentaria que ejercía poder determinante. La vacancia se había convertido en un patrón repetitivo. Aun así, las elecciones no se han interrumpido y no hubo siquiera un amago de golpe de Estado ni la intención de instaurar un régimen autoritario. El voto informado es la clave.
Desde casi dos décadas, hemos estado ante el dilema del mal menor para evitar el mal mayor. En estas elecciones pareciera que el príncipe Hamlet, el personaje de Shakespeare, se nos presenta como si fuera la voz de nuestra conciencia: “Ser o no ser, es la cuestión”. Keiko Fujimori o Roberto Sánchez, no hay más; uno de los dos va a ser presidente del Perú hasta el 2031. Es imposible poner en tela de juicio el descontento ciudadano frente a la segunda vuelta. Dice el politólogo Steven Levitsky: “Los peruanos tienen que escoger entre dos candidatos que no quieren, que odian, en muchos casos, y eso es muy lamentable. Ni Sánchez ni Keiko son candidatos que caigan bien, no son candidatos talentosos, no son candidatos que hayan convencido o ganado la confianza de gran parte del electorado” (La República, 31-5-2026). A pesar de esta crisis, la democracia aún continúa viva. La democracia progresa y se consolida con estabilidad política, participación libre de los ciudadanos e instituciones autónomas al servicio de la gente.
Si no es “a la tercera va la vencida”, probablemente sea en la cuarta. Roberto Sánchez, espurio heredero del sombrero chotano de Pedro Castillo, tiene la oportunidad de remediar los desastres políticos de la izquierda si gana las elecciones. La última palabra la tiene el pueblo soberano. El voto refrenda la efectividad de la persuasión, las medidas políticas claras y hacia dónde quieren enrumbar el destino histórico del Perú. Los problemas ya los conocemos, ahora viene el cómo y cuándo se deben resolver. Necesitamos más acciones efectivas que discursos somnolientos. En política, todo es posible que suceda. Estoy seguro que cuando escuchemos el flash electoral, el domingo 7 -fecha supersticiosa-, quedaremos con la boca abierta de asombro e incredulidad. El Perú es el país de las maravillas. Sea Keiko Fujimori o Roberto Sánchez el ganador, asistiremos puntualmente al trabajo. Después de la tormenta política llega la calma para los ciudadanos. Merecemos un presidente competente, con oídos para escuchar las demandas de los ciudadanos y sabiduría e inteligencia para tomar decisiones. Podemos revertir la situación de rechazo a la política con actos ejemplares, menos promesas, más resultados concretos y responsabilidad en el ejercicio del poder político. Escribe Alonso Cueto: “Votar es, en esencia, un acto de fe, pero también un acto de confianza. Supone estar convencidos de que nuestro voto servirá de algo para que nuestro país mejore con gobernantes nuevos” (El Comercio, 31-5-2026).










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