Rusia lanzó una nueva ofensiva aérea contra Ucrania con cientos de drones y misiles, apenas después del mayor intercambio de prisioneros entre ambos países desde el inicio de la guerra. El ataque volvió a colocar a Kiev bajo alerta máxima y redujo las expectativas abiertas por el gesto humanitario entre Moscú y Ucrania.
La ofensiva impactó edificios residenciales, comercios, escuelas e infraestructura urbana. En Kiev, uno de los daños más simbólicos alcanzó al primer local de McDonald’s abierto en Ucrania en 1997, cuyas estructuras quedaron afectadas por la onda expansiva. Autoridades ucranianas reportaron muertos, decenas de heridos y destrucción en cerca de 30 edificios.
Volodímir Zelenski pidió nuevas sanciones contra Moscú y mayor apoyo militar occidental, mientras el Kremlin sostuvo que sus ataques están dirigidos contra objetivos vinculados al aparato militar ucraniano. La distancia entre ambas posiciones mantiene bloqueada cualquier negociación política de fondo.
El golpe llegó después de un intercambio de prisioneros que había sido leído como una posible señal de apertura. Sin embargo, la intensidad del bombardeo confirmó que la guerra sigue dominada por la lógica militar, con ataques de largo alcance y represalias cruzadas.
Europa observa la escalada con preocupación. Cada ofensiva rusa sobre ciudades ucranianas aumenta la presión sobre la OTAN y obliga a gobiernos aliados de Kiev a discutir nuevos paquetes de defensa aérea.
La guerra entra así en otra fase crítica: los gestos humanitarios pueden continuar, pero la posibilidad de una tregua real sigue lejos mientras ambas partes mantengan ataques sobre infraestructura estratégica y población civil.










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