El 42% de los españoles luce al menos un tatuaje, según un estudio de Lutronic PBS, lo que convierte a España en el sexto país más marcado por la tinta. Sobre ese fenómeno, que pasó de marginal a hegemónico, reflexiona el sociólogo Pablo Cerezo (Sevilla, 1998) en su ensayo 'El cuerpo enunciado', publicado por Siglo XXI Editores.
Cerezo, graduado en Relaciones Internacionales y Sociología y librero en la librería Pérgamo de Madrid, parte de una idea simple: el tatuaje puede ayudar a explicar nuestro tiempo. Inspirado en el filósofo Walter Benjamin, se fijó en un detalle aparentemente menor para analizar el mundo. "Quería ver de qué modo eso podía explicar cosas sobre nuestro mundo, nuestra relación con el tiempo, con la memoria, entre nosotros mismos y con los demás", señala.
El autor sostiene que el tatuaje "encapsula muchas de las tensiones y contradicciones de nuestro mundo". Y enumera algunas: la relación con la memoria, con el trabajo y con un supuesto narcisismo que, a su juicio, la conversación cotidiana desmiente.
Entre lo íntimo y lo público
Para el autor, el tatuaje está atravesado por contradicciones. "Es un aspecto muy íntimo de nuestra personalidad que mostramos constantemente a un otro", reflexiona. Hay quienes usan los tatuajes como un diario para narrarse quiénes son, pero al mismo tiempo eso que es muy íntimo se enseña de forma permanente al resto. "Ahí hay otra contradicción muy profunda. Y como esta, un montón", agrega.
Cerezo cuestiona la idea extendida de que tatuarse es un ejercicio de narcisismo. "En el fondo, cuando te pones a hablar con la gente te das cuenta de que los tatuajes nos vinculan", afirma. Según su experiencia, casi todo el mundo que se tatúa por primera vez opta por diseños que apelan al otro: una persona querida, un grupo de amigos, una pareja, un familiar, una mascota o un equipo de fútbol.
"Creo que el tatuaje tiene un componente muy colectivo. Y cuando analizamos la historia vemos que ese componente ha estado ahí siempre"
El ensayista también vincula el auge del tatuaje con el culto al físico y el papel de la imagen en las redes sociales. "Si algo está proliferando en las ciudades son los gimnasios, las tiendas de uñas y seguramente los estudios de tatuaje. Creo que tiene que ver efectivamente con que hay un espacio de culto al cuerpo muy importante", apunta.
Qué cambió y qué sigue igual
Cerezo sostiene que la aceptación actual del tatuaje es fruto de un proceso sociocultural. "En buena medida hay una apropiación por parte de las clases medias, que entienden que es un espacio muy interesante para desarrollarse del modo que lo empezaba a demandar la cultura neoliberal, donde el individuo tenía que tener un relato propio", explica. Como ejemplo de esa apropiación menciona a 'Carmy' Berzatto, el chef que interpreta Jeremy Allen White en la serie The Bear, cubierto de tatuajes vinculados a su obsesión por la cocina.
Sin embargo, el autor advierte que la tolerancia tiene límites. "Lo que ha cambiado es la frontera de lo que entendemos por tolerable. Por ejemplo, un tatuaje en la cara sigue cargado de muchísimos prejuicios. ¿Quién se tatúa la cara? Aquella persona que en buena medida no tiene por qué pasar por una entrevista de trabajo", dice.
Sobre el mundo laboral, Cerezo es tajante: "Lo que se dice de que un tatuaje ya no importa en una entrevista de trabajo… Sí, sí importa". Añade que "la clase y el género lo permean absolutamente todo", aunque reconoce que el tatuaje ya no se asocia al estigma de delincuencia o peligro de años atrás, en parte porque se abrieron mucho las técnicas.
Una práctica de milenios
Pese a los cambios, Cerezo recuerda que tatuarse tiene poco de novedoso. La humanidad lo hace desde hace milenios, como mínimo desde Ötzi, el pastor neolítico fallecido hace unos 5.000 años cuyos restos, hallados en un glaciar de los Alpes austriacos, conservan 61 marcas geométricas formadas por líneas de entre 0,7 y 4 centímetros. Entonces no había pistolas inalámbricas ni tintas de colores: se usaban cortes y trozos de carbón. Desde su descubrimiento, hace 35 años, se han localizado otras momias con tatuajes milenarios, incluso figurativos.
"Si lo analizas, lo más normal es tatuarse. Todas las comunidades humanas de distintas partes del mundo, aun sin tener relación entre sí, se tatuaban de algún u otro modo. La anomalía histórica o antropológica es decidir no tatuarse", señala Cerezo. El autor recuerda que los griegos empezaron a usar el tatuaje "de un modo inverso, para disciplinar a los cuerpos, para marcar a los presos, a las prostitutas, a los esclavos, a los fugitivos". Esa involución se consolidó con los romanos, cuando el emperador Constantino prohibió tatuarse porque, si el cuerpo está hecho a imagen y semejanza de Dios, tatuarlo era profanarlo.
De aquella restricción, del siglo IV, han pasado 'solo' 1.700 años, un lapso breve frente a los milenios de historia tatuada que la precedieron.
Consultado sobre si las generaciones futuras darán un nuevo giro y dejarán de tatuarse, Cerezo pronostica que "se normalizarán las dos cosas. Ni tatuarse ni no tatuarse será tan llamativo". A su juicio, "la estética se ha desacoplado de la ideología", en el sentido de la rebeldía ideológica que antes se atribuía al tatuaje.







Comentarios
Comparte tu opinión de manera respetuosa.
Inicia sesión para dejar un comentario.