Aplaudo, como un venezolano patriota, que Maduro esté fuera del poder político. Con grilletes, solo, callado, sin cortesanos, sin uniforme militar, sin micrófono para vociferar. Nicolás Maduro fue capturado por los Estados Unidos.
Ahora Mundo•5 de enero de 2026•5 min de lectura•1095 palabras•28 lecturas
Arlindo Luciano Guillermo
Aplaudo, como un venezolano patriota, que Maduro esté fuera del poder político. Con grilletes, solo, callado, sin cortesanos, sin uniforme militar, sin micrófono para vociferar. Nicolás Maduro fue capturado por los Estados Unidos. Diez años de dictadura, en nombre del absurdo “socialismo del siglo XXI”. Como todo lo que sube, baja del mismo modo, Maduro cayó. El 28 de julio de 2024, Edmundo González Urrutia ganó las elecciones, pero Maduro torció fraudulentamente los resultados a su favor; gobernó 17 meses más con represión, diáspora, encarcelamiento y bravuconadas mediáticas. Ahora está sin aliados leales, sin la corte de militares y políticos aduladores, sin ejército ni compinches. Así es la soledad del dictador. El pueblo venezolano sufrió ferozmente una dictadura desde que Hugo Chávez -ese falso profeta que quiso fundir a Marx y Bolívar para gobernar- llegara al poder a través de elecciones. Los líderes autoritarios ascienden vestidos de democracia y libertad. Hoy solo queda Nicaragua y Cuba. Daniel Ortega, excombatiente sandinista, no es inmortal; Cuba no tiene a Fidel Castro. El comunismo es utopía.
Venezuela respira libertad. Los venezolanos deben estar paseando desnudos y felices por las calles de Caracas y otras ciudades. Los millones de venezolanos, que tuvieron que huir de Maduro, por necesidad de sobrevivencia, seguro que festejan, más que en Navidad y Año Nuevo, la caída, pero también se convierte la coyuntura política en un desafío histórico. No será fácil reconstruir Venezuela, luego del deterioro del tejido social, la migración forzosa, la fragmentación ciudadana y el retaceo de las instituciones. María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz 2025, y los demócratas de la oposición tienen tremenda tarea. Lo primero es designar un gobierno transitorio, sin borrón ni cuenta nueva, y convocar a elecciones; así Venezuela regresará al cauce de la democracia en América Latina. Simón Bolívar, Andrés Bello y Simón Rodríguez deben estar acomodándose en sus cenizas al ver que Venezuela está libre de la dictadura de Nicolás Maduro. La justicia hará el trabajo que le corresponde. El sufrimiento y el éxodo de millones de venezolanos no pueden quedar impunes. Felizmente, Maduro no escapó a Nicaragua ni a Cuba ni a Rusia ni a China, con maletas llenas de dólares, para vivir holgadamente. Maduro debe estar repitiendo una y otra vez: “¿Dónde están mis amigos que no los veo?” Un político en desgracia no es aliado estratégico ni negocio rentable.
Un dictador, como Nicolás Maduro, tiene un ego aerostático, más grande que el lago de Maracaibo o las reservas de petróleo. Maduro siempre tuvo una actitud de desafío insolente, no estaba en sus planes dejar el poder ingenuamente. Pinochet tuvo que dejar Chile porque su permanencia ya no era viable, pero sus crímenes de lesa humanidad nunca prescribieron. Morales Bermúdez, antes de dejar la dictadura militar, convocó a una Asamblea Constituyente que promulgó la Constitución de 1979. Un tirano despiadado, cruel, que reprime, destierra, asesina y encarcela sin misericordia a su pueblo, que le dio su voto, tiene un final trágico: cárcel o muerte. Ese fue el destino de Sadam Husein, Muamar el Gadafi, Adolfo Hitler, Benito Mussolini, Augusto B. Leguía, Rafael Videla, Anastasio Somoza, Stalin o Ceaușescu. Ninguno tiene un instante de admiración ni un merecido lugar en la memoria colectiva. Maduro convirtió a Venezuela en su feudo personal donde hizo y deshizo en nombre del socialismo, que ya había fracasado allí donde se implementó como ideología y política de Estado. La URSS no existe. La República Popular China es un gigante que combina, por instinto de supervivencia, comunismo, partido único y mercado libre. La reconstrucción de la sociedad venezolana es una tarea titánica y urgente. Los dictadores viven con paranoia patológica, creen que son elegidos por la historia para instaurar en la tierra la justicia comunista y la distribución equitativa de la riqueza; odian la inversión privada y la competitividad. No es más que demagogia que produce pobreza, corrupción, obsesión por el poder. El bien más preciado por la civilización es la libertad y la autonomía de las instituciones. Nicolás Maduro ascendió con triquiñuelas legales, fraudes electorales y manipulación, se convirtió en abominable sátrapa y cayó como era de esperar. Ahora tendrá que rendir cuentas de sus actos a la justicia y la ley.
La democracia es la antítesis de la dictadura. Mil veces una democracia vulnerable, permisiva, precaria, en proceso, perfectible, moldeable a las circunstancias y el tiempo, respetuosa de la voluntad popular y los derechos ciudadanos. Democracia y dictadura son agua y aceite. Un dictador jamás respeta las leyes ni la Constitución, busca sacarles la vuelta con artimañas e infamias. Nicolás Maduro había secuestrado a Venezuela a sus caprichos personales, veleidades políticas y locuras ideológicas. Un dictador tiene un perfil definido, Nicolás Maduro no es la excepción: obsesión enfermiza por el poder, soberbia, megalomanía, imperio de la cleptocracia, devastación de los valores democráticos y de las instituciones. La vesania política de Hugo Chávez y Nicolás Maduro es inconmensurable, sideral; ambos gobernaron sucesivamente 25 años. Ahora es el momento histórico de los venezolanos para restaurar la institucionalidad democrática, promover la reconciliación nacional y darle un rumbo correcto con la participación directa de los ciudadanos y los partidos políticos, sin intromisión. Suscribo íntegramente el editorial de La República (4-1-2026): “… la restitución de la democracia en Venezuela no se logra con administrar un país desde fuera, sino al devolverle a su pueblo el control efectivo de su destino. Es este el eje donde deben confluir todas las fuerzas democráticas que acompañen el restablecimiento del orden del hermano y sufrido país de Venezuela”. La transición democrática está en las manos de los venezolanos. Maduro ya no está en el palacio de Miraflores, sino en los Estados Unidos. Con Edmundo González (ganador de las elecciones de 2024) o Delcy Rodríguez (presidenta interina), Venezuela debe empezar la transición democrática, institucional y pacífica.
Es posible que haya discrepancias frontales sobre la captura de Maduro y la intervención de los Estados Unidos. Los países de América Latina no pueden esperar que alguien de fuera resuelva sus problemas políticos. La manzana apetecible es el petróleo de Venezuela; el pretexto perfecto, el arresto y el enjuiciamiento de Nicolás Maduro. Un escritor o un lector de literatura tiene que estar alerta a los acontecimientos políticos e históricos de la sociedad. No se puede vivir y opinar desde dentro de una burbuja transparente. El ciclo del chavismo autoritario y venal acabó; ahora viene la reconstrucción de Venezuela, que las urnas decidan quién gobernará. Si a Simón Bolívar le hubiesen dicho que la dictadura de Nicolás Maduro ha caído, habría respondido muy a su estilo. “¡La pinga!”
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