Al leer este texto, debe saber, que tiene entre sus ojos, una asechanza de diez años. Este encuentro con José Gabriel Condorcanqui Noguera, Túpac Amaru II (1738 – 1781), y Micaela Bastidas Puyucahua (1744 – 1781) se inició con mi amistad con don Pablo Macera (1929 - 2020), le debo a él, el cariño familiar que profeso hoy por esos personajes: Los héroes y el historiador.
El hermoso texto de Macera: “Túpac Amaru–San Isidro–Pentecostés” donde nuestro ilustre historiador subraya: “Lo fundamental fue descubierto en 1975 por mí durante un viaje al Cusco acompañado por Wilfredo Loayza uno de los grandes fotógrafos andinos en la línea de Chambi, Guillén, Nishama. Ahora mismo todavía dudo en escribirlo aunque siento que de no hacerlo puedo estar cometiendo un error perjudicial para los actuales gestores de la cultura andina popular. Por otro lado los conocimientos que ahora transmito tenían ya antecedentes parciales fragmentados y que eran anteriores a mi descubrimiento del Cusco 1975; me refiero a dos afirmaciones aisladas de José María Arguedas: 1º El toro es el Amaru; 2º Túpac Amaru es San Isidro. Nada más dijo Arguedas. Pero eran antecedentes que yo desconocía en 1975, lo cual no tiene importancia ya que, una vez más, hay que admirar el conocimiento íntimo que Arguedas tenía de lo andino”. Por muchos motivos, este texto caló tanto en mí, que hoy en día, el centro donde trabajo lleva el nombre del héroe de Tungasuca.

Un rostro sin cara: Túpac Amaru. Pinturas.
Comparto las dudas y vacilaciones de don Pablo Macera, quizá, como él mismo escribía, en el libro Túpac Amaru (1975) el hecho de cavilar sobre un héroe sin cara hacía que toda idea, se desvaneciera cuando se reflexionaba en su corporalidad. El texto de la curadora Angie Bonino añade: “Si Macera nos habló de un héroe sin cara, estas obras nos entregan múltiples caras posibles: los rostros imaginarios de Túpac Amaru y Micaela Bastidas. Se trata de un ejercicio de reconstrucción afectiva y simbólica, donde el mito, la naturaleza y la tradición se funden para devolverle la humanidad fragmentada a quienes la historia convirtió en iconos unívocos”.
Las siguientes obras, expuestas en el “Centro Cultural Cholo Terco”, son la búsqueda incesante por encontrarse con el rostro del personaje. Las pinturas/instalación tratan, por tanto, de las distintas fisonomías imaginarias de Túpac Amaru y, se suma a esa pesquisa, de forma natural, la faz inherente de Micaela Bastidas. Para el primero, me sirvo de pinturas diversas; para Micaela Bastidas, de reproducidos hechas en técnica xilográfica. Ambas obras se montan, ajustadas en la estructura de la silueta de Túpac Amaru, realizada por Jesús Ruiz Durand (Huancavelica, 1940). Al respecto alude el texto curatorial: “Al inscribir sus múltiples rostros dentro de un mismo perímetro, las obras afirman una unidad indisoluble: la de dos cuerpos que actuaron como una sola voluntad transformadora”.
Pablo Macera, cierra con un pie de página que conmueve hasta el suspiro, es mi obligación compartirlo: “He vacilado en redactar esta nota hasta que he tenido la convicción de que es un deber hacerlo. Es posible que algunas otras personas hayan compartido experiencias y creencias similares a la que describo: en algún momento durante varios días a mi regreso de Lima desde el Cusco 1975, recordaba obsesivamente el suplicio de Túpac Amaru. De qué modo primero cortaron la lengua a su hijo y lo arrojaron de la escalera de la horca. Luego no pudieron aplicarle garrote a su mujer porque tenía el cuello muy delgado y tuvieron que matarla con patadas en el estómago. Estos monstruosos sufrimientos morales concluyeron en el suplicio final físico de Túpac Amaru. No puedo precisar ni el momento ni el lugar en los cuales de pronto entendí que todos estos sufrimientos de Tupac Amaru lo habían llevado a un estado de santidad antes de morir. No estaríamos así solo ante un héroe político y militar. Estaríamos también además ante la santidad alcanzada por el martirio.
Es imposible hablar de uno sin pensar en el otro, el tiempo que sabe equiparar las gestas, ha puesto a ambos protagonistas, en el sitial merecido en el establecimiento de lo que es: La República del Perú. Angie Bonino, pone hincapié en lo siguiente: “Esta ausencia de un retrato verídico no es un simple hueco documental; es una invitación a imaginar, a construir, a poblar con nuestra propia memoria ese vacío”.
Túpac Amaru II y Micaela Bastidas viven en el imaginario nacional; camuflados entre las montañas, las vestimentas, incluso en algún juego infantil. La acción de eliminarlos de la historia ha virado a favor de su presencia y las acciones erróneas en los gobernantes, fijado su presencia en la vida de cada habitante burlado (Lima, junio 2026).










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