El papa León XIV visitará este fin de semana Casavalle, uno de los barrios más vulnerables de la periferia de Montevideo, donde el sacerdote Pablo Coimbra impulsa un proyecto de viviendas que serán bendecidas por el pontífice. Las casas, construidas con buenos cimientos, pisos de losa y aberturas de aluminio, sobresalen entre los ranchos de chapa y las calles de tierra que predominan en el asentamiento.
Coimbra, párroco de Nuestra Señora de Guadalupe desde hace seis años, recorre las viviendas a medio terminar en vísperas de la visita papal. La comunidad pinta paredes y acondiciona los espacios para recibir al pontífice. "Tenemos demostrado que mejora la calidad de la educación de los niños. Una cosa es vivir sin baño, en un rancho, y otra es tener una vivienda digna", dice el sacerdote.
Una parroquia en el corazón del barrio
La parroquia, erigida en 1987 y perteneciente al clero diocesano, está en uno de los puntos centrales de Casavalle. Detrás de una gran plaza moderna con pistas de patinaje, juegos y canchas, se distribuyen una comisaría, una escuela, una policlínica y un centro cívico con distintos servicios públicos. La disposición recuerda a la de las antiguas ciudades españolas, organizadas en torno a una plaza donde funcionaba todo.
Sin embargo, en la periferia de Montevideo las oportunidades y los servicios no siempre están al alcance. La presencia de las instituciones convive con una realidad marcada por la vulnerabilidad y la violencia: tiroteos frecuentes, bandas de microtráfico de drogas que se disputan territorio, sicariato y homicidios de menores por balas perdidas. Por estas calles caminará el Papa, donde el barro es la regla y las aguas servidas corren por las veredas.
El diseño asimétrico de la parroquia rompe con la idea de templo católico. La estructura se configura mediante una superposición de volúmenes geométricos y escalonados en ladrillo a la vista, que juegan con desniveles y líneas diagonales en sus techos. En su interior hay una imagen de la Virgen de Guadalupe que llegó después de la visita de Juan Pablo II a Uruguay hace casi cuatro décadas. Aquel papa la regaló y el clero luego la donó a esta parroquia con la condición de que la iglesia llevara el nombre de la virgen.
Desde allí, donde los domingos da misa para 200 personas, Coimbra habla de las dificultades del barrio y explica qué distingue el trabajo de la iglesia del que realizan las instituciones públicas. "Yo no digo que acá hay un Estado ausente, porque no, el Estado está presente. Pero es ineficiente. La burocracia, los tiempos, acá todo es muy dinámico", afirma.
La diferencia, dice, está en el contacto cotidiano. "Nosotros vivimos acá, yo vivo acá. Entonces, permanentemente estamos saliendo al barrio, visitando a la gente, conociendo, teniendo contacto directo con las familias, con los problemas, con las realidades de la vida cotidiana".
"¿Padre, cuándo viene el Papa?"
La pregunta se repite durante el recorrido por Casavalle. "Falta poco", responde Coimbra. Algunos vecinos lo saludan; otros aprovechan para contarle sus problemas. "Las demandas son constantes, tenés que tener mucha personalidad", dice el sacerdote. Porque hay que saber decir que no y poner límites.
A pocos metros de la parroquia donde se levantará un escenario desde el que hablará el Papa, el trabajo no para. De fondo suena plena, el género musical uruguayo de raíz afrocaribeña, marcado por un ritmo bailable y percusivo. Se mezcla con el ruido de la hormigonera y el golpe de la mezcla contra las paredes. Hay ritmo, pero también apuro. Aunque varias casas están avanzadas, todavía queda trabajo por hacer. La rampa por la que pasará el pontífice aún no está lista y los días húmedos, con un sol que se resiste a aparecer, no facilitan las tareas.
Las viviendas son diferentes entre sí. Las hay destinadas a adultos mayores y otras pensadas para familias numerosas. Algunas tienen 72 metros cuadrados y otras, como la más grande, 84. La distribución varía según las necesidades de quienes las habitarán.
La selección de las familias fue parte central del proceso. No se trata de que sean católicas, explica Coimbra, sino de que realmente necesiten una vivienda y puedan contribuir a una buena convivencia.
El barrio también ha tenido un papel en el cuidado de las obras. Hay vigilancia durante todo el día y la noche, pero, según cuenta el sacerdote, la protección no depende únicamente de eso. Cuando algunas personas intentaron llevarse materiales, vecinos intervinieron para recuperarlos. La justicia por mano propia hizo lo suyo, en un país donde la iglesia y el Estado llevan más de un siglo separados, desde la Constitución de 1918.
La tarea social de la parroquia
La tarea social de la parroquia se extiende a otras necesidades cotidianas. Cada mes entrega 100 canastas de alimentos a familias del barrio y mantiene un comedor donde, de lunes a viernes, se brinda merienda y cena a más de 60 personas, principalmente niños y adolescentes.
También cuenta con una cancha de fútbol de césped, cercada y con luces, que contrasta con el entorno de ranchos que funcionan como tribuna. De lunes a viernes, abre allí una escuelita para niñas y niños de entre 6 y 15 años. El espacio también ofrece vóleibol mixto y otras actividades recreativas, junto con propuestas de acompañamiento social y familiar.
La visita papal pondrá durante unas horas a Casavalle en el centro de la atención. La tarea de la parroquia, en cambio, continúa todos los días. "Acá la gente se siente muy excluida, relegada, por eso están muy entusiasmados con la visita", dice el párroco.
De contador a sacerdote
La decisión de ser sacerdote llegó para Pablo Coimbra en plena peatonal Sarandí, en el barrio de Ciudad Vieja, cuando tenía 28 años. Acababa de bajar de un bus en la zona de la Puerta de la Ciudadela y sintió con claridad una voz interior: "Te quiero sacerdote". Le pidió a Dios una señal y, mientras caminaba, una cámara de televisión se acercó para hacerle una pregunta inesperada: "¿Usted sería sacerdote?". Respondió que sí. Conmovido, caminó hasta la Catedral de Montevideo, donde sintió que sus dudas habían terminado.
El llamado, sin embargo, había comenzado mucho antes. Nacido en Salto, un departamento al norte de Uruguay, en una familia trabajadora, fue monaguillo desde niño y recuerda una imagen de Jesús con una frase que lo acompañó durante años: "Ven y sígueme". A los 18 años se mudó a Montevideo para estudiar contador público. Vivió en una pensión con otros jóvenes del interior, trabajó mientras estudiaba y, tras recibirse, ingresó al Banco de Previsión Social en 1991, el sueño de muchos: empleado público. Aunque nunca abandonó la iglesia, durante años imaginó otros proyectos de vida.
Ya ordenado sacerdote, quería trabajar en un barrio y estar cerca de la gente. Sin embargo, su primera misión fue aprovechar su formación como contador para realizar una auditoría en Radio Oriental, una emisora de la iglesia destacada por sus programas deportivos y periodísticos, que atravesaba dificultades económicas. Luego asumió su administración y, más adelante, fue párroco de San Pedro Apóstol, en el Buceo, un barrio que termina en la rambla de Montevideo.
Una encuesta que mostraba una menor presencia católica en los barrios periféricos reforzó su convicción de que la iglesia debía atender tanto las necesidades materiales como las espirituales. Ese compromiso hoy se expresa en su tarea como párroco de Nuestra Señora de Guadalupe, en el corazón de Casavalle, donde busca acercar la iglesia a la vida cotidiana de la comunidad.







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