Este 1 de octubre, el Señor de Burgos deja su altar en la Catedral. Muchos huanuqueños lo verán de cerca por primera vez en meses, y algunos por primera vez en años. Vale la pena preguntarse qué traerán consigo cuando se acerquen.
Porque en buena parte de nuestras casas la mesa ya no reúne a nadie. Se come con el celular al lado, cada uno metido en su pantalla, y la conversación se reduce a un «ya voy» desde el cuarto. Los padres trabajan más horas para ganar lo mismo. Los hijos crecen acompañados por algoritmos que los conocen mejor que su propia familia. Y cuando llega una crisis, una deuda, una enfermedad o una separación, descubrimos que hace tiempo dejamos de tener a quién contársela.
Diario Ahora lo dice sin rodeos: a Huánuco le hace falta volver a lo esencial, y la fe es parte de eso. Hablamos de algo más hondo que asistir a misa por costumbre o colgarse una medalla para la foto. Hablamos de recuperar en el hogar un espacio de silencio, de gratitud y de encuentro que ninguna aplicación puede reemplazar.
La propia historia del Señor de Burgos lo enseña. Según Andina, la festividad nació el 28 de octubre de 1746, después de un sismo que dejó desolada la ciudad. Aquella generación no tenía nada y se aferró a lo único que le quedaba en pie para volver a levantarse juntos.
Esa misma lógica sigue viva, aunque a veces no la veamos. Durante la novena, como recordó el obispo Pedro Bustamante López, llegan al altar mayor canastas de víveres que luego se reparten entre los necesitados. Esa es la espiritualidad que nos interesa: la que termina en un plato de comida para alguien que no tiene.
También nos parece acertado que el obispo haya pedido recibir la imagen «con orden, con sobriedad». Sabemos lo que suele pasar en muchas fiestas patronales, donde lo religioso queda enterrado bajo cajas de cerveza y peleas a la salida. Huánuco merece una celebración que no deje heridos ni deudas.
Y hay algo más. El domingo vamos a las urnas. El obispo pidió que el Señor de Burgos ilumine a los huanuqueños «para saber elegir», sin nombrar a nadie. Compartimos ese llamado. Un pueblo que reza y luego vende su voto por un polo o una canasta no ha entendido nada. La fe que proponemos exige conciencia, también frente a la cédula.
No pretendemos que todos crean lo mismo. Huánuco es diverso y así debe seguir. Pero cualquier familia, creyente o no, puede apagar los teléfonos un rato, sentarse a conversar y preguntarse qué la sostiene.
La Diócesis abrió una sala gratuita con las reliquias del Señor de Burgos en el Museo Diocesano, en el jirón Dos de Mayo 815. Es un buen plan para ir con los hijos, con los abuelos, con quien haga falta. Allí hay cruces de madera y coronas guardadas por generaciones de huanuqueños que creyeron que valía la pena cuidar algo juntos.
Ese es el reto de este octubre: volver a cuidarnos.










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