Acérquense, sonrían, todos juntos, que logremos entrar al selfi. La mochila pesada, como las ilusiones y el recorrido extenso que me aguarda dentro del territorio nacional antes de llegar al aeropuerto Jorge Chávez en Lima.
Salir de la casa de papá Visho y mamá Oti, momento en el que quieres girar y decir: me quedo. Los autos viejos, cuadrados en hilera cubren la ruta hacia Ambo; esperamos al último pasajero para partir, la carretera se pone blanca por el polvo de los volquetes, se suben los vidrios, he iniciado el tramo más corto de la marcha. Luego de 15 minutos enrumbo hacia Huánuco. “El Cisne”, se llama la empresa de transportes que nos ha movilizado desde la niñez. La forma del viaje no ha cambiado en nada, salvo yo, las canas.

La Torre del Giotto en Firenze.
De Huánuco, a las 9:30 pm. Parto hacia Lima. Un poco de equipaje queda en la capital, el resto aguarda en Pozuzo. Estamos a fines de febrero, las lluvias campean como nunca. En la ciudad de los reyes debo realizar algunas actividades con prontitud y volver a subirme a otro bus interprovincial, esta vez, con destino a Oxapampa primero y Pozuzo luego. Atravesar el macizo andino: 100, 4700 y 800 msnm. Pozuzo es lo que conocemos como Selva Alta, acá completo el equipaje y luego de una noche tomo la vía de regreso con destino Oxapampa y Lima. Son las 4pm. El tiempo no da chance, estoy regresando a Oxapampa, llueve, el camino está en arreglos, con malabares y buena suerte, estamos entrando a Oxapampa. A las 8 pm. Saliendo para Lima, el celular marca 02 de marzo. Amanezco en la capital, el cuerpo se reciente con tantos tumbos, imagino que el vuelo intercontinental servirá para recuperar fuerzas. Como ninguna vez, espero ese descanso.
La corta permanencia en Lima, la aprovecho en visitar la exposición sobre Alberto Guzmán, artista que dejó la mejor parte de su vida y huesos en la ciudad luz. En parte de mi itinerario dice aeropuerto CDG. París.

La Torre de la Iglesia San Miguel de Huácar.
Las maletas tienen el peso reglamentario: libros, ropa necesaria y unas botellas de Pisco obsequiadas por Chente. Es la primera vez en el nuevo aeropuerto, espacio como un gran centro comercial donde las agraciadas esculturas de una familia de osos de anteojos me acompañan. Paso todos los controles sin contratiempos. Sentado, listo para partir, me cuesta imaginar que las 12 horas de vuelo se parezcan al viaje de Pozuzo, Oxapampa y Lima. Duermo la mayor parte del trayecto sobre el Atlántico especulando en los tiburones que compré en el puerto de Ilo, en la frialdad de las aguas, en el silencio oscuro de las noches en el mar.
No sé si amaneció, estoy en Amsterdam, en el ajetreo de cambiar de vuelo, a los peruanos, que gustamos traer: mermeladas, ajíes, Inka Kola y otras delicias culinarias nos revisan hasta el aliento. Mientras respondo las preguntas de la guardia de migraciones, veo de reojo que ya perdí el vuelo. Entre gestos, reclamos educados e incontables pasos me entregan un nuevo boleto: París – Firenze. Con tres horas de retraso arribo a la hermosa tierra de Dante, con una sonrisa tras la ventana me recibe Martha. Los ojos de Fati, Berni y Elita agitan en mi pecho.
Los tres meses, recorriendo las incuestionables vías europeas, llega a su fin, otra vez, las acechanzas retornan. Espero llegar a Huácar sin reveses. Conozco mejor como movilizarme en Firenze, esta vez no pagaré los 35 euros en taxi. Martha Canfield me acompaña hasta el terminal del tranvía, antes tomamos un bus, me muevo como un pez cargando mochila y maletas. El viaje es cortesía de ella, con tranquilidad y a mi paso nos despedimos, subo al tranvía, el aeropuerto de Perétola está a 20 minutos.

Ruta de Lima a Amsterdam.
Otra vez París. El aeropuerto CDG, es el más acogedor de todos los que conozco, hecho para perder el avión, quedarse varado sin ansiedad. Hallo una pequeña exposición sobre la obra de Arístide Maillol, suficiente material para tener una cabal idea del artista. El avión de retorno, debe ser uno de los más grandes en este sistema de transportes, somos más de 600 pasajeros. Es domingo. Con demora partimos a las 11 am. Llegaremos hoy mismo, me digo mientras recuerdo un cuento de Allan Poe.
En Lima, el tiempo se aplaza, recoger la maleta, salir del aeropuerto. Afuera me espera tío Kuko en su camioneta. No alcanzo a recorrer esa noche a Oxapampa, al día siguiente, entre cansancio y preocupación viajo. El almanaque avisa que es martes y estoy llegando a Pozuzo, me falta llegar a Huácar.

Berni y Fati en “el aeropuerto” de Oxapampa.
Es tarde del viernes, tomando la ruta bajo el nevado Huaguruncho estoy cruzando de la Selva a los Andes. Son las 23 horas y temblando de frío trepo a un nuevo auto en el terminal de Pasco, olvidaba que estaba a 4400 msnm. Mientras extraño la calefacción de Firenze. La fortuna está de mi parte, son cerca a las 2 am. Estoy arribando a Ambo, a 15 minutos de la meta. Encuentro una trimovil, arreglamos el precio con el conductor. El camino, a esa hora es lúgubre, nada impide que llegue. Un abrazo, el más hermoso, cierra esa vuelta a medio mundo (Huácar, junio 2026).










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