Entre carretas, emolienteros y barrenderos, la calle y las luces se levantan con el polvo de la basura, con cajas vacías de ilusiones. El hombre sentado en una banca de oro se levanta, luego se cae y rebota hacia la zanja, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, hasta el fondo, hasta el núcleo. Servidumbre es lo que espera.
El mercado, domingo de lecciones. Me levanté desde temprano para ir a comprar “ají especial”. Cavilaba y mis pensamientos repetían, con tono de voz serio: “¿Qué era ají especial?”. No había oído tal nombre para un ají en mis 30 años de vida. Sin duda, había escuchado de diversos ajíes; claro, tampoco es que recuerde sus nombres del todo. Recordaba que existían ají amarillo, rocoto o ají molido. Esos son fáciles de hallar, decía yo. Pensaba que quizá el ají especial no existía y que era una timada, una bromita del Día de los Inocentes, aunque faltara mucho para ello. No obstante, me dio remordimiento y frustración no haber atendido ni puesto en práctica las dignas clases de mi mamá. Ahora, en medio del mercado, entre un millón y medio de posibilidades y con la gente a cuestas, me seguía preguntando por dónde empezar a buscar mi ají especial. Sin duda, el segundo dilema más grande de mis tres décadas viviendo en este mundo. Claro está que el primero es por quién votar en segunda vuelta de las elecciones presidenciales.
Mientras recorro las calles del mercado, admiro con atención el alba entre toda la maraña de cables colgados y la ausencia de belleza arquitectónica. En cambio, se puede ver una rara e impresionantemente monstruosa estética en las fachadas de los edificios, las calles quebradas e inundadas por un tráfico que aterra a conductores y peatones apurados. Y me hago otra vez la pregunta: ¿dónde, entre toda esta gente, existe alguien que venda “ají especial”? Todo ello mientras observo a un señor de un puesto de frutas que pisa periódicos viejos, los coloca como trapos en el piso o envuelve cajas de frutas con ellos. Llego a la esquina, lugar donde una señora vende periódicos, lugar importante para buscar información. Hago como que veo los periódicos del día y encuentro que Porki sigue reclamando fraude, que la China pasó a segunda vuelta por enésima vez y que el otro candidato es una copia extremista del expresidente Castillo. Un mercado, periódicos, desorden, sin ají especial: a veces ese es el Perú.
Acomodado de hombros, me acerco a la esquina donde se pueden apreciar los periódicos del día. Estos están colgados en hilos y se muestran a todos los que pasan por ahí como objetos estáticos en el tiempo. Uno que otro compra un periódico. Entiendo que las noticias siempre tienen que ver con la realidad inmediata, y la realidad dice que estamos “jodidos”. Lo pensaba; sin embargo, la frase es completada como una respuesta a mis pensamientos por la vendedora de periódicos. Ella hace eco: “Estamos jodidos, joven. Hay dos candidatos que no sirven para nada, que solo irán a robar, y siempre será así”, lo menciona con algo de burla y calma, mientras analizo cómo preguntarle sobre mi ají.
Le compro un periódico y atisbo que existen muchas formas de ver la política. Una de ellas es la que se encuentra en la calle, en estos lugares donde la gente decide qué comprar, qué buscar, qué elegir. La gente que camina decide qué cocinar, busca ají especial y, a pesar de todo lo que sucede, siempre tendrá que elegir entre uno y otro condimento, fruta, ingrediente o periódico. La democracia es popular, pero rara vez es sabia y razonable como lo son quienes compran en un mercado.
La señora me indica dónde conseguir el ají especial, o panca, como también se le conoce. Me comenta que lo pida de esa manera, mientras me da los centavos de vuelto por la compra de un periódico. Camino en busca de mi ají y la señora añade: “Algún día habrá un candidato que pueda sazonar como tu ají”. No hay hombres especiales en este mundo. No existe la honestidad al cien por ciento. Aquí vamos a sufragar, no a canonizar a alguien, le respondo. Gobernar no es dominar ni aplastar al otro, sino ejercer el poder de cambiar la vida de los demás y, sobre todo, de aquellos que más lo necesitan. Todos necesitamos un ají especial para cocinar nuestras vidas en el Perú.










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